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Tríada de la Pasión Pancreática

6704 palabras

Tríada de la Pasión Pancreática

En el corazón de la Ciudad de México, donde el aroma del elote asado se mezcla con el perfume de las jacarandas en flor, conocí a la tríada de la pancreatitis. No, no era un diagnóstico médico lo que nos unía, sino un apodo juguetón que ellas mismas se habían puesto por una noche loca de copas y confidencias. Las tres hermanas —Ana, Bea y Carla— eran como un cóctel explosivo: Ana la fogosa con curvas que hipnotizaban, Bea la juguetona con ojos que prometían travesuras, y Carla la sensual con labios que invitaban al pecado. Yo, Marco, un tipo común de treinta y tantos, acababa de mudarme a ese departamento en la Condesa cuando las vi por primera vez en el roof top del edificio, riendo bajo las luces neón.

El sol se ponía tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y el viento cálido traía el eco de mariachis lejanos. Me acerqué con una cerveza en la mano, fingiendo casualidad. ¿Qué chingados haces, Marco? Tres morras así de buenas y tú aquí como pendejo, pensé mientras mi pulso se aceleraba. Ana me miró primero, su piel morena brillando con sudor ligero, el escote de su blusa dejando ver el valle tentador de sus senos. "Órale, carnal, únete a la fiesta", dijo con esa voz ronca que olía a tequila y deseo.

Conversamos horas. Bea contó cómo se conocían de la uni, inseparables como las tres gracias de la mitología, pero con un twist: su tríada de la pancreatitis venía de una apuesta tonta. Habían ido a urgencias por una peda épica —dolor abdominal, náuseas y fiebre fingida por el exceso— y de ahí el nombre. Reímos hasta que las lágrimas corrían, y el roce accidental de sus manos en mi brazo mandaba chispas por mi espina dorsal. El tacto de Bea era suave como seda, cálido como el sol de mediodía; Carla olía a vainilla y jazmín, un aroma que se me metía en la nariz y me ponía la verga dura al instante.

La noche avanzaba, y la tensión crecía como el calor en un sauna. Invité a mi depa para seguir la plática con mezcal. Bajamos en el elevador, apretujados, sus cuerpos rozando el mío. Sentía los pezones de Ana endureciéndose contra mi pecho, el aliento de Bea en mi cuello, húmedo y dulce.

"Estas morras te van a comer vivo, wey. No seas menso, déjate llevar."
Mi mente gritaba eso mientras abría la puerta.

Adentro, la luz tenue de las velas que había encendido por costumbre iluminaba el espacio. Música de Natalia Lafourcade sonaba bajito, envolviéndonos en un ritmo sensual. Nos sentamos en el sofá de piel, que crujía bajo nuestro peso. Ana se acomodó en mi regazo, sus caderas redondas presionando mi entrepierna. "Te gustamos, ¿verdad, guapo?", murmuró, su boca tan cerca que probé el sabor salado de su piel al lamerle el lóbulo de la oreja. Bea y Carla observaban, mordiéndose los labios, sus ojos brillando con hambre.

El beso empezó con Ana: labios carnosos, lengua juguetona explorando mi boca con urgencia. Sabía a limón y picante, como un taco al pastor perfecto. Mis manos subieron por sus muslos, sintiendo la suavidad lampiña bajo la falda corta. Bea no se quedó atrás; se arrodilló y besó mi cuello, chupando la piel hasta dejar marcas rojas que ardían deliciosamente. Carla, la más audaz, metió la mano por mi playera, arañando mi pecho con uñas pintadas de rojo fuego. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con gemidos suaves y el latido de mi corazón retumbando en los oídos.

Esto es una locura, pero qué chingón. Tres diosas mexicanas queriendo devorarte. No pares. La ropa voló: blusas arrancadas revelando senos perfectos, pechos medianos de Ana con pezones oscuros y erectos, los de Bea más grandes y pálidos, temblando al liberarse. Carla tenía unos tetas firmes que pedían ser chupados. Me recostaron en el sofá, desnudo ya, mi verga tiesa apuntando al techo como un mástil. Ellas se desvistieron lento, provocándome. La vista era un festín: culos redondos, coños depilados relucientes de humedad, pieles brillando con sudor.

Ana montó mi cara primero, su coño chorreando jugos dulces y salados sobre mi lengua. Lamí con ganas, saboreando su clítoris hinchado, oliendo su excitación almizclada que me volvía loco. "¡Ay, sí, cabrón, así!", gritó, sus muslos apretándome la cabeza. Bea y Carla se turnaban en mi polla: Bea la chupaba profunda, garganta hasta la base, babeando y haciendo ruidos obscenos de succión. Carla lamía las bolas, mordisqueando suave, su lengua caliente y ágil. El tacto era eléctrico, venas pulsando, piel sensible al roce de sus labios suaves.

Cambiaron posiciones, la tríada en sincronía perfecta. Bea se sentó en mi verga, empalándose despacio, su coño apretado envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. "¡Qué rica verga, Marco! Lléname", jadeó, cabalgando con ritmo, tetas rebotando. El slap-slap de carne contra carne resonaba, sudor goteando, mezclando olores de sexo puro. Ana y Carla se besaban sobre mí, dedos metiéndose en coños mutuos, gimiendo en mis oídos. Toqué todo: nalgas firmes, clítoris duros, piel resbalosa.

La intensidad subía. Carla tomó el turno, de reversa, su culo perfecto abriéndose para mí. Entré profundo, sintiendo paredes vaginales contrayéndose, calor abrasador. "¡Fóllame duro, pendejito!", ordenó, y obedecí, embistiendo con fuerza, manos en sus caderas oliendo a coco de su crema. Ana frotaba su coño en mi pecho, Bea metía dedos en mi boca para que probara su néctar. Gemidos se volvían gritos: "¡Más! ¡Sí, joder! ¡Ven!". El aire cargado de feromonas, pieles chocando, pulsos acelerados sincronizados.

El clímax llegó en oleadas. Primero Bea, temblando sobre mi mano, chorros calientes mojando las sábanas que habíamos arrastrado al piso. Luego Carla, contrayéndose alrededor de mi polla, ordeñándome. Ana se corrió en mi boca, piernas temblando. No aguanté más: exploté dentro de Carla, semen caliente llenándola, chorros interminables mientras ellas lamían y besaban, prolongando el éxtasis. El mundo se redujo a sensaciones: temblores, espasmos, alientos entrecortados, sabores mezclados en labios hinchados.

Después, enredados en un montón sudoroso, pieles pegajosas enfriándose al aire nocturno. El skyline de la CDMX parpadeaba por la ventana, mariachis aún lejanos. Ana acariciaba mi pecho, Bea mi pelo, Carla mi verga floja. "Eres de la tríada ahora, Marco", susurró Bea, riendo bajito. ¿Qué pedo con mi vida? De soltero a rey de tres reinas. No cambies nada. Nos quedamos así, respiraciones calmándose, cuerpos entrelazados en afterglow perfecto, promesa de más noches locas en el horizonte.

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