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El Fuego de los Tríos Bisexuales Amateur

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El Fuego de los Tríos Bisexuales Amateur

La noche en nuestro depa de la Condesa estaba cargada de ese calor pegajoso que solo el DF sabe dar en verano. Marco y yo, Ana, llevábamos semanas coqueteando con la idea en la cama, susurrándonos fantasías mientras nos revolcábamos entre sábanas revueltas. ¿Y si probamos algo más? me decía él, con esa voz ronca que me eriza la piel. Yo, con el corazón latiéndome como tamborazo, asentía, imaginando manos extras, bocas hambrientas. Esa noche, llamamos a Luis, el carnal de Marco, un wey alto, moreno, con tatuajes que se veían chidos bajo su camiseta ajustada. Todos éramos amateurs en esto de los tríos bisexuales amateur, pero la neta, la curiosidad nos picaba como chile en la lengua.

Nos sentamos en el sillón de cuero negro, con chelas frías sudando en la mesita. El aire olía a jazmín del balcón y a algo más primitivo, como anticipación. Luis llegó con su sonrisa pícara, oliendo a colonia barata mezclada con sudor fresco.

¿De veras van en serio, carnales? No quiero que se arrepientan después
, soltó mientras se quitaba la playera, revelando un pecho lampiño y definido. Marco lo miró de reojo, y yo vi ese brillo en sus ojos, esa hambre que no había notado antes. Mi panocha ya palpitaba, húmeda solo de pensarlo.

Empecé yo, para romper el hielo. Me acerqué a Marco, le comí la boca con un beso profundo, lengua danzando como en salsa. Sus manos grandes me amasaron las nalgas por encima del shortcito de mezclilla. Luis observaba, su respiración pesada llenando el cuarto. Órale, qué chingón, murmuró. Lo jalé hacia nosotros, y ahí empezó la magia. Sus labios rozaron mi cuello, áspero barba contra mi piel suave, enviando chispas hasta mis pezones duros como piedras. Olía a hombre, a testosterona pura, y yo gemí bajito, sintiendo el calor de sus cuerpos presionándome.

Nos fuimos al cuarto, la cama king size esperándonos como altar pagano. Luces tenues del neón de la calle pintaban sombras en las paredes. Me quité la blusa despacio, dejando que vieran mis tetas medianas pero firmes, pezones morenos erectos. Marco se bajó el pantalón, su verga ya tiesa, gruesa, venosa, apuntando al techo. Luis lo miró fijo, y en lugar de celos, vi deseo.

Mira nomás qué pedazo de pito tiene tu jefa, wey
, le dijo a Marco, y sin más, se arrodilló frente a él. Yo observé hipnotizada cómo Luis abría la boca y se la chupaba, lento al principio, lengua lamiendo el glande como si fuera mango maduro. El sonido era obsceno: chup chup, saliva mezclada con precum, y Marco jadeando, ¡Pinche rico, carnal!

Me uní, arrodillándome al lado. Mi mano acarició las bolas pesadas de Marco mientras Luis mamaba, y luego nos turnamos. Su verga era más larga, curva, con un sabor salado que me hizo salivar. La chupé profundo, garganta apretada, mientras Marco me lamía el chochito desde atrás. Su lengua experta giraba en mi clítoris hinchado, succionando jugos que sabía a miel dulce y salada. Olía a sexo puro, ese aroma almizclado que inunda el aire. Luis gemía contra mi piel, sus dedos metiéndose en mí, curvándose para tocar ese punto que me hace arquear la espalda. Neta, nunca imaginé que dos vergas me pondrían tan caliente, pensé, mientras el placer subía como ola.

La tensión crecía, cuerpos sudados resbalando uno contra otro. Pusimos a Luis boca arriba, yo montándolo despacio, sintiendo cómo su pito me abría, llenándome hasta el fondo. Cada embestida era un plaf húmedo, mis tetas rebotando, sudor goteando en su pecho. Marco se posicionó atrás de mí, untando lubricante fresco y resbaloso en mi ano.

¿Estás lista, mi amor? Vamos despacio
, susurró en mi oído, mordisqueándome el lóbulo. Asentí, temblando de anticipación. Su verga entró poquito a poquito, estirándome delicioso, dolor placentero que se volvía éxtasis. Ahora tenía dos dentro, moviéndose en ritmo alterno: cuando uno salía, el otro entraba. Gritos míos llenaban el cuarto, ¡Ay, cabrones, qué rico! ¡No paren! Sus pelvis chocaban contra mis nalgas, piel contra piel, calor infernal.

Pero querían más, esa vibra bi que nos volvía locos. Cambiamos: Marco se acostó, yo encima cabalgándolo vaginal, y Luis se acercó a su cara. Marco lo mamó sin titubear, ojos cerrados en puro gozo, mientras yo besaba a Luis, probando el sabor de mi hombre en su lengua. El cuarto apestaba a sudor, semen y pussy jugo, sonidos de succiones y gemidos como sinfonía sucia. Luis se corrió primero, chorros calientes en la boca de Marco, quien tragó con gruñido animal. Eso me mandó al borde: mi orgasmo explotó, paredes internas apretando la verga de Marco, jugos chorreando por sus bolas.

Él no tardó, bombeando dentro de mí con rugidos, llenándome de leche tibia que se escurría. Nos quedamos así, enredados, pulsos latiendo al unísono. Luis me besó suave, Gracias por esto, Ana, neta fue chido. Marco nos abrazó a ambos, su mano acariciando la verga flácida de Luis, juguetona.

Después, en la afterglow, nos bañamos juntos bajo la regadera caliente, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Agua cayendo como lluvia tropical, lavando el sudor pero no el recuerdo. Secos, envueltos en toallas, nos echamos en la cama con pizzas de la esquina, riéndonos de lo torpes que fuimos al principio.

¿Repetimos pronto, carnales? Esto de los tríos bisexuales amateur nos caló hondo
, propuso Luis, y Marco y yo nos miramos, sonrisas cómplices. Esa noche cambió todo: descubrí que el placer no tiene límites cuando hay confianza y deseo puro. Mi cuerpo aún hormigueaba, piel sensible al roce de las sábanas, y en mi mente, ya planeaba la próxima aventura. El fuego ardía, listo para más.

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