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El Trio de Lesbianas Ardientes

7055 palabras

El Trio de Lesbianas Ardientes

La noche en Puerto Vallarta estaba caliente como el infierno, con el aire cargado de sal marina y el ritmo de la cumbia retumbando desde los antros de la playa. Yo, Ana, acababa de llegar de un viaje de trabajo en la Ciudad de México, y lo único que quería era soltar el estrés con unas chelas y buena música. Llevaba un vestido ligero de tirantes que se pegaba a mi piel sudada, mis curvas mexicanas al aire, sintiendo el viento juguetón rozándome las piernas. Neta, necesitaba algo que me prendiera, pensé mientras bailaba sola en la arena.

Ahí las vi: Sofía y Carla, dos morras que parecían salidas de un sueño húmedo. Sofía, con su piel morena y el cabello negro largo hasta la cintura, movía las caderas como si el mundo se acabara esa noche. Carla, más clara, con ojos verdes que brillaban bajo las luces neón y un top que apenas contenía sus chichis perfectas. Se miraban entre ellas con esa complicidad que grita deseo, pero sus ojos se clavaron en mí como si yo fuera el ingrediente que les faltaba.

"Órale, wey, mira esa chula bailando sola",
oí que Sofía le susurró a Carla, y las dos se rieron con picardía.

Me acerqué sin pensarlo dos veces, el corazón latiéndome fuerte en el pecho. ¿Qué carajos estoy haciendo? Pero se ven tan ricas... Hablamos de tonterías: el calor agobiante, la arena que se mete por todos lados, cómo la vida en la costa es pura fiesta. Pero el aire entre nosotras se cargaba de electricidad. Sofía me rozó el brazo al pasarme una cerveza fría, y el toque fue como un chispazo. Carla se pegó a mi otro lado, su aliento con sabor a tequila rozándome el cuello. Esto va a estar chingón, me dije, sintiendo ya el calor subiendo por mis muslos.

La tensión creció cuando nos fuimos a caminar por la playa, descalzas, con las olas lamiendo nuestros pies. La luna llena iluminaba sus siluetas, el olor a mar mezclado con el perfume dulce de Sofía y el cítrico de Carla. El trio de lesbianas que se formaba en mi mente me ponía la piel de gallina. Hablamos de todo: de ex novios pendejos, de cómo las morras nos entendemos mejor, de fantasías que nunca confesamos. Sofía admitió que siempre soñó con algo así, un encuentro salvaje con dos mujeres que la volvieran loca. Carla, más directa, me miró y dijo:

"Tú nos gustas, Ana. ¿Quieres venir con nosotras a la cabaña? Neta, va a ser inolvidable."

Sí, pinche sí, respondí en mi cabeza, mientras asentía con una sonrisa coqueta. Llegamos a la cabaña que rentaban, un lugar chulo con hamacas y vista al mar. El interior olía a madera fresca y velas de coco encendidas. Nos quitamos los zapatos, y el primer beso fue de Sofía. Sus labios suaves, calientes, sabían a sal y ron. Me jaló hacia ella, su lengua explorando mi boca con hambre, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretándome las nalgas. Carla nos observaba, mordiéndose el labio, sus pezones endurecidos marcándose bajo la tela.

La cosa escaló rápido, pero con ese ritmo delicioso que te hace rogar por más. Me desabroché el vestido, dejándolo caer al piso, quedando en tanga y nada más. Sofía gimió al verme,

"Qué chingona estás, Ana, tus tetas son perfectas."
Ella se quitó el top, liberando sus pechos firmes, oscuros y con pezones como chocolate. Carla se unió, desnudándose por completo, su cuerpo atlético brillando con sudor fino. Nos besamos las tres en un enredo de lenguas y jadeos, el sonido de nuestras respiraciones agitadas llenando la habitación. Tocábamos todo: la piel suave de Sofía, áspera por el sol; los muslos firmes de Carla, que temblaban al rozarlos.

Me tumbaron en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Sofía se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslo, subiendo lento. ¡Ay, cabrona, no me hagas esperar! Su aliento caliente me erizaba el vello, y cuando su lengua tocó mi clítoris, exploté en un gemido ronco. Lamía con maestría, chupando, mordisqueando suave, el sabor salado de mi excitación en su boca. Carla se sentó en mi cara, su coño depilado rozándome los labios. Lo probé: dulce, musgoso, con ese olor a mujer en celo que me volvía loca. La lamí ansiosa, metiendo la lengua profundo, mientras ella se mecía, gimiendo

"¡Sí, así, pinche rica!"

El calor subía, nuestros cuerpos sudados pegándose. Cambiamos posiciones: yo encima de Sofía, frotando mi coño contra el suyo en un tribbing frenético, piel resbalosa chocando con sonidos húmedos. Carla nos besaba alternando, sus dedos hurgando mis nalgas, metiéndose un dedo en mi culo con lubricante que olía a vainilla. Esto es el paraíso, wey, pensé, mientras el orgasmo se acumulaba como una ola gigante. Sofía gritaba, sus uñas clavándose en mis caderas,

"¡Me vengo, cabronas, no paren!"
Su jugo caliente empapándonos a las tres.

La intensidad creció cuando sacaron un juguete: un doble dildo de silicona suave, morado y grueso. Carla lo untó con lubricante, el olor almizclado mezclándose con nuestro sudor. Me lo metieron despacio, Sofía guiándolo en mi coño mientras Carla lo tomaba por el otro lado. Nos movíamos al unísono, el placer duplicado, sintiendo cada vena del juguete estirándome. Nuestros pechos rebotaban, pezones rozándose, bocas devorándose. El cuarto apestaba a sexo puro: aroma almizclado, salado, con toques de coco de las velas. Jadeos, slap de piel, ¡chinga, qué delicia!

Carla se corrió primero, su cuerpo convulsionando, gritando

"¡Ya me vengo, hijas de su puta madre, qué rico!"
con esa voz ronca mexicana que me prendía más. Yo la seguí, el orgasmo partiéndome en dos, un estallido de luces detrás de mis ojos cerrados, mi coño contrayéndose alrededor del dildo. Sofía, última, se arqueó como gata en celo, lágrimas de placer en sus ojos, el trio de lesbianas alcanzando su pico en un coro de alaridos.

Caímos exhaustas, enredadas en la cama revuelta. El afterglow era puro éxtasis: pieles pegajosas enfriándose, respiraciones calmándose al ritmo de las olas lejanas. Sofía me acariciaba el cabello, susurrando

"Neta, Ana, esto fue lo mejor de mi vida."
Carla besó mi hombro, su mano descansando en mi vientre. Me siento poderosa, completa, como si hubiéramos conquistado el mundo con nuestros cuerpos. Hablamos bajito de repetir, de cómo este trio de lesbianas había encendido algo eterno en nosotras. La noche se cerró con risas suaves, el sabor de nosotras en nuestras lenguas, y el sueño llegando como una caricia.

Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, nos despertamos con besos perezosos. No había arrepentimientos, solo promesas de más noches así. Salimos a la playa, manos entrelazadas, sintiendo la arena tibia bajo los pies. Esto es vida, pinches ricas, pensé, lista para lo que viniera.

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