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Prueba Ahora Mi Fuego Oculto

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Prueba Ahora Mi Fuego Oculto

La noche en Polanco estaba viva, con ese rumble de la ciudad que te hace sentir invencible. Las luces de neón parpadeaban sobre las banquetas llenas de gente guapa, riendo y coqueteando como si el mundo se acabara mañana. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa, entré al bar con el corazón latiéndome fuerte. Hacía calor, ese bochornoso que te pega en la piel y te hace sudar de anticipación. Olía a tequila reposado, a perfume caro y a algo más primitivo: deseo crudo.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con ojos que te desnudan sin piedad. Se llamaba Marco, un wey de esos que parecen salidos de una novela de Corín Tellado pero con esteroides. Me miró desde la barra, y su sonrisa fue como un rayo directo a mi entrepierna. Órale, este pendejo sabe lo que quiere, pensé mientras me acercaba, contoneando las caderas. Pedí un margarita helado, el vaso sudando como yo ya empezaba a hacerlo.

—¿Qué onda, preciosa? —me dijo con esa voz ronca que vibra en el pecho.

—Poca onda, pero mucha tela pa cortar —le contesté, guiñándole el ojo. Hablamos de pendejadas: el pinche tráfico de Reforma, la neta del último partido del América, pero debajo de todo eso, la tensión crecía como una tormenta. Sus dedos rozaron los míos al pasarme el salero, y sentí un chispazo que me erizó la piel. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese aroma que te hace mojar sin permiso.

¿Y si lo invito? ¿Y si le digo que pruebe ahora lo que llevo meses fantaseando?

La idea me quemaba por dentro. Hacía tiempo que no me soltaba así, que no dejaba que un hombre me explorara como se debe. Mi ex era un flojo, pero Marco... este wey prometía fuego.

—¿Vienes conmigo? —le susurré al oído, mi aliento caliente contra su oreja. Él asintió, pagó la cuenta de un jalón y salimos a la calle. El taxi olía a cuero viejo y a la promesa de lo que vendría. En el camino, su mano subió por mi muslo, lento, torturándome. Sentí sus dedos ásperos contra mi piel suave, subiendo hasta el borde de mis panties de encaje. No pares, cabrón, gemí en silencio mientras el pulso me latía en la concha.

Llegamos a mi depa en la Condesa, un lugar chido con balcón que da a los árboles y al bullicio lejano. Cerré la puerta y lo empujé contra la pared, besándolo con hambre. Sus labios eran firmes, con sabor a tequila y menta. Nuestras lenguas bailaron, chupándose, mordiéndose. Le arranqué la camisa, sintiendo el calor de su pecho ancho bajo mis uñas. Él me levantó como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo mientras me llevaba a la recámara.

La cama king size nos esperaba, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me tiró sobre ella y se quitó el pantalón, revelando esa verga gruesa, tiesa, palpitando para mí. Qué chingonería, pensé, lamiéndome los labios. Se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas con manos expertas.

—Déjame probarte primero —gruñó, su aliento caliente sobre mi panocha ya empapada.

Su lengua fue como un relámpago. Lamía despacio al principio, saboreando mis jugos salados, chupando mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, arqueando la espalda, mis manos enredadas en su pelo negro. El sonido de su succión era obsceno, chapoteante, mezclado con mis jadeos. ¡Sí, así, wey! No pares. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. El olor de mi excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce.

Pero yo quería más. Quería control. Me incorporé, empujándolo boca arriba.

—Ahora prueba ahora —le dije, montándome sobre su cara. Bajé despacio, frotando mi concha húmeda contra su boca. Él la devoró como un hambriento, su nariz rozando mi clítoris mientras su lengua follaba mi entrada. Sentí su verga dura contra mi nalga, goteando precum caliente. El sudor nos pegaba, piel contra piel resbaladiza. Mis tetas rebotaban con cada movimiento, pezones duros como piedras.

La tensión subía, pero no quería correrme aún. Bajé por su cuerpo, besando su abdomen marcado, lamiendo el rastro de vello hasta su verga. La tomé en mi mano, sintiendo las venas pulsantes, el calor abrasador. La chupé despacio, saboreando el salado de su esencia, metiéndomela hasta la garganta. Él gruñó, sus caderas embistiendo leve. Eres mío esta noche, pendejo.

Lo cabalgué entonces, guiando su verga a mi entrada. Entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Grité, el estiramiento delicioso, ardiente. Me moví lento al principio, sintiendo cada centímetro frotando mis paredes internas. El slap-slap de nuestros cuerpos era música, mezclado con sus gemidos roncos y mis chillidos agudos. Olía a sexo puro, a sudor y fluidos mezclados.

Esto es lo que necesitaba. Sentirlo profundo, poseerme sin piedad pero con consentimiento total. Prueba ahora todo lo que soy.

Aceleré, rebotando fuerte, mis nalgas chocando contra sus muslos. Él me agarró las caderas, clavando los dedos en mi carne suave, guiándome. Cambiamos: me puso a cuatro patas, embistiéndome desde atrás. Su verga golpeaba mi G-spot sin falla, sus bolas azotando mi clítoris. El placer era eléctrico, subiendo por mi espina como un tsunami.

—¡Más fuerte, Marco! ¡Cógeme como hombre! —le supliqué, empoderada en mi entrega.

Él obedeció, sudando sobre mi espalda, mordiendo mi hombro. Sentí su aliento jadeante en mi cuello, el olor de su esfuerzo masculino. Mis paredes se contraían, ordeñándolo, cerca del borde. Él metió un dedo en mi culo, lubricado con mis jugos, y eso fue el detonador.

Exploté. El orgasmo me sacudió como un terremoto, mi concha convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer escapando. Grité su nombre, el mundo volviéndose blanco. Él siguió bombeando, prolongando mi éxtasis con roces profundos. Luego, gruñó como animal, hinchándose dentro de mí y soltando chorros calientes que me llenaron, goteando por mis muslos.

Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y semen. Su corazón latía contra mi pecho, fuerte y rápido. Besé su cuello salado, sintiendo la paz post-orgásmica. La habitación olía a nosotros, a victoria compartida.

—Fue chingón, Ana —murmuró, acariciando mi pelo.

—Neta que sí. Y si quieres, prueba ahora otra vez mañana —le contesté, riendo bajito.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el eco de la ciudad afuera como banda sonora de nuestra noche. Por primera vez en meses, me sentía completa, empoderada, deseada. Y sabía que esto era solo el principio.

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