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Trio con Lesbianas Casero Inolvidable

6375 palabras

Trio con Lesbianas Casero Inolvidable

Era una noche de esas calurosas en el DF, de las que te hacen sudar hasta el alma. Yo, Ana, acababa de llegar a mi departamentito en la Condesa, con el cuerpo hecho un desastre después de un pinche día en la chamba. Me quité los tacones con un suspiro y me tiré en el sofá, sintiendo el aire del ventilador rozándome las piernas. Llamé a mis compas María y Luisa, dos chavas que conocí en una fiesta hace meses. Neta, desde que las vi besándose en la esquina, supe que algo iba a pasar. "Vengan wey, traigan chelas y hagamos desmadre", les mandé por WhatsApp.

Media hora después, tocaron la puerta. Ahí estaban, María con su pelo negro largo y esa sonrisa pícara que te derrite, vestida con un shortcito que le marcaba el culo perfecto. Luisa, más morenita, con curvas de infarto y unos labios carnosos que pedían beso. Traían bolsas con cervezas frías y unos taquitos de la esquina. Qué chingonas, pensé mientras las abrazaba, oliendo su perfume mezclado con el sudor del camión. Nos sentamos en la sala, con la tele prendida en alguna película gringa, pero nadie le hacía caso.

Las chelas corrían y la plática se ponía cada vez más caliente. María contaba cómo había estado con una morra en un antro, y Luisa se reía, tocándole la pierna. Yo sentía un cosquilleo en el estómago, el calor subiendo por mi piel.

"¿Y tú Ana, nunca has probado un trío con lesbianas casero? Sería lo máximo aquí en tu casa, sin presiones", dijo María mirándome fijo a los ojos.
Mi corazón latió fuerte. Neta, siempre había fantaseado con eso, pero nunca me animaba. El aire se sentía espeso, cargado de ese olor a deseo que no se explica.

Luisa se acercó, su mano rozando mi muslo. "Si quieres, empezamos despacito", murmuró, su aliento cálido en mi cuello. Sentí mi piel erizarse, los pezones endureciéndose bajo la blusa. Asentí, sin palabras. María apagó la tele y puso música ranchera suave, de esa que te pone romántica pero cachonda. Nos besamos las tres, primero suave, labios rozándose como pluma. El sabor de la chela en sus bocas, salado y fresco. María me quitó la blusa, sus dedos trazando mi espalda, enviando chispas por todo mi cuerpo.

Me recargué en el sofá, viendo cómo Luisa le bajaba el short a María. La tela se deslizó, revelando unas panties de encaje negro que ya estaban húmedas. El olor a mujer excitada llenó la habitación, ese aroma almizclado que te hace salivar. Pinche paraíso, pensé mientras María gemía bajito. Luisa se arrodilló y empezó a lamerle por encima de la tela, la lengua presionando contra el clítoris. María arqueó la espalda, sus tetas rebotando libres, pezones oscuros y duros como piedras.

Yo no aguanté más. Me quité el pantalón y me uní, besando a María mientras Luisa chupaba. Su lengua en mi boca era hambrienta, explorando cada rincón, mordisqueando mi labio inferior. Bajé la mano y metí los dedos en las panties de María, sintiendo su panocha chorreando jugos calientes. Estaba tan mojada que resbalaban, el calor envolviéndome los dedos. "Sí, así, Ana, métemela", jadeó ella, su voz ronca.

Nos movimos al piso, sobre la alfombra áspera que raspaba mis rodillas pero me excitaba más. Luisa se desnudó por completo, su cuerpo moreno brillando de sudor bajo la luz tenue. Sus chichis grandes, con areolas anchas, me llamaban. Me lancé a mamarle un pezón, succionando fuerte mientras ella me acariciaba el pelo. "Qué rica eres, wey", susurró. María se posicionó detrás de mí, sus manos abriéndome las nalgas. Sentí su lengua en mi concha, lamiendo desde el clítoris hasta el ano, círculos lentos que me hacían temblar. El sonido de su chupeteo, chapoteante y obsceno, se mezclaba con mis gemidos.

El deseo crecía como ola. Internalmente luchaba:

¿Esto es real? ¿Tres morras en mi casa, entregándonos así? Neta, nunca imaginé un trío con lesbianas casero tan intenso.
Pero el placer me callaba los miedos. Cambiamos posiciones. Yo me acosté boca arriba, piernas abiertas. María se sentó en mi cara, su panocha peluda rozando mi nariz, oliendo a sexo puro. Lamí su clítoris, saboreando sus jugos dulces y salados, mientras ella se mecía, gimiendo "¡Ay, cabrona, qué buena lengua!". Luisa se metió entre mis piernas, dos dedos adentro, curvándolos contra mi punto G. El roce era eléctrico, mi vientre contrayéndose.

El sudor nos unía, pieles resbalosas chocando. Oía nuestros jadeos, el slap de dedos en carne mojada, el crujir de la alfombra. María se corrió primero, su concha pulsando contra mi boca, inundándome de squirt tibio que tragué ansiosa. "¡Me vengo, pinches putas!", gritó, temblando. Eso me prendió más. Luisa aceleró, chupándome el clítoris mientras follaba con los dedos. Sentí la presión subir, mis muslos apretándola, el orgasmo explotando como fuego. Grité contra la panocha de María, olas y olas de placer sacudiéndome.

Luisa aún no. La volteamos, boca abajo, culo en pompa. Qué vista: su ano rosado, concha hinchada brillando. María y yo lamimos juntas, lenguas entrelazadas en su raja. Ella se retorcía, empujando contra nosotras. "Más, no paren, mamacitas". Metí tres dedos, estirándola, mientras María le chupaba el clítoris. Su cuerpo se tensó, un grito gutural saliendo de su garganta. Se corrió fuerte, chorros salpicando el piso, su culo temblando.

Agotadas, nos tumbamos en un enredo de piernas y brazos. El aire olía a sexo, a sudor y chelas derramadas. Respirábamos pesado, corazones latiendo al unísono. María me besó suave, "Gracias por este trío con lesbianas casero, Ana. Eres la mejor anfitriona". Luisa rio, acariciándome la panza. Siento el cuerpo liviano, como si flotara, pensé. Nos levantamos despacio, nos dimos una ducha rápida juntas, jabón resbalando por curvas, risas y besos juguetones.

Después, envueltas en toallas, nos echamos en mi cama king size. Hablamos de todo y nada, planeando la próxima. El sueño nos venció, pieles pegadas, con el calor de la noche envolviéndonos. Desperté al amanecer, con sus cuerpos acurrucados contra el mío, un aroma residual de placer en las sábanas. Neta, ese trío con lesbianas casero cambió todo. Ya no hay vuelta atrás; soy adicta a esta libertad, a este fuego compartido.

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