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La Tasa de Rentabilidad Inmediata TRI

7023 palabras

La Tasa de Rentabilidad Inmediata TRI

Era un viernes por la noche en la torre de oficinas de Polanco, con las luces de la Ciudad de México parpadeando como estrellas coquetas allá abajo. Yo, Daniela, analista financiera de veintiocho años, me quedé hasta tarde revisando reportes. El aire acondicionado zumbaba suave, mezclándose con el aroma a café recién hecho y el leve perfume masculino que flotaba desde la oficina del jefe. Alejandro, mi carnal en el trabajo, el tipo que siempre me ponía a mil con esa sonrisa pícara y esos ojos que te desnudan sin esfuerzo.

Órale, Dani, ¿todavía aquí? Vas a quemarte las pestañas con esos números —dijo entrando con dos tazas humeantes, su voz grave como un ronroneo.

Me giré en mi silla ergonómica, sintiendo cómo mi blusa de seda se pegaba un poquito a mi piel por el calor que subía de repente. Él se veía impecable: camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes, pantalón de vestir que marcaba lo justo. Olía a sándalo y algo más, algo que me hacía mojarme sin querer.

—Sí, wey, tratando de entender esta tasa de rentabilidad inmediata TRI. No le atino al cálculo y el cliente quiere resultados para mañana —respondí, mordiéndome el labio mientras tomaba la taza. Sus dedos rozaron los míos, un toque eléctrico que me erizó la piel.

Se acercó, su cadera rozando el escritorio. —Déjame ayudarte, nena. La TRI es sencilla: mide el rendimiento neto ajustado por tiempo. Pero la gracia está en lo inmediata, ¿sabes? Como cuando inviertes en algo que te da placer al instante, sin esperas.

Su aliento cálido en mi oreja, el roce de su pierna contra la mía. Sentí un cosquilleo entre las piernas, mi corazón latiendo como tambor en fiesta.

¿Qué chingados? Esto no es solo trabajo. Este pendejo me está seduciendo con finanzas
, pensé, pero no me aparté.

Acto uno: la chispa. Pasamos horas frente a la pantalla, sus manos guiando las mías en el teclado. Cada explicación era una caricia verbal. "Mira, Dani, la tasa de rentabilidad inmediata TRI sube cuando reduces riesgos y maximizas el flujo". Su voz bajita, íntima. Yo cruzaba las piernas para calmar el calor que crecía abajo, oliendo mi propia excitación mezclada con su colonia.

—Explícame más despacio —le pedí, girándome para verlo de frente. Nuestras rodillas se tocaron. Él sonrió, esa sonrisa que dice "te voy a comer entera".

—Ven, mejor te lo muestro en mi oficina. Ahí tengo el modelo completo.

Seguí su espalda ancha por el pasillo desierto, tacones resonando como promesas. Su oficina era un oasis: ventanales con vista al skyline, sofá de piel negro, botella de tequila reposado en el minibar.

—Siéntate —dijo, sirviendo dos shots. El líquido ámbar bajó ardiente por mi garganta, despertando sabores a vainilla y humo. Brindamos por "rentabilidades altas". Sus ojos en los míos, intensos.

Nos sentamos en el sofá, laptops abiertas. Pero pronto, sus dedos trazaron mi muslo por encima de la falda. —La TRI, Dani, es como tu piel: suave, inmediata, rentable al toque.

Mi pulso se aceleró. Qué padre, este wey sabe jugar. Lo miré, desafiante. —Muéstrame entonces cómo se calcula en la práctica.

Acto dos: la escalada. Sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a tequila y deseo puro. Su lengua exploró mi boca, lenta, profunda, mientras sus manos subían por mis muslos, arrugando la falda. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Olía a él, puro macho mexicano, sudor leve y loción cara.

Estás cañón, Dani. Me has tenido loco desde el primer día —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Sus dientes enviaron chispas directo a mi clítoris, que palpitaba pidiendo atención.

Le arranqué la camisa, sintiendo los músculos duros bajo mis uñas. Piel caliente, vellos oscuros que pinchan delicioso. Bajé la cabeza, lamiendo su pecho, saboreando sal y hombre. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi vientre.

Me recostó en el sofá, quitándome la blusa con reverencia. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. —Mira qué chingonería —dijo, chupando uno, tirando suave con los dientes. El placer fue un rayo: arqueé la espalda, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto.

Sus dedos bajaron mi tanga empapada, rozando mi humedad. —Estás lista para la TRI, ¿verdad? Rentabilidad inmediata. —Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. Jadeé, mis caderas moviéndose solas, follándome su mano. El sonido húmedo de mi coño llenaba la habitación, obsceno y excitante.

Alejandro, no pares, cabrón —supliqué, mi voz ronca. Él rio bajito, acelerando el ritmo, su pulgar en mi clítoris frotando círculos perfectos. Olía a sexo ahora, almizcle nuestro mezclado con el cuero del sofá.

Lo empujé, queriendo control. Le desabroché el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa. La tomé en la mano, sintiendo el calor latiendo. —Esto sí es una inversión ganadora —bromeé, lamiendo la punta, saboreando pre-semen salado. Él maldijo en voz baja, pinche Dani, me vas a matar.

Lo monté despacio, guiándolo dentro de mí. Estiré delicioso alrededor de él, cada centímetro un éxtasis. Gemí largo, mis uñas en su pecho. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce, cada fricción contra mis paredes internas. Sus manos en mis caderas, guiándome, acelerando.

El sudor nos cubría, piel resbalosa chocando. Sonidos: carne contra carne, jadeos, ay, sí, más duro. Lo miré a los ojos, conexión profunda.

Esto no es solo un polvo. Hay algo más, química pura, como la TRI perfecta
.

Cambié de posición, él encima, embistiéndome fuerte. Sus bolas golpeaban mi culo, placer acumulado. —Vente conmigo, Dani —gruñó, su aliento caliente en mi oreja. El orgasmo llegó como tsunami: contracciones violentas, grito ahogado, visión borrosa. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, marcándome.

Acto tres: el resplandor. Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su espalda húmeda. El skyline brillaba afuera, testigo mudo.

—Esa fue la tasa de rentabilidad inmediata TRI más chida de mi vida —dijo riendo suave, besando mi piel.

—Y ni hablamos del afterglow —respondí, sonriendo. Me sentía empoderada, satisfecha, conectada. No era solo sexo; era liberación, placer mutuo sin complicaciones.

Nos vestimos despacio, besos perezosos. Salimos juntos, el ascensor bajando con nosotros pegados. Afuera, el aire fresco de la noche mexicana nos envolvió, olor a taquerías y jazmín.

¿Repetimos la lección pronto? —preguntó guiñando.

Cuando quieras, experto en TRI. Caminamos hacia su coche, sabiendo que esto apenas empezaba. La ciudad nos esperaba, llena de promesas calientes.

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