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Haciendo Trío con Mi Esposa la Noche Más Prohibida

7492 palabras

Haciendo Trío con Mi Esposa la Noche Más Prohibida

Era una noche de esas en la Ciudad de México, con el skyline brillando desde el balcón de nuestro depa en Polanco. Yo, Marco, acababa de llegar de un pinche día largo en la oficina, y mi esposa Ana ya tenía todo listo: unas chelas frías, tacos de suadero de la esquina y esa playlist de reggaetón suave que siempre nos pone cachondos. Ana es una morra de infarto, con curvas que te hacen babear, tetas firmes y un culo que parece esculpido por los dioses. Llevábamos diez años casados, pero la neta, el fuego entre nosotros nunca se apagaba.

¿Y si un día probamos algo nuevo, carnal? Algo que nos vuele la cabeza.
me había dicho ella esa mañana por WhatsApp, con un emoji de diablito. No le di muchas vueltas, pero ahora, viéndola en ese vestido negro ceñido que deja poco a la imaginación, su piel morena brillando bajo las luces tenues, sentí un cosquilleo en la verga que no era solo por el calor de la noche.

Entonces llegó Luis, nuestro compa de la uni, soltero empedernido y guapo como el diablo, con ese cuerpo atlético de quien juega fut en el parque los fines. "¡Qué onda, wey! Gracias por la invitación", dijo dándonos un abrazo fuerte. Olía a colonia cara, esa que huele a madera y deseo. Nos sentamos en el sofá de cuero, que crujía bajo nuestro peso, y empezamos a platicar pendejadas. Ana se recargaba en mi hombro, su mano acariciando mi muslo distraídamente, y yo notaba cómo sus ojos se clavaban en Luis con una chispa juguetona.

La conversación giró rápido a lo jugoso. "Oigan, ¿ustedes han pensado en haciendo trío con mi esposa o algo así?", solté de repente, medio en broma, pero con el corazón latiéndome como tambor. Ana se rio, pero no lo negó. "Neta, Marco, siempre he fantaseado con eso. Imagínense, los dos dándome amor por todos lados". Luis se atragantó con su chela, pero sus ojos se iluminaron. "Si es con consentimiento de todos, ¿por qué no? Pero solo si el carnal está de acuerdo". El aire se cargó de electricidad, como antes de una tormenta en el DF. Sentí el calor subiendo por mi cuello, el pulso acelerado, y debajo de la mesa, la mano de Ana rozando mi paquete ya tieso.

Acto seguido, Ana se paró, meneando las caderas al ritmo de la música. "Bueno, ¿quién se anima?". Se acercó a Luis, le quitó la chela de la mano y se sentó en su regazo, mirándome fijo para ver mi reacción. Yo asentí, con la garganta seca. Luis la besó primero, un beso suave que pronto se volvió hambriento, lenguas chocando con sonidos húmedos que llenaron la sala. Yo me acerqué por detrás, besando el cuello de Ana, oliendo su perfume de vainilla mezclado con el sudor fresco de excitación. Sus gemidos bajos, como ronroneos de gata en celo, me pusieron la piel de gallina.

Nos fuimos al cuarto, dejando un rastro de ropa por el pasillo. El colchón king size nos recibió mullido, las sábanas de algodón egipcio frías contra nuestra piel ardiente. Ana estaba en el centro, desnuda, sus pezones duros como piedras morenas, su panocha ya húmeda reluciendo bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. "Vengan, mis amores", susurró con voz ronca, esa voz que me derrite.

Empecé lamiéndole las tetas, succionando un pezón mientras Luis le comía la boca. Ella arqueaba la espalda, sus uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos que ardían delicioso. Bajé la mano entre sus piernas, sintiendo el calor empapado de su concha, resbaladiza como miel caliente. "Qué rica estás, mi reina", le murmuré al oído, mientras metía dos dedos despacio, curvándolos para tocar ese punto que la hace gritar. Luis se desvistió, su verga gruesa y venosa saltando libre, y Ana la tomó con ansias, masturbándolo con movimientos expertos, el sonido de piel contra piel como un ritmo obsceno.

La tensión crecía como lava.

¿Esto es real? ¿Mi esposa compartida, pero nuestra? Joder, me encanta verla gozar así
, pensé mientras la veía chupársela a Luis, sus labios rojos estirados alrededor de esa polla, saliva goteando por la barbilla. Él gemía "¡Puta madre, Ana, qué chida chupas!", y ella lo miró con ojos de zorra en heat. Yo no aguanté más: me puse de rodillas detrás de ella, abrí sus nalgas redondas y lamí su ano y panocha alternadamente, saboreando su jugo salado y dulce, oliendo ese aroma almizclado de mujer cachonda que me volvía loco.

Ana se corrió primero, temblando como hoja, gritando "¡Sí, cabrones, no paren!". Su coño se contrajo alrededor de mi lengua, inundándome la boca con su squirt tibio. Luis y yo nos miramos, cómplices, y la volteamos boca arriba. Ella abrió las piernas en V, invitándonos. "Fóllanme los dos", suplicó. Luis se metió primero, embistiéndola lento, su verga desapareciendo en esa cueva húmeda con sonidos chapoteantes. Yo le metí la mía en la boca, sintiendo su garganta apretándome, sus dientes rozando apenas lo suficiente para erizarme.

Cambiamos posiciones como en un baile coreografiado. Yo la cogí de misionero, sintiendo sus paredes vaginales ordeñándome, mientras Luis le metía los dedos en la boca y le pellizcaba los pezones. "¡Más duro, Marco! ¡Hazme tuya mientras él me toca!", jadeaba ella. El sudor nos pegaba, piel resbalosa chocando, el cuarto lleno de olor a sexo crudo, a testosterona y estrógeno revueltos. Luis se colocó detrás, untando lubricante –ese que siempre tenemos a la mano– y poco a poco entró en su culo. Ana aulló de placer, "¡Carajo, qué llenita me siento! ¡Están rompiéndome rico!".

Haciendo trío con mi esposa era mejor de lo que soñé: sus gemidos dobles, el slap-slap de carne contra carne, mis bolas golpeando las de Luis en un ritmo sincronizado. Sentía cada vena de mi verga pulsando dentro de ella, el calor de su interior apretándome como guante de terciopelo. Luis gruñía "¡Neta, qué culo tan prieto!", y yo respondía "Es todo tuyo esta noche, compa, pero es mi esposa". La competencia amistosa nos ponía más duros.

El clímax llegó como avalancha. Ana se retorcía entre nosotros, sus orgasmos encadenados, uñas arañando sábanas, piernas temblando. "¡Me vengo, me vengo otra vez!", chilló, su cuerpo convulsionando, exprimiéndonos. Yo exploté primero, llenándole la panocha de leche caliente, chorros potentes que salpicaban. Luis la siguió, sacándola del culo y corriéndose en sus tetas, semen blanco contrastando con su piel canela, goteando lento.

Colapsamos los tres, un enredo de miembros sudorosos y respiraciones agitadas. El silencio solo roto por el zumbido del aire acondicionado y nuestros suspiros. Ana se acurrucó entre nosotros, besándonos alternadamente. "Gracias, mis reyes. Esto fue chido de verdad". Limpiamos el desmadre riéndonos, duchándonos juntos bajo el agua caliente que olía a jabón de lavanda.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos despedimos de Luis con un abrazo fraternal. "Vuelve cuando quieras, wey", le dije guiñando. Ana y yo nos quedamos en la cama, ella trazando círculos en mi pecho.

Esto no nos separó, al contrario, nos unió más. Saber que confiamos tanto el uno en el otro... joder, qué afortunado soy
.

Desde esa noche, haciendo trío con mi esposa se volvió nuestro secreto picante, un recuerdo que aviva el fuego cada vez que lo evocamos. La vida en la CDMX sigue su curso caótico, pero en nuestro mundo, el placer es rey.

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