La Trilogía de la Depresión de Lars von Trier en Éxtasis
Todo empezó en esa noche lluviosa en la Condesa, cuando el aroma a tierra mojada se colaba por las ventanas entreabiertas de mi departamentito. Yo, Ana, una morra de veintiocho tacos que andaba bien depre por el pinche trabajo y el desmadre de la vida, me topé con la trilogía de la depresión de Lars von Trier en una recomendación de Netflix. Antichrist primero, con esa crudeza que te revuelve las tripas, Melancholia después, pura melancolía cósmica, y Nymphomaniac al final, que ya ni te cuento, puro fuego sexual reprimido. Neta, esas pelis me pegaron duro, como si Von Trier me estuviera hablando directo al alma jodida.
Al día siguiente, en el cineclub de la colonia Roma, lo vi a él. Diego, un carnal alto, moreno, con ojos que brillaban como luces de neón en la oscuridad de la sala. Estábamos en la proyección de Antichrist, y cuando las escenas se pusieron intensas, sentí su mirada clavada en mí. ¿Qué chingados pasa aquí? pensé, mientras el sudor me perlaba la nuca y el sonido de la lluvia en la peli se mezclaba con mi respiración agitada. Después de la función, nos quedamos platicando en la terraza, con chelas frías en la mano. "Esas pelis de Von Trier son un desmadre, ¿verdad? Te dejan con el corazón en la mano", me dijo, su voz grave como un ronroneo. Yo asentí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Sí, carnal, me tienen depre pero también... excitada, no sé". Nos reímos, y de ahí no paramos de mensajearnos.
La primera noche que lo invité a mi depa, pusimos Antichrist otra vez. El aire olía a incienso de vainilla que encendí para ambientar, y el colchón king size nos esperaba en la penumbra. Nos sentamos bien cerquita, piernas rozándose, el calor de su muslo contra el mío enviando chispas por mi piel. Mientras la peli avanzaba, con esos gemidos ahogados y la naturaleza salvaje en pantalla, su mano rozó mi rodilla.
¡No mames, esto es como la peli, puro instinto animal!pensé, mordiéndome el labio. No lo detuve. Sus dedos subieron despacito por mi muslo, trazando círculos que me erizaban la piel. Yo volteé a verlo, nuestros ojos se enredaron, y nos besamos. Fue un beso hambriento, sus labios salados por la cerveza, lengua explorando mi boca con urgencia. Lo jalé encima de mí, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de los jeans. Nos frotamos como adolescentes, respiraciones jadeantes mezclándose con los gritos de la pantalla. Pero paramos ahí, jadeando. "Primera parte de la trilogía", murmuró él, sonriendo pícaro. Yo reí, con el cuerpo ardiendo.
La segunda noche fue Melancholia. Llegó con una botella de mezcal artesanal de Oaxaca, ese olor ahumado que me volvía loca. Nos recostamos en la cama, yo en shortcito y él en bóxers, pieles expuestas bajo la luz azulada del proyector. La peli empezó con esa lentitud hipnótica, el planeta acercándose inexorable. Hablamos de depresión, de cómo Von Trier captura ese vacío que te come por dentro. "Yo también lo he sentido, Ana. Pero contigo, se siente diferente", confesó, su aliento cálido en mi cuello. Lo besé yo esta vez, montándome a horcajadas sobre él. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, apretando con fuerza que me arrancó un gemido. Su piel sabe a sal y mezcal, neta delicioso, pensé mientras lamía su pecho, sintiendo los músculos tensarse bajo mi lengua. Bajé más, besando su abdomen, hasta rozar la tela de sus bóxers con los labios. Él gruñó, arqueando la espalda. Le bajé el bóxer, su verga saltó libre, gruesa y palpitante. La tomé en la mano, piel suave y venosa, y la chupé despacio, saboreando el gusto salado de su pre-semen. Él metió los dedos en mi concha empapada, frotando el clítoris en círculos que me hicieron ver estrellas. Nos corrimos así, él en mi boca, yo temblando sobre sus dedos, el sonido de la explosión planetaria en la peli como banda sonora perfecta. Después, nos abrazamos, sudorosos, el corazón latiéndonos a mil. "Segunda entrega", susurró, besándome la frente.
Pero la tercera noche, con Nymphomaniac, fue el clímax total. Llegamos al depa empapados por la llovizna, riéndonos como pendejos. Nos quitamos la ropa en la entrada, dejando un rastro húmedo. Su cuerpo desnudo brillaba bajo la luz tenue, músculos definidos, verga ya semi-dura balanceándose. Yo me sentía empoderada, como Joe en la peli, dueña de mis deseos. "Hoy completamos la trilogía de la depresión de Lars von Trier", le dije, jalándolo al cuarto. El aire estaba cargado de nuestro olor, mezcla de lluvia, sudor y excitación. Nos tiramos en la cama, sábanas frescas contra piel caliente.
Empecé lamiéndole los huevos, succionando suave mientras él gemía "¡Órale, Ana, qué rico!". Subí por el tronco de su verga, metiéndomela hasta la garganta, sintiendo cómo latía contra mi paladar. Él me volteó, poniéndome a cuatro, y hundió la cara entre mis nalgas. Su lengua en mi concha fue eléctrica, lamiendo de clítoris a ano, saboreando mis jugos que chorreaban.
¡Me está comiendo viva, cabrón, no pares!grité en mi mente, arqueando la espalda. Metió dos dedos, curvándolos contra mi punto G, mientras chupaba mi clítoris hinchado. El sonido era obsceno, chapoteos y slurps que llenaban el cuarto.
Entonces me penetró. De un solo empujón, su verga me llenó por completo, estirándome deliciosamente. "¡Sí, Diego, cógeme duro!", le pedí, y él obedeció, embistiéndome con ritmo salvaje. Sentía cada vena rozando mis paredes, el golpe de sus huevos contra mi clítoris. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, tetas rebotando, sus manos pellizcando mis pezones duros. El olor a sexo era intenso, almizcle y sudor, mezclándose con el perfume de mi piel. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado al lamerlo.
Volteamos, él atrás, jalándome el pelo suave mientras me taladraba. "Eres mi ninfómana, Ana", jadeó, y yo respondí "Y tú mi Von Trier personal". El orgasmo llegó en oleadas: primero el mío, concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer escapando. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro. Colapsamos, cuerpos entrelazados, respiraciones sincronizadas. El final de Nymphomaniac sonaba lejano, pero nosotros habíamos escrito nuestro propio cierre.
En el afterglow, acurrucados bajo las sábanas revueltas, el cuarto olía a nosotros, a placer consumado. "La depresión se fue con esta trilogía", murmuré, trazando círculos en su pecho. Él sonrió, besándome lento. "Juntos somos invencibles, morra". Y neta, lo éramos. La vida seguía, pero ahora con éxtasis en las venas.