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Los Idiotas Cachondos de Lars von Trier

6470 palabras

Los Idiotas Cachondos de Lars von Trier

Estabas recostado en el sofá de tu depa en la Condesa, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a tacos de suadero flotando desde la cocina. Tu morra, Karla, se acurrucaba contra ti, su piel tibia rozando tu brazo desnudo. Habían pedido Netflix esa noche porque neta, querían algo chido y provocador. "Órale, ponemos The Idiots de Lars von Trier", dijiste, recordando esa peli rara que habías oído, llena de desnudos y gente actuando como pendejos para joder al mundo. Ella soltó una risita, sus ojos brillando con picardía. "Va, wey, a ver si nos prende".

La pantalla se iluminó con esa vibra cruda, Dogme 95 puro, sin filtros ni madres. Ahí estaban ellos, los idiotas de Lars von Trier, fingiendo ser retrasados para sacar la verdad de la gente. Pero lo que te pegó fuerte fue la escena del spass: todos desnudos en esa casa, cuerpos reales, sin cirugías ni pendejadas de Hollywood. Tetas colgando, vergas flácidas balanceándose, risas nerviosas y miradas cargadas de algo más. Karla se removió a tu lado, su mano subiendo despacito por tu muslo. Sentiste el calor de su palma a través del short, y tu verga dio un saltito traicionero.

¿Qué chingados? Esta peli nos está poniendo calientes como diablos
, pensaste, mientras el pulso te latía en las sienes.

"Mira nomás, wey, qué huevos tener para andar así de en pelotas", murmuró ella, su voz ronca, con ese acento chilango que te volvía loco. La película avanzaba, y la tensión crecía en la pantalla como en tu pecho. Un idiota se tocaba la verga frente a todos, y Karla soltó un jadeo bajito. Su pezón se marcaba contra la blusa delgada, duro como piedrita. Tú la miraste, y ella te devolvió la mirada, labios entreabiertos, húmedos. "Y si jugamos a eso", propuso, mordiéndose el labio. "A ser los idiotas cachondos de Lars von Trier, pero en nuestra versión". Su aliento olía a chela Corona, fresco y tentador. Asentiste, el corazón tronándote. Va, carnal, esto va a estar de poca madre.

Acto uno del juego: fingir ser idiotas liberados. Karla se paró de un brinco, tambaleándose como borracha, babeando la lengua y gimiendo tonterías. "¡Uuuuh, soy idiotaaa!", chilló, quitándose la blusa de un tirón. Sus chichis saltaron libres, morenos y firmes, con areolas oscuras que pedían a gritos ser chupadas. El olor de su sudor fresco te invadió, mezclado con su perfume de vainilla. Tú te reíste, pero tu verga ya estaba tiesa como poste. Te levantaste, actuando igual de pendejo: "¡Grrr, idiota yo, quiero tetas!". Te lanzaste a ella, manoseándole las nalgas redondas bajo el short de mezclilla. Su piel era suave como seda, cálida, y ella se arqueó contra ti, restregando su pubis contra tu paquete.

La música de la peli seguía sonando de fondo, gemidos y risas locas, pero ahora era su banda sonora. Bajaste su short, y ahí estaba su panocha depilada, labios hinchados brillando de jugos. Olía a deseo puro, almizclado y dulce, como miel caliente.

Chingado, Karla está empapada nomás de ver esa mierda de Lars von Trier
. Ella te jaló el short, liberando tu verga gruesa, venosa, con el prepucio echado pa'trás. "¡Mira mi pollón idiota!", gruñiste juguetón, y ella se arrodilló, lamiendo la punta con lengua juguetona. El sabor salado de tu precum le explotó en la boca, y gimió "ñam ñam, rico wey", chupando como si fuera helado de garrafa.

La llevaste al piso, alfombra mullida bajo vuestras rodillas. Actuando idiotas, se revolcaban: ella encima, restregando sus chichis en tu cara, olor a sudor y loción invadiéndote. Chupaste un pezón, duro y gomoso, tirando con dientes suaves. Ella aulló, "¡Más, pendejo mío!", clavándote las uñas en la espalda, dejando surcos rojos que ardían rico. Tus manos exploraban su culo, metiendo un dedo en su ano apretado, lubricado por sus jugos que chorreaban. El sonido era obsceno: chap chap de piel mojada, respiraciones agitadas, "¡Ay wey!" y risas entrecortadas. La tensión subía como fiebre, tu verga palpitando contra su vientre suave.

Marco pa'l medio: el spass personal. "Quiero follar como en The Idiots de Lars von Trier", jadeó ella, montándote a horcajadas. Su coño se abrió como flor húmeda, tragándote centímetro a centímetro. Sentiste las paredes calientes, aterciopeladas, apretándote como guante. "¡Uuuuh, idiota follador!", gritó, cabalgando salvaje, chichis rebotando hipnóticos. Tú embestías desde abajo, manos en sus caderas anchas, piel resbalosa de sudor. Olía a sexo puro: semen, coño, esfuerzo.

Neta, esta morra me va a matar de placer, fingiendo ser idiota pero cogiendo como diosa
. Ella se inclinó, besos babosos y profundos, lenguas enredadas con sabor a saliva y lujuria. Cambiaron: tú de perrito, verga hundiéndose profundo, bolas golpeando su clítoris. "¡Métemela toda, cabrón!", rogaba, culo en pompa, ano guiñando. El cuarto giraba con gemidos, piel chocando plaf plaf, su coño contrayéndose en espasmos previos.

La película terminó olvidada, créditos rodando mudos. Karla se volteó, piernas abiertas, invitándote a lamer. Bajaste la cabeza, nariz en su monte de Venus, lengua barriendo labios hinchados. Sabor ácido-dulce de su excitación, clítoris como botón hinchado. Ella temblaba, manos en tu pelo, "¡Sí, wey, chúpame el botón!". Tu verga goteaba, ignorada, mientras la hacías gritar. Luego, misionero intenso: ojos en ojos, almas conectadas. "Te amo, mi idiota", susurró, uñas en tu espalda. Embistes lentos primero, profundos, luego furiosos. Su coño ordeñándote, pulso acelerado contra tu pecho. "¡Me vengo, chingado!", aulló ella, cuerpo convulsionando, jugos salpicando. Tú la seguiste, verga hinchándose, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Explosión blanca, éxtasis puro.

Afterglow: recostados jadeantes, sudor enfriándose en pieles entrelazadas. El olor a sexo impregnaba todo, chela tibia olvidada en la mesa. Karla trazaba círculos en tu pecho, riendo suave. "Esa peli de Lars von Trier fue lo máximo, wey. Los idiotas nos liberaron". Tú la besaste, sabor a nosotros.

Quién iba a decir que fingir pendejadas llevaría a esto, conexión total, cuerpos y almas en llamas
. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, paz chida. Se durmieron así, desnudos y satisfechos, soñando con más spass idiotas.

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