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Raz Dva Tri en la Piel Ardiente

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Raz Dva Tri en la Piel Ardiente

La noche en Playa del Carmen estaba caliente como el chile habanero, con el mar susurrando secretos al ritmo de la salsa que tronaba en los altavoces de la fiesta playera. El aire olía a sal, coco y sudor fresco, esa mezcla que te pone la piel de gallina y el corazón latiendo a mil. Yo, Karla, con mi vestido ligero de tirantes que se pegaba a mis curvas por la brisa húmeda, bailaba sola al principio, moviendo las caderas como si el mundo se acabara esa noche. Tenía veintiocho, soltera por elección, y lista para lo que viniera.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con ojos verdes que brillaban bajo las luces de neón y una sonrisa pícara que gritaba travesuras. Se llamaba Milo, un checo que andaba de mochilero por México, pero con acento que sonaba a Europa del Este. Se acercó bailando, invadiéndome el espacio personal sin pedir permiso, pero con esa confianza que te hace mojar las bragas al instante.

¡Órale, mamacita! ¿Bailas o qué? —me dijo, con voz ronca que competía con las olas.

Le seguí el rollo, riéndome. Nuestros cuerpos se rozaron en el primer giro, su mano grande en mi cintura, firme pero suave, enviando chispas por mi espina. Olía a ron y a hombre limpio, a esa colonia barata que de repente se vuelve afrodisíaco. Me enseñó un paso loco, un ritmo que repetía en su idioma: raz dva tri. Uno dos tres, pero dicho con gruñido gutural que vibraba en mi pecho.

Raz —contó, girándome despacio, su aliento caliente en mi oreja—. Dva —me jaló contra él, mi culo apretándose contra su entrepierna dura—. Tri —y spin, riendo los dos como pendejos felices.

El deseo empezó ahí, sutil como la arena que se nos metía entre los pies. Bailamos horas, sudando, bebiendo chelas frías que sabe a paraíso. Cada raz dva tri era una promesa, un roce más íntimo, su verga marcada presionando mi nalga.

Neta, wey, este pendejo me va a chingar esta noche
, pensé, con el pulso acelerado y el coño palpitando de anticipación.

La fiesta se desvaneció cuando me besó por primera vez, bajo un coco que goteaba rocío. Sus labios gruesos, ásperos por la barba incipiente, sabían a tequila y sal marina. Mi lengua exploró la suya, hambrienta, mientras sus manos subían por mis muslos, rozando el borde de mis panties húmedas. ¡Qué chingón! Gemí bajito, arqueándome contra él.

—Vamos a mi hotel —murmuró, mordiéndome el lóbulo—. No está lejos.

Asentí, tomada de la mano, caminando por la playa oscura. La luna pintaba plata en las olas, y el viento lamía mi piel expuesta. En su cuarto, un cuartito sencillo con cama king size y ventilador zumbando, el aire se cargó de electricidad. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba: cuello, pechos, ombligo. Sus labios eran fuego líquido, dejando rastros húmedos que se enfriaban al instante con el aire.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho velludo, salado, bajando hasta el botón del pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con cabeza roja brillante de precum. La olí primero, ese olor almizclado a macho excitado que me mareaba. La chupé con ganas, saboreando el gusto salado y amargo, mi lengua girando alrededor mientras él gemía ¡Joder, Karla! en su idioma mezclado con español chueco.

Pero el verdadero juego empezó en la cama. Me tumbó boca arriba, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Sus dedos juguetones trazaron mi panocha depilada, separando labios hinchados, hundiéndose en mi jugo caliente. Glup glup, el sonido obsceno de mi humedad chupada por sus dedos. Olía a sexo puro, a feromonas que llenaban la habitación.

Raz —susurró, besando mi clítoris una vez, suave como pluma.

Mi cuerpo se tensó, caderas alzándose. ¡No mames, sigue!

Dva —dos lamidas lentas, su lengua plana lamiendo de abajo arriba, saboreándome como si fuera miel de abeja.

El placer subía en espiral, mis pezones duros como piedras rozando su pelo. Gemí alto, agarrando sus mechones.

Tri —y hundió la lengua profundo, chupando mi clítoris con succión que me hizo ver estrellas.

¡Ay, wey, me vas a matar de rico!

El conteo se volvió nuestro ritual. Cada raz dva tri era una ola de intensidad: dedos dentro de mí curvándose en mi punto G, frotando hasta que squirté un chorrito tibio en sus sábanas. Él reía, lamiéndolo todo, su barba mojada brillando.

Lo volteé, queriendo control. Me subí encima, frotando mi coño resbaloso por su verga tiesa. El tacto era terciopelo sobre acero, caliente, pulsante. Lo miré a los ojos, verdes y salvajes.

Raz dva tri —dije yo ahora, guiándolo dentro de mí centímetro a centímetro.

Raz: la cabeza abriéndose paso, estirándome deliciosamente. Gemí, sintiendo cada vena rozar mis paredes.

Dva: mitad adentro, mi clítoris frotando su pubis, electricidad pura.

Tri: todo, hasta las bolas peludas contra mi culo. ¡Lleno, completo, perfecto!

Cabalgaba como loca, tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. El slap slap de piel contra piel, sus manos amasando mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón. Olía a sexo intenso, a jugos mezclados, a ron en su aliento cuando me besaba. Mis paredes lo ordeñaban, apretando rítmicamente.

Él volteó las tornas, poniéndome a cuatro patas. El espejo del clóset reflejaba todo: mi cara de puta en celo, sus abdominales contra mi espalda, verga desapareciendo en mí. ¡Míranos, Karla! Tan chingones juntos, pensó mi mente nublada.

Embestidas fuertes ahora, bed squeaking, olas del mar de fondo como banda sonora. Cada embestida un raz dva tri implícito: pull back, deeper, grind. Mi clítoris hinchado rozaba la sábana, building that pressure imposible de ignorar.

¡Me vengo, Milo! ¡Chíngame más! —grité, rompiendo en pedazos. Orgasmos como tsunami, contracciones ordeñándolo, jugos chorreando por mis muslos. Él gruñó, acelerando, piel slap más rápido, sudor volando.

Raz dva... TRI! —rugió, llenándome de leche caliente, chorros potentes que sentía salpicar dentro, desbordando y goteando.

Colapsamos, enredados, respiraciones jadeantes mezclándose con el ventilador. Su semilla tibia escurría de mí, olor almizclado pegado a la piel. Me besó la frente, suave ahora, mientras el afterglow nos envolvía como manta suave.

Esta noche fue mágica, wey. Raz dva tri, y el mundo cambió
, pensé, acurrucada en su pecho latiendo fuerte. Afuera, el mar aplaudía bajito, y yo sonreí, sabiendo que el amanecer traería más recuerdos calientes.

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