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El Bach Trio Desnudo

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El Bach Trio Desnudo

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi departamento en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire se sintiera pesado, cargado de promesas. Yo, Ana, violinista de veintiocho años, ajustaba mi Stradivarius con dedos temblorosos mientras Carlos, mi novio el chelista, afinaba su instrumento con esa concentración que siempre me ponía la piel de gallina. Frente a nosotros, Luis, el flautista, soplaba suavemente para calentar, sus labios carnosos moviéndose sobre la boquilla como si ya estuviera besando algo más íntimo. Habíamos quedado para ensayar el Bach Trio Sonata en sol mayor, BWV 1038, esa pieza barroca que fluye como un río de notas precisas y apasionadas. Neta, qué chido era tocarla juntos por primera vez.

¿Por qué carajos invité a Luis? me preguntaba en mi cabeza mientras lo veía inclinar la cabeza, su cabello negro cayendo sobre la frente. Carlos y yo llevábamos un año juntos, y nuestra química en la cama era explosiva, pero en la música siempre nos faltaba ese tercer aliento. Luis era el wey perfecto: talentoso, guapo, con ojos que te desnudaban sin esfuerzo. "Órale, Ana, ¿listos pa'l desmadre musical?" dijo Luis con esa sonrisa pícara, y Carlos soltó una carcajada, palmeándole la espalda. El ambiente olía a café recién hecho y a la colonia fresca de ellos dos, un mix que me hacía cosquillas en la nariz y algo más abajo.

Si supieran lo que me provoca verlos así, concentrados, con las manos listas para volar sobre las cuerdas y el aire...

Empezamos con el allegro. Mis dedos bailaban sobre las cuerdas, el violín cantando agudo y dulce contra el bajo profundo del cello de Carlos y el susurro sedoso de la flauta de Luis. El sonido llenaba la sala, vibrando en mis pechos, haciendo que mi blusa de algodón se pegara un poco al sudor que empezaba a brotar. Cada frase musical era un roce invisible: el cello gemía grave, como el ronroneo de Carlos cuando me penetraba lento; la flauta susurraba juguetona, evocando labios explorando mi piel. Perdí una nota en el desarrollo, y todos nos reímos. "¡Pendeja, Ana, concéntrate!" bromeó Carlos, pero su mano rozó mi muslo al inclinarse para verme la partitura. Ese toque fue eléctrico, un chispazo que me humedeció de golpe.

Paramos para un trago de vino tinto, el líquido rojo y espeso deslizándose por mi garganta como sangre caliente. Nos sentamos en el sofá mullido, instrumentos a un lado, piernas rozándose sin querer. Luis contó una anécdota de un concierto en el Palacio de Bellas Artes donde casi se le cae la flauta por los nervios. "Imagínate, wey, tocando Bach con la verga parada", soltó de broma, y Carlos se dobló de risa, dándole un codazo. Yo me sonrojé, pero entre mis piernas ya sentía ese pulso insistente. ¿Y si...? No, neta, eso sería demasiado loco. Pero el vino aflojaba lenguas y cuerpos. Carlos me jaló a su regazo, besándome el cuello con olor a tabaco y deseo. "Estás caliente, mi amor", murmuró, y Luis nos miró con ojos brillantes, sin apartar la vista.

Volvimos al ensayo, pero el aire había cambiado. Tocábamos el andante ahora, más lento, íntimo. Las notas se entretejían como caricias. Sentí la mano de Carlos en mi cintura, guiándome el arco con gentileza. Luis se acercó, ajustando mi postura: sus dedos en mi hombro, bajando apenas a mi espalda. "Así, Ana, deja que fluya", susurró, su aliento cálido en mi oreja oliendo a vino dulce. Mi corazón latía al ritmo del laúd imaginario de Bach, y entre mis muslos, la humedad crecía, empapando mis panties de encaje. Perdí el compás otra vez. "Ya valió, no puedo con tanta... inspiración", confesé riendo nerviosa. Carlos dejó el cello y me besó profundo, lengua invadiendo mi boca con sabor a moras del vino. Luis no se movió, pero su flauta descansaba floja en su regazo, abultado el pantalón.

El preludio al caos empezó sin palabras. Carlos me quitó la blusa, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco, pezones endurecidos como perlas. "Qué chingonas estás", gruñó, chupando uno mientras Luis se acercaba por detrás, besando mi nuca. Sus manos expertas desabrocharon mi brasier, y gemí cuando sus labios rozaron mi piel salada de sudor. Olía a nosotros tres: sudor limpio, vino, y ese aroma almizclado de excitación que llena el aire como niebla. Me voltearon entre ellos, un Bach Trio de cuerpos ahora. Carlos bajó mis jeans, exponiendo mi culo redondo, y Luis lamió mi ombligo, bajando lento hasta mi chochito palpitante.

¡Dios, dos lenguas, dos bocas, esto es mejor que cualquier sonata!

Caímos al piso sobre la alfombra persa suave, instrumentos olvidados testigos mudos. Carlos se desnudó primero, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista, oliendo a hombre puro. La tomé en mi mano, piel aterciopelada caliente, y la chupé con hambre, saboreando el precum salado como néctar. Luis se quitó la ropa, su pinga más larga, curva perfecta, y la froté contra mi mejilla mientras Carlos me comía la panocha, lengua girando en mi clítoris hinchado. "¡Ay, wey, qué rico!" grité, arqueándome. El sonido de succiones húmedas se mezclaba con nuestros jadeos, ecos del allegro que habíamos tocado. Luis metió dos dedos en mí, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas, mientras Carlos me besaba, compartiendo mi sabor en su boca.

La tensión subía como el crescendo del presto final. Me puse de rodillas, verga de Carlos en mi boca profunda, garganta acomodándose a su grosor, mientras Luis me penetraba por atrás, lento al principio. Su punta abriendo mi concha empapada, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Neta, estás bien chida, Ana!" jadeó Luis, embistiendo rítmico, sus bolas chocando contra mi clítoris. Carlos gemía, follando mi boca con cuidado, manos en mi pelo. Cambiamos: yo encima de Carlos, su verga llenándome hasta el fondo, paredes internas apretándolo como guante. Luis se acercó, y lo guie a mi boca, saboreando su esencia diferente, más dulce. El roce de sus cuerpos contra el mío era fuego: piel sudada resbalando, músculos tensos, el olor intenso de sexo llenando la habitación como incienso pagano.

El clímax llegó en oleadas barrocas. Carlos me clavaba desde abajo, golpeando mi G perfecto, mientras lamía las tetas de Luis que yo chupaba. "¡Me vengo, cabrones!" anuncié, y exploté, concha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por la verga de Carlos. Él rugió, llenándome con chorros calientes, semen espeso mezclándose con mi crema. Luis se corrió en mi boca, leche salada y abundante que tragué ansiosa, lamiendo cada gota. Nos derrumbamos en un enredo de limbs, pechos agitados, piel pegajosa brillando bajo la luz menguante.

El afterglow fue puro Bach: suave, reflexivo. Yacíamos en silencio, dedos trazando patrones perezosos en piel ajena. Carlos me besó la frente, "Eres nuestra musa, amor". Luis sonrió, "El mejor Bach Trio de mi vida". Reí bajito, el cuerpo aún zumbando de réplicas placenteras. Afuera, la ciudad bullía con cláxones y risas, pero adentro, habíamos compuesto nuestra propia sinfonía. ¿Repetimos ensayo mañana? pensé, sabiendo que la música y el deseo se habían fundido para siempre en nosotros tres.

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