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El Trío Ardiente con Mi Novia y Su Hermana

6015 palabras

El Trío Ardiente con Mi Novia y Su Hermana

Todo empezó en esa casa de playa en Puerto Vallarta, con el sol cayendo como una promesa caliente sobre el Pacífico. Yo, Alex, llevaba tres años con Ana, mi novia, esa morena de curvas que me volvía loco con solo una mirada. Sus ojos cafés profundos y su risa que sonaba a olas rompiendo. Ese fin de semana invitamos a su hermana menor, Luisa, que acababa de cumplir veintitrés y estaba de vacaciones de la uni. Luisa era como Ana pero con un toque salvaje: pelo negro largo, labios carnosos y un cuerpo atlético de tanto surfear.

Estábamos en la terraza, con chelas frías en la mano y el olor a salitre mezclándose con el humo de la parrillada. Ana se recargaba en mi hombro, su piel tibia rozando la mía, mientras Luisa contaba anécdotas de sus viajes. Neta, wey, pensé, estas dos juntas son puro fuego. La tensión ya se sentía en el aire, como antes de una tormenta. Ana me guiñó un ojo y dijo:

—Oye, amor, ¿y si jugamos algo para animar la noche? Algo... picante.

Luisa soltó una carcajada, pero sus mejillas se pusieron rojas. Yo tragué saliva, sintiendo un cosquilleo en el estómago. La idea de un trío con mi novia y su hermana había rondado mi cabeza en fantasías sucias, pero ¿en serio iba a pasar?

La noche avanzó con tragos de tequila reposado, ese que quema la garganta y afloja las inhibiciones. Nos metimos a la piscina iluminada por luces azules, el agua fresca lamiendo nuestras pieles. Ana se quitó el bikini de un jalón, quedando en pelotas, sus tetas firmes brillando bajo la luna. ¡No mames! pensé, mi verga ya medio parada. Luisa la siguió, dubitativa al principio, pero con una sonrisa pícara. Su cuerpo era una escultura: caderas anchas, culo redondo y un piercing en el ombligo que destellaba.

Me quedé en short, pero Ana nadó hacia mí y me lo bajó de un tirón, liberando mi polla dura como piedra. El agua chapoteaba suave mientras ella me besaba, su lengua dulce de tequila invadiendo mi boca. Luisa se acercó por detrás, sus manos suaves tocando mi pecho, pezones endurecidos rozando mi espalda. Esto es real, cabrón, me dije, el corazón latiéndome a mil.

Salimos empapados a las loungers, gotas resbalando por sus cuerpos como perlas de deseo. Ana se arrodilló primero, lamiendo la punta de mi verga con esa boca que me hacía gemir. Sabía a sal y a ella, un sabor adictivo. Luisa observaba, mordiéndose el labio, hasta que se unió, sus lenguas bailando juntas sobre mí. El sonido de sus chupadas húmedas, mezclado con mis jadeos, llenaba la noche. Tocaba sus cabezas, el pelo mojado entre mis dedos, oliendo a coco de su shampoo.

Pero no era solo físico; sentía la conexión. Ana me miró a los ojos, susurrando:

—Te quiero ver disfrutar con nosotras, mi amor. Es nuestro secreto.

Luisa, más tímida, agregó:

—Siempre he fantaseado con esto, cuñado. Neta, eres guapísimo.

La llevé adentro, a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. El ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire caliente. Empecé con Ana, penetrándola despacio mientras Luisa nos besaba. Su coño estaba empapado, caliente, apretándome como un guante. Gemía bajito, "¡Ay, sí, así!", sus uñas clavándose en mi espalda, dejando marcas que ardían delicioso.

Luisa se masturbaba al lado, dedos hundiéndose en su humedad, el sonido chapoteante volviéndome loco. La invité a unirse, y montó mi cara, su sabor ácido y dulce explotando en mi lengua. Lamí su clítoris hinchado, sintiendo sus muslos temblar contra mis mejillas. Ana rebotaba en mi polla, tetas saltando, sudor perlando su piel morena. El olor a sexo, a mujeres cachondas, impregnaba la habitación: almizcle, sudor, esencia femenina.

Intercambiamos posiciones como en un baile erótico. Luisa debajo de mí ahora, sus piernas abiertas en invitación. La penetré de una embestida, "¡Qué chingón!" gritó ella, su interior virgen en intensidad para mí. Ana se sentó en su cara, y las hermanas se lamían mutuamente, lenguas expertas en coños gemelos. Yo empujaba fuerte, piel contra piel, el slap-slap resonando. Sentía sus paredes contraerse, ordeñándome.

El clímax se acercaba como una ola gigante. Cambiamos a un trío entrelazado: yo de rodillas, Ana y Luisa de lado, una mano en cada teta, polla alternando entre sus bocas hambrientas. Sus labios succionaban, gargantas profundas, saliva chorreando. Estas chavas son puro vicio, pensé, el placer subiendo por mi columna.

Ana jadeó primero:

—Me vengo, ¡cabrón, no pares!

Su cuerpo convulsionó, chorros calientes mojando las sábanas. Luisa la siguió, gritando mi nombre, su orgasmo apretándome hasta el límite. No aguanté más; saqué la verga y eyaculé sobre sus tetas unidas, semen espeso salpicando pieles jadeantes. El olor salado de mi corrida mezclándose con sus jugos.

Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose. El ventilador secaba el sudor de nuestros cuerpos, dejando un brillo salino. Ana me besó suave, Luisa acurrucada al otro lado, su mano en mi pecho.

¿Qué chingados acaba de pasar? reflexioné en la penumbra. No era solo sexo; era confianza, amor amplificado. Ana murmuró:

—Fue increíble, amor. Gracias por hacernos sentir tan vivas.

Luisa, somnolienta:

—Repetimos cuando quieras, wey. Somos familia ahora... de la buena.

El amanecer tiñó el cielo de rosa, olas rompiendo lejanas. Nos dormimos así, piel con piel, el recuerdo de ese trío con mi novia y su hermana grabado en cada poro. Sabía que nuestra relación había evolucionado, más fuerte, más ardiente. Y yo, pendejo afortunado, no podía esperar al próximo capítulo.

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