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Tríos XXX en la Ducha Ardiente

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Tríos XXX en la Ducha Ardiente

El calor de ese sábado en la Ciudad de México me tenía sudando como pendeja. Yo, Ana, acababa de llegar del gym con mi amiga Sofía, las dos chorreando sudor en nuestro depa chido de Polanco. Sofía, con su piel morena y curvas que matan, se quitó la blusa frente al espejo del baño, riéndose mientras se veía las tetas brillantes. "No mames, Ana, ¿viste lo caliente que está el día? Necesito una ducha ya", dijo con esa voz ronca que siempre me pone a mil.

Yo asentí, sintiendo un cosquilleo en la panza. Siempre hemos sido cercanas, Sofía y yo, desde la uni. Compartimos todo: ropa, chismes, hasta vibradores en noches de copas. Ese día, el aire estaba cargado, como si el pinche sol nos hubiera inyectado hormonas. De repente, sonó el timbre. Era Marco, el vecino guapo del piso de arriba, con su sonrisa de galán y ese cuerpo de futbolista que me hacía mojarme con solo verlo. "Qué onda, morras", saludó, oliendo a colonia fresca y sudor masculino. Traía unas chelas en la mano. "Escuché que andaban muertas de calor, ¿les cae?"

Lo dejamos pasar, y en minutos ya estábamos platicando en la sala, riéndonos de pendejadas. Sofía le guiñó un ojo y dijo: "Si quieres, únete a la ducha, wey. Espacio hay de sobra". Yo me quedé helada, pero mi chucha latió fuerte.

¿Qué pedo? ¿En serio esto va a pasar? Neta, siempre fantaseé con algo así, como esos xxx tríos en la ducha que vi en el tubo una vez. Pero con Marco y Sofía... ay, Dios.
Marco se rió, pero sus ojos brillaban con picardía. "Si Ana no se enoja, yo con gusto". Yo tragué saliva, el corazón retumbándome en los oídos. "Órale, pues vámonos", solté, sorprendida de mi propia voz.

Entramos al baño grande, con azulejos blancos que reflejaban la luz del atardecer. Abrí la regadera, y el vapor empezó a llenar el aire, cargado con el aroma dulce del jabón de lavanda que usamos. El agua caliente caía como lluvia tropical, golpeando el piso con un shhh constante. Me quité la ropa primero, sintiendo el aire fresco en mi piel mojada de sudor. Mis pezones se endurecieron al instante, y vi cómo Marco me devoraba con la mirada, su verga ya medio parada bajo los boxers.

Sofía se acercó por detrás, sus manos suaves rozando mis hombros. "Relájate, amiga", murmuró en mi oído, su aliento cálido oliendo a menta del chicle. Me giré y la besé, un beso suave al principio, labios carnosos chocando con el sonido húmedo. Sus tetas grandes presionaban contra las mías, piel contra piel, resbalosas por el vapor. Marco se unió, quitándose todo, su verga gruesa y venosa saltando libre. Qué chulada, pensé, lamiéndome los labios al ver el prepucio retrayéndose.

El agua nos empapaba a los tres, riachuelos calientes bajando por nuestros cuerpos. Tocábamos todo: yo agarré la verga de Marco, dura como fierro, palpitando en mi mano jabonosa. Él gemía bajito, un ronroneo grave que vibraba en el pecho. Sofía se arrodilló, su lengua rosada lamiendo mis pezones, succionando con fuerza mientras el agua salpicaba su cara. Olía a sexo ya, ese musk almizclado mezclado con jabón y sudor fresco. "Sí, así, pinche rica", le dije, enredando mis dedos en su pelo negro mojado.

La tensión subía como el vapor. Marco me levantó una pierna, apoyándola en la pared, y su lengua encontró mi clítoris hinchado. Lamida tras lamida, chupando con hambre, el sabor salado de mi excitación mezclándose con el agua. Yo jadeaba, el sonido ahogado por el chorro de la regadera. Sofía se pegó a mi espalda, sus dedos resbalosos metiéndose en mi culo, masajeando despacio.

Esto es una locura, pero qué chido. Me siento poderosa, deseada, como reina en mi propio paraíso húmedo.
Marco levantó la vista, ojos oscuros llenos de lujuria: "Te quiero adentro, Ana".

Nos movimos como en un baile instintivo. Sofía y yo nos besamos profundo, lenguas enredadas con sabor a piel y agua, mientras Marco frotaba su verga contra mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Grité de placer, el eco rebotando en las paredes. "¡Ay, cabrón, qué grande!" El agua hacía todo más resbaloso, sus embestidas profundas chapoteando contra mi carne. Sofía se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su panocha depilada, gimiendo "Fóllatela duro, Marco".

Cambié de posición, queriendo más. Me puse de rodillas con Sofía, compartiendo la verga de Marco. La chupamos juntas, lenguas chocando sobre la cabeza hinchada, saboreando el precum salado y amargo. Él gruñía, manos en nuestras cabezas: "Son unas putas deliciosas", pero con cariño, juguetón. El vapor nos envolvía, gotas calientes cayendo en mi espalda como besos líquidos. Mi corazón latía desbocado, piel erizada, cada nervio en llamas.

La intensidad creció. Sofía se recargó en la pared, piernas abiertas, y yo lamí su chucha rosada y jugosa, clítoris duro bajo mi lengua. Sabía a miel salada, íntimo y adictivo. Marco me penetró por detrás, doggy style bajo la ducha, sus bolas golpeando mi culo con plaf rítmicos. Los tres sudábamos, gemíamos en coro: ayes agudos de Sofía, gruñidos de Marco, mis jadeos roncos.

Esto es lo que necesitaba, conexión pura, cuerpos enredados sin tabúes. Neta, los xxx tríos en la ducha no se comparan con esto real.

El clímax se acercaba como tormenta. Marco aceleró, follándome fuerte, su verga hinchándose más. "Me vengo, morras", avisó. Sofía se corrió primero, temblando contra mi boca, chorros calientes en mi lengua. Yo exploté después, olas de placer sacudiéndome, la chucha contrayéndose alrededor de Marco. Él se sacó y nos pintó la cara y tetas con su leche espesa, blanca contra piel morena, lavada al instante por el agua.

Nos quedamos ahí, abrazados bajo el chorro tibio que bajaba de intensidad. El baño olía a sexo satisfecho, jabón y paz. Sofía me besó la frente: "Te quiero, amiga. Esto fue épico". Marco nos envolvió con sus brazos fuertes: "Repetimos cuando quieran". Yo sonreí, exhausta y plena, el cuerpo hormigueando en afterglow.

Salimos envueltos en toallas suaves, riéndonos de lo loco que había sido. En la sala, con chelas frías, platicamos como si nada, pero con miradas cómplices. Esa noche cambió todo: Sofía y yo más unidas, Marco ahora nuestro secreto compartido.

La vida es para gozarla así, sin pendejadas, solo placer puro y consentido.
El calor del día se había convertido en fuego interno, uno que ardía lento y prometía más duchas ardientes.

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