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Variolink Esthetic Try In la Pasión Dental

6980 palabras

Variolink Esthetic Try In la Pasión Dental

Entré al consultorio dental en Polanco, con el corazón latiéndome a mil por hora. No era solo por el nerviosismo de la cita, sino porque el doctor Alejandro siempre me ponía la piel chinita. Era un tipo alto, moreno, con esa sonrisa perfecta que mostraba dientes blanqueados a la perfección, y ojos cafés que te desnudaban con una mirada. Neta, cada vez que venía por mis carillas, terminaba fantaseando con él, pensé mientras me sentaba en la silla reclinable, oliendo ese aroma a mentol y desinfectante que flotaba en el aire.

"¡Órale, Ana! ¿Lista para la prueba de la Variolink Esthetic Try In?", dijo él con esa voz grave y juguetona, ajustándose los guantes de látex. Su bata blanca se ceñía a sus hombros anchos, y yo no pude evitar recorrerlo con la mirada. Asentí, abriendo la boca mientras él preparaba el material. La luz del foco se encendía sobre mi rostro, cálida y cegadora, y sentí el roce fresco de sus dedos enguantados en mi mejilla.

Él aplicó la pasta translúcida de la Variolink Esthetic sobre las carillas provisionales, ese gel viscoso y ligeramente dulce que se adhería a mis dientes. "A ver, prueba cómo se siente, mami. Muévela con la lengua", murmuró, acercando su rostro al mío. Su aliento mentolado me rozó los labios, y el sabor en mi boca era una mezcla rara: fresco, químico, pero extrañamente excitante. Lamí despacio, sintiendo la textura suave deslizándose, y mis ojos se clavaron en los suyos. ¿Por qué carajos me estaba mojando con esto?

La tensión empezó a crecer desde ese momento. Él ajustaba la carilla con un instrumento delgado, tocando mis encías con precisión, y cada roce enviaba chispas por mi espina. "Perfecto, se ve estético a toda madre", comentó, pero su voz tenía un ronquido bajo, como si estuviera conteniendo algo. Yo cerré los ojos, imaginando esos dedos sin guantes, explorando más abajo, en mi piel desnuda. El consultorio estaba en silencio, solo el zumbido del aspirador y nuestros respiraciones aceleradas.

Al terminar la prueba, él quitó las carillas con cuidado, limpiando mi boca con una gasa que olía a alcohol. "Todo bien, ¿verdad? ¿Se sintió cómoda?", preguntó, quitándose los guantes y lavándose las manos en el lavabo. El agua corría con un chorro constante, y yo me incorporé un poco, sintiendo mis pezones endurecidos contra la blusa. "Más que cómoda, doctor. Me encantó cómo lo manejaste", respondí con un guiño, usando mi tono más coqueto mexicano, de esos que usamos en las fiestas para calentar el ambiente.

Él se rio, una carcajada profunda que vibró en mi pecho. "Llámame Alex, güey. Fuera de horario, no soy tan formal". Miró su reloj: eran las siete de la noche, el personal ya se había ido. "¿Quieres que celebremos con un cafecito? Tengo espresso aquí atrás". Asentí, y él cerró la puerta del consultorio con llave, el clic metálico rompiendo el silencio como una promesa.

¿Qué pedo? ¿Esto va a pasar de verdad? Mi pulso latía en mis sienes, y entre las piernas sentía ese calor húmedo creciendo.

En la salita contigua, con sillón de cuero negro y vista a las luces de Reforma, nos sentamos cerca. El café humeaba, aroma intenso a granos tostados mezclándose con su colonia amaderada. Hablamos de todo: de la vida en la CDMX, de lo chido que era su trabajo restaurando sonrisas, y de cómo la Variolink Esthetic Try In era su favorita por lo precisa que quedaba en la boca. Yo lo provocaba, lamiendo el borde de mi taza despacio, recordándole el sabor de la pasta en mis dientes.

"Sabes, Ana, desde la primera vez que viniste, me diste unas vibras cabronas", confesó, su mano rozando mi rodilla. El tacto era eléctrico, piel contra piel porque mi falda se había subido. "Yo igual, Alex. Cada cita es como un juego de seducción con instrumental", reí, y me incliné para besarlo. Sus labios eran suaves, cálidos, saboreando a café y deseo. La lengua se enredó con la mía, explorando como si estuviera probando una nueva restauración.

Las manos subieron por mis muslos, fuertes y seguras, mientras yo desabotonaba su bata. Debajo traía camisa ajustada, marcando pectorales duros. Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas, sintiendo su verga endureciéndose contra mi panocha a través de la tela. "Qué rica estás, pinche diosa", gruñó, manoseando mis chichis por encima de la blusa. El cuero del sillón crujía bajo nosotros, y el aire se llenaba del olor a sexo incipiente: sudor salado, lubricación dulce.

Me quité la blusa con prisa, dejando ver mi brasier de encaje negro. Él lo bajó de un jalón, chupando mis pezones con hambre, la barba incipiente raspando mi piel sensible. Gemí bajito, órale, qué chingón, arqueando la espalda. Mis manos bajaron a su cinturón, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La piel era aterciopelada al tacto, caliente como hierro forjado. La apreté, masturbándolo despacio, oyendo sus jadeos roncos.

"Quiero probarte como la Variolink en tus dientes", susurró, volteándome y arrodillándose. Separó mis piernas, lamiendo mi conchita con lengua experta, saboreando mis jugos. El placer era intenso: succiones en mi clítoris, dedos curvándose dentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El consultorio olía a mí, a excitación femenina, y mis uñas se clavaban en sus hombros. "¡No pares, cabrón! ¡Así!", grité, las caderas moviéndose solas.

La tensión subía como fiebre, mis músculos temblando, el sudor perlando mi frente. Él se levantó, penetrándome de un empujón lento, llenándome por completo. Era perfecto, como una restauración exacta. Nos movimos en ritmo, piel chocando con palmadas húmedas, sus bolas golpeando mi culo. Yo lo cabalgaba ahora, arriba, controlando el paso, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Sus manos en mis nalgas, amasando, un dedo rozando mi ano para más placer.

"¡Me vengo, Ana! ¡Júrate!", rugió, y yo exploté primero, el orgasmo rompiéndome en olas: contracciones fuertes, grito ahogado, visión borrosa. Él se corrió adentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo convulsionando contra el mío. Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas, el semen goteando por mis muslos.

Después, en afterglow, nos recostamos en el sillón, desnudos y satisfechos. Él me acariciaba el pelo, besando mi frente. "Esto fue mejor que cualquier try-in", bromeó, y yo reí, sintiendo una paz chida en el pecho. La ciudad brillaba afuera, pero aquí dentro, habíamos creado nuestro propio mundo de placer consensual, de sonrisas perfectas y cuerpos unidos.

Mañoso, pero qué rico. Volveré por más "pruebas".

Nos vestimos despacio, robándonos besos, prometiendo repetir sin citas dentales de por medio. Salí del consultorio con piernas flojas, sonrisa nueva y el sabor de él en la boca, lista para la noche mexicana que apenas empezaba.

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