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Mi Esposa Cogiendo en Trio con Dos Verdes

6399 palabras

Mi Esposa Cogiendo en Trio con Dos Verdes

Todo empezó en esa playa de Cancún, con el sol quemando la arena blanca y el mar Caribe lamiendo las olas como un amante ansioso. Yo, Marco, llevaba casado con Lupe cinco años, y nuestra vida sexual siempre había sido chida, pero últimamente sentíamos que faltaba algo, un fuego más intenso. Lupe, con su piel morena brillante por el aceite bronceador, sus curvas que volvían loco a cualquier pendejo, me miró con esos ojos cafés que prometían travesuras.

¿Y si probamos algo nuevo, amor? me dijo mientras se recostaba en la tumbona, su bikini rojo apenas conteniendo sus tetas firmes. Un trío, ¿neta? Quiero sentirme deseada por dos machos a la vez.

Mi verga se endureció al instante solo de imaginarlo. No era celos lo que sentía, sino una excitación cabrona, como si ver a mi esposa cogiendo en trío fuera el pinche sueño americano del placer. Recordé a Raúl, mi carnal de la prepa, un tipo alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que siempre había envidiado. Lo invité esa misma noche a nuestra suite en el hotel, un lugar de lujo con jacuzzi y vista al mar.

La tensión crecía mientras esperábamos. Lupe se duchó, saliendo envuelta en una toalla que olía a coco y jazmín. Su cabello negro mojado caía en cascada sobre sus hombros. Yo la besé, sintiendo el calor de su piel fresca contra mi pecho. Esto va a estar de poca madre, pensé, mi pulso acelerado como tambor de mariachi.

Raúl llegó puntual, con una botella de tequila reposado y esa mirada de ya me la voy a chingar. Nos sentamos en el balcón, el viento salado trayendo risas y anécdotas. Lupe coqueteaba, cruzando las piernas para que su muslo rozara el de Raúl. Cuéntenme, ¿siempre han sido tan cabrones? preguntaba, su voz ronca por la anticipación.

El tequila fluía, calentando nuestras venas. Mi mano en la rodilla de Lupe, la de él en su espalda. El aire se cargaba de electricidad, el sonido de las olas rompiendo como un latido compartido.

Entramos al cuarto, las luces tenues pintando sombras en las paredes blancas. Lupe se paró en medio, soltando la toalla. Dios mío, su cuerpo desnudo era una obra de arte: pechos redondos con pezones oscuros endurecidos, cintura estrecha fluyendo a caderas anchas, y esa panocha depilada que brillaba de humedad. Olía a deseo puro, a mujer lista para ser devorada.

Quiero ver a mi esposa cogiendo en trío, quiero que se vuelva loca de placer, pensé, mi verga palpitando en los boxers.

Raúl y yo nos desvestimos rápido. Él era puro músculo, su verga gruesa y venosa ya tiesa apuntando al cielo. Lupe se arrodilló entre nosotros, sus manos suaves envolviéndonos. Mmm, qué ricas vergas tienen mis hombres, murmuró, lamiendo la mía primero, su lengua caliente y húmeda trazando venas, saboreando el precum salado. El sonido de succión era obsceno, slurp slurp, mezclado con mis gemidos.

Pasó a Raúl, chupándola profundo, sus mejillas hundiéndose. Yo la veía, mi mano en su cabello, guiándola. El olor a sexo empezaba a llenar la habitación, almizcle y sudor fresco. Lupe nos masturbaba alternando, sus tetas rebotando con cada movimiento.

La levantamos a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo su peso. Raúl se acostó primero, Lupe montándolo en reversa. Su panocha se abrió como una flor carnosa, tragándose esa verga gruesa centímetro a centímetro. ¡Ay, cabrón, qué grande! gritó ella, su voz entrecortada. El sonido de carne contra carne, plaf plaf, y el jugo chorreando por los huevos de Raúl.

Yo me posicioné frente a ella, mi verga en su boca. Lupe mamaba con hambre, sus ojos conectados a los míos mientras rebotaba. Sentía su saliva tibia goteando, su garganta apretándome. Esto es el paraíso, mi esposa cogiendo en trío como diosa.

Cambiámos posiciones. La puse a cuatro patas, yo embistiéndola por atrás, mi verga hundida en su calor resbaladizo. Olía a su excitación, dulce y salada. Raúl debajo, lamiéndole las tetas, chupando pezones hasta dejarlos rojos. Lupe gemía sin control: ¡Sí, chinguenme los dos, no paren, pendejos!

El sudor nos unía, pieles resbalosas chocando. Mis manos en sus nalgas firmes, azotándolas suave, dejando marcas rosadas. Raúl se movió, su verga rozando la mía al entrar en su boca de nuevo. La tensión subía, sus paredes vaginales contrayéndose alrededor de mí, ordeñándome.

La habitación era un torbellino de sentidos: el sabor salado de su piel en mi lengua, el aroma embriagador de tres cuerpos en éxtasis, los jadeos roncos mezclados con el zumbido del aire acondicionado.

La volteamos, Lupe encima de mí ahora, cabalgándome con furia. Sus caderas girando, panocha apretada succionándome. Raúl detrás, lubricando su ano con saliva y jugos. ¿Quieres mi culo también, amor? le pregunté. Ella asintió, mordiéndose el labio: Sí, métansela los dos, háganme suya.

Raúl entró despacio, su verga abriéndose paso en ese agujero virgen para él. Lupe aulló de placer-dolor, sus uñas clavándose en mi pecho. Estábamos sellados, yo en su coño, él en su culo, moviéndonos en ritmo sincronizado. Sentía su verga a través de la delgada pared, frotándonos mutuamente. Qué chingón, mi esposa cogiendo en trío como nunca.

Los gemidos se volvieron gritos. Lupe temblaba, su orgasmo acercándose como tormenta. ¡Me vengo, cabrones, no paren! Su panocha se convulsionó, chorros calientes empapándonos. Yo no aguanté, explotando dentro de ella, semen caliente llenándola. Raúl gruñó, descargando en su culo, el exceso goteando.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas. El cuarto olía a sexo crudo, a satisfacción profunda. Lupe entre nosotros, besándonos alternadamente, su piel pegajosa y tibia.

Esto nos cambió para siempre, pensé mientras la abrazaba. No hubo celos, solo conexión más fuerte. Raúl se quedó un rato, charlando pendejadas, pero sabíamos que esto era nuestro secreto ardiente.

Al día siguiente, en la playa, Lupe me susurró: ¿Repetimos pronto? Sonreí, mi verga despertando de nuevo. La esposa cogiendo en trío había despertado a la bestia en nosotros, y qué chido se sentía.

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