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El Amazing Trío

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El Amazing Trío

La brisa salada de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras caminaba por la playa al atardecer. El sol se hundía en el Pacífico como una bola de fuego, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas. Yo, Sofia, acababa de llegar a esta villa rentada con mis dos mejores amigos, Carla y Marco. Habíamos planeado un fin de semana de relax, pero desde que nos vimos en el aeropuerto de Guadalajara, el aire entre nosotros chispeaba con algo más que amistad. Carla, con su melena negra ondulada y curvas que volvían loco a cualquiera, me había guiñado un ojo al subir al taxi. Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara y músculos marcados por horas en el gym, no dejaba de rozarme el brazo "por accidente". Neta, ¿qué pedo con esta tensión? pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

La villa era un paraíso: piscina infinita con vista al mar, palmeras susurrando con el viento y el olor a coco de las velas que Carla encendió en la terraza. Nos cambiamos a trajes de baño. Yo elegí un bikini rojo que me hacía sentir como una diosa. Carla, en verde esmeralda, se veía como una sirena traviesa. Marco, en shorts ajustados, dejó poco a la imaginación. Cenamos tacos de mariscos preparados por el chef local, con salsa picante que nos hacía jadear y reír. "¡Órale, estos tacos están de lujo!", exclamó Marco, pasándome una cerveza fría. Sus dedos rozaron los míos, y un calor subió por mi brazo directo al centro de mi cuerpo.

Después de la cena, nos metimos a la piscina. El agua tibia nos envolvió como un abrazo líquido, salpicaduras y risas llenando la noche. Carla se acercó nadando, su cuerpo rozando el mío bajo el agua. "Sofi, ¿has pensado en lo que platicamos en el chat?", murmuró cerca de mi oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta. Recordé esas mensajes juguetones sobre fantasías compartidas, sobre probar algo nuevo juntos. Marco se unió, su pecho ancho presionando mi espalda. "Sí, carnala, ¿por qué no hacemos realidad ese amazing trío que tanto mencionamos?", dijo con voz ronca, sus manos grandes posándose en mis caderas.

¿De veras vamos a hacer esto? Mi corazón late como tambor en fiesta patronal. Pero se siente tan chido, tan natural. Quiero sentirlos, probarlos.

El deseo se encendió como fogata en la playa. Salimos de la piscina, gotas resbalando por nuestra piel brillando bajo las luces tenues. Carla me besó primero, sus labios suaves y jugosos como mango maduro, lengua danzando con la mía en un ritmo lento que me erizó la piel. Sabía a sal y tequila, un sabor adictivo. Marco observaba, su mirada ardiente como chile habanero, antes de unirse. Sus labios capturaron mi cuello, mordisqueando suave mientras sus manos exploraban mis pechos por encima del bikini. "Eres tan rica, Sofi", gruñó, y yo gemí bajito, el sonido ahogado por la boca de Carla.

Nos dirigimos a la habitación principal, alfombra suave bajo pies húmedos, sábanas de algodón egipcio crujiendo al tumbarnos. El aire olía a jazmín del jardín y a nuestra excitación creciente, ese aroma almizclado que acelera el pulso. Carla desató mi bikini con dedos hábiles, exponiendo mis senos al fresco de la noche. Sus pezones duros rozaron los míos mientras se inclinaba, lamiendo uno con lengua experta. "Mmm, qué delicia", susurró, y el placer eléctrico me arqueó la espalda. Marco se quitó los shorts, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La tomé en mi mano, piel aterciopelada caliente como hierro al rojo, y él jadeó: "¡Chin... qué buena mano tienes!".

La tensión subía como marea alta. Yo me arrodillé entre ellos, besando el vientre plano de Carla mientras Marco me penetraba con dedos juguetones, encontrando mi clítoris hinchado. "Estás chorreando, mi amor", dijo él, y yo asentí, perdida en sensaciones. El sabor salado de la piel de Carla en mi lengua, el roce áspero de la barba de Marco en mis muslos. Intercambiamos posiciones fluidas, como baile sincronizado. Carla montó mi rostro, su coño depilado rozando mis labios, jugos dulces como piña colada fluyendo en mi boca. Lamí con hambre, sintiendo sus temblores, sus gemidos agudos: "¡Sí, así, pinche Sofi, no pares!". Marco me follaba desde atrás, su verga llenándome centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Cada embestida era un choque de cuerpos húmedos, palmadas de carne contra carne, el slap-slap ecoando en la habitación.

Esto es el cielo, neta. Sus cuerpos contra el mío, sudores mezclándose, alientos entrecortados. Nunca sentí tanto poder, tanta conexión.

Marco se retiró un momento, y Carla y yo nos volvimos hacia él. Lo besamos juntas, lenguas entrelazadas alrededor de su miembro, saboreando su pre-semen salado. Él gruñía como animal en celo, manos enredadas en nuestro cabello. "Son increíbles, mis reinas". Luego, el clímax se acercaba. Me tendí, piernas abiertas, invitándolos. Carla se sentó en mi cara de nuevo, mientras Marco entraba en mí con fuerza renovada. Sus caderas chocaban rítmicamente, el roce interno me volvía loca, ondas de placer subiendo desde mi núcleo. Carla se frotaba contra mi lengua, sus muslos temblando, y de pronto gritó: "¡Me vengo, cabrones!", su cuerpo convulsionando, jugos inundándome.

Eso me empujó al borde. Marco aceleró, su verga hinchándose dentro, y yo exploté en un orgasmo que me cegó. Estrellas detrás de párpados cerrados, músculos contrayéndose en espasmos, un grito gutural escapando de mi garganta. "¡Sí, fóllame más!", exigí, y él obedeció hasta derramarse dentro, chorros calientes llenándome, su rugido primal vibrando en el aire. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, pechos agitados, risas ahogadas mezcladas con suspiros.

En el afterglow, yacíamos bajo sábanas revueltas, el ventilador zumbando suave, trayendo olores a sexo y mar. Carla trazaba círculos en mi vientre, Marco besaba mi hombro. "Ese fue nuestro amazing trío", dijo ella con voz soñolienta, y todos reímos bajito. Sentí una paz profunda, como después de tormenta perfecta. No era solo sexo; era confianza, amor compartido en su forma más pura. Afuera, las olas susurraban promesas de más noches así.

Al amanecer, con café humeante en la terraza, nos miramos con complicidad. "Repetimos hoy, ¿no?", propuse pícaramente. Marco guiñó: "Obvio, mi vida. Somos el mejor equipo". Y supe que este viaje había cambiado todo para bien, un lazo más fuerte, un secreto ardiente que nos unía para siempre.

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