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Tri Tri Aceite en Piel Encendida

6423 palabras

Tri Tri Aceite en Piel Encendida

Era una noche calurosa en la playa de Puerto Vallarta, de esas que te envuelven como un abrazo pegajoso. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el cuerpo hecho un nudo de tensiones. Mi carnal, Marco, me esperaba en nuestra casita rentada, con esa sonrisa pícara que siempre me desarma. Neta, este wey sabe cómo hacerme olvidar todo, pensé mientras entraba y lo veía recargado en la puerta, sin camisa, con el pecho brillando bajo la luz de las velas.

—¡Mamacita! Traje algo chido del tianguis —dijo él, levantando una botellita de vidrio oscuro con una etiqueta que decía Tri Tri Aceite. Olía a coco, vainilla y algo exótico, como jazmín mezclado con canela. Me contó que el vendedor juraba que era un aceite mágico de la sierra, que triplicaba las sensaciones en la piel, que te hacía sentir todo el triple. Yo reí, pero en el fondo me picó la curiosidad.

¿Y si de veras funciona? ¿Si esta noche nos volvemos locos de placer?

Nos sentamos en la terraza, con el sonido de las olas rompiendo suave y el aire salado colándose por todos lados. Marco me sirvió un mezcal helado, y mientras platicábamos de tonterías, sus manos ya andaban inquietas por mis muslos. Le pedí que me diera un masaje, que andaba adolorida de tanto caminar por la playa. Él guiñó el ojo y destapó el frasco. El aroma me golpeó de inmediato: dulce, embriagador, como si me lamiera la nariz con promesas calientes.

Me quité el vestido ligero, quedándome en brasier y tanga, y me tendí boca abajo en la cama king size que crujía bajo mi peso. Marco vertió el tri tri aceite en sus palmas, y lo oí frotándolas, ese sonido viscoso que ya me erizaba la piel. Cuando sus manos tocaron mi espalda, ¡carajo! Fue como si me conectaran a una corriente eléctrica suave. El aceite se deslizaba tibio, penetrando cada poro, y cada caricia se sentía amplificada. Sus dedos fuertes amasando mis hombros, bajando por la columna, y yo ya gemía bajito, sintiendo un cosquilleo que subía desde la nuca hasta la base de la espina.

—¿Ves? Te lo dije, ricura. Este tri tri aceite es la neta —murmuró él cerca de mi oreja, su aliento caliente rozándome el lóbulo. Yo solo atiné a arquear la espalda, pidiendo más sin palabras. El olor a coco se mezclaba con mi sudor ligero, creando un perfume nuestro, íntimo. Sus manos bajaron a mis nalgas, separándolas con delicadeza, y el aceite chorreaba entre ellas, fresco y ardiente a la vez. Sentí sus pulgares presionando justo ahí, en el borde de mi tanga, y un jadeo se me escapó, profundo, como si me hubieran tocado el alma.

Me volteó con cuidado, y ahora sus ojos devoraban mis tetas, que subían y bajaban con mi respiración agitada. Vertió más tri tri aceite directo sobre mi pecho, y vi cómo las gotas perlaban mi piel, brillando bajo la luz ámbar. Sus manos lo esparcieron, circunvoluciones lentas alrededor de mis pezones, que se endurecieron al instante como piedritas. ¡Qué chingón se siente esto! Cada roce era un rayo de placer, triplicado como prometía el frasco. Gemí su nombre, Marco, Marco, y él sonrió, bajando la boca para lamer una gota que resbalaba por mi ombligo.

El sabor del aceite en su lengua: dulce, con un toque salado de mi piel. Me incorporé un poco, jalándolo hacia mí para besarlo. Nuestras lenguas bailaron, untadas en ese néctar resbaloso, y el beso sabía a mar, a deseo crudo. Mis manos bajaron a su short, sintiendo su verga ya dura como piedra, palpitando bajo la tela. La saqué, pesada y caliente, y la unté con el tri tri aceite, viéndola brillar, venosa y lista. Él gruñó, un sonido animal que me mojó entre las piernas.

—Te quiero adentro, pendejo —le susurré, abriendo las piernas. Pero él, juguetón, negó con la cabeza. Quería alargar el juego. Se arrodilló entre mis muslos, vertiendo aceite en mi panocha, que ya chorreaba sola. Sus dedos lo esparcieron, abriendo mis labios, rozando el clítoris con la yema untada. Dios mío, es como si me tocaran tres veces más fuerte. El cosquilleo subió en espiral, mis caderas se movían solas, buscando más fricción. Lamidas suaves, succiones expertas, y yo gritaba, arqueándome, con el olor a sexo y aceite llenando la habitación.

La tensión crecía como una ola gigante. Marco se posicionó, su verga untada presionando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, el aceite facilitando todo, haciendo que cada vena se sintiera como un roce multiplicado. Tri tri, pensé, riendo entre gemidos, porque sí, se sentía triple. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, chocando contra mi fondo con un slap chapoteante por el aceite. Yo clavaba las uñas en su espalda, oliendo su sudor mezclado con vainilla, sintiendo sus músculos contraerse bajo mis palmas.

Acceleramos. Él me levantó las piernas sobre sus hombros, penetrándome más hondo, y el ángulo rozaba justo mi punto G. ¡No pares, cabrón, no pares! Grité, mientras el placer se acumulaba, un nudo apretado en mi vientre. Sus bolas golpeaban mi culo, resbalosas, y el sonido era obsceno, delicioso. Sudábamos ríos, el aire espeso de nuestros jadeos y el aroma almizclado de la excitación. Lo volteé encima de mí, cabalgándolo ahora, mis tetas rebotando, el aceite haciendo que todo patinara en éxtasis.

El clímax llegó como un tsunami. Sentí el primer espasmo en mi clítoris, expandiéndose en oleadas que me sacudían entera. Grité su nombre, convulsionando alrededor de su verga, ordeñándola. Él se vino segundos después, gruñendo como fiera, llenándome con chorros calientes que se mezclaban con el tri tri aceite, desbordándose por mis muslos. Nos quedamos pegados, resbalosos, palpitantes, mientras las olas seguían rompiendo afuera, como aplaudiendo nuestro desmadre.

Después, en el afterglow, nos recostamos enredados en las sábanas empapadas. Marco me acariciaba el pelo, besándome la frente.

Este tri tri aceite no es magia, es puro fuego —dijo él, riendo bajito.
Yo sonreí, sintiendo mi cuerpo laxo, satisfecho, con un hormigueo residual que prometía más noches así. El mar susurraba paz, y en mi mente, solo quedaba el eco de ese placer triple, eterno.

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