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Triada Sensual de Encefalopatía Hepática

5092 palabras

Triada Sensual de Encefalopatía Hepática

En la cálida noche de Guadalajara, el aire olía a jazmín y a tierra húmeda después de la lluvia. Yo, Karla, una enfermera de treinta años con curvas que volvían locos a los pacientes, caminaba por los pasillos del hospital privado donde trabajaba. Mi uniforme blanco se pegaba un poco a mi piel por el calor, y sentía el roce suave de la tela contra mis pechos llenos. Esa noche, el doctor Rivera me había pedido que revisara a un paciente especial: Don Luis, un hombre maduro, guapo, con ojos oscuros que prometían pecados deliciosos.

Entré a la habitación iluminada tenuemente por una lámpara. Don Luis estaba recostado, su pecho ancho subiendo y bajando con respiraciones profundas. Qué chingón se ve, el cabrón, pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Me acerqué, chequeando su historial. Ahí estaba: triada de encefalopatía hepática. Confusión mental, asterixis en las manos, y ese aroma dulzón a amoníaco en su aliento. Pero él no parecía confundido ahora; sus ojos me devoraban con hambre pura.

—Doctora... Karla —murmuró con voz ronca, su mano temblorosa rozando la mía—. Ven, acércate. Siento que mi cuerpo arde.

Sentí un cosquilleo en la piel donde me tocó. Su piel estaba caliente, febril, y olía a hombre sudado, mezclado con el antiséptico del hospital. Me incliné, mis labios cerca de su oreja.

¿Y si esto es parte del delirio? ¿O es real este fuego que me enciende?
Mi deseo crecía, lento, como el tequila que quema la garganta antes de calentar el estómago.

Acto uno apenas empezaba. Le tomé el pulso, mis dedos en su muñeca fuerte. Él gimió bajito, y su otra mano subió por mi muslo, bajo la falda del uniforme. —¡Órale, carnal! —le dije riendo, pero no lo detuve. Era consensual, puro fuego mutuo. Sus dedos ásperos exploraban, y yo sentía la humedad entre mis piernas crecer.

La habitación se llenaba de sonidos: el pitido suave del monitor cardíaco acelerándose, su respiración jadeante, el crujido de las sábanas. Le expliqué la triada de encefalopatia hepatica en voz baja, como un secreto erótico. —Es confusión, temblores y ese olor... pero contigo, se siente como éxtasis.

Él se incorporó un poco, jalándome hacia la cama. Nuestros labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas danzando con sabor a menta y a su aliento peculiar, dulce-amargo. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, y yo gemí contra su boca. Puta madre, qué rico se siente este pendejo.

El medio acto escalaba. Me quité el uniforme despacio, dejando que viera mis tetas redondas, pezones duros como piedras. Él se lamió los labios, sus ojos nublados por la encefalopatía pero brillantes de lujuria. —Tócame, Karla. Hazme olvidar todo.

Desabroché su bata, revelando su verga erecta, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, las venas latiendo. Él temblaba con asterixis, pero eso solo hacía más intenso cada caricia. La chupé lento, saboreando la sal de su piel, el olor almizclado de su excitación. Él gruñía, "¡Ay, wey, no pares!", sus caderas empujando.

Yo monté sobre él, guiando su polla dentro de mí. Estaba tan mojada que entró fácil, llenándome por completo. El roce era eléctrico, cada embestida enviando ondas de placer. Sudábamos juntos, piel contra piel resbalosa, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando. Su confusión lo hacía impredecible: un momento besos tiernos, al otro mordidas fieras en mi cuello.

Esto es la triada perfecta: mente nublada, cuerpo tembloroso, deseo hepático desbordado.

La tensión subía como volcán. Le susurré guarradas mexicanas: —¡Cógeme duro, cabrón! Siente cómo te aprieto. —Él respondía con thrusts profundos, sus manos en mis caderas guiándome. Olía a sexo puro, a sudor, a nuestro jugo mezclado. Mis pechos rebotaban, él los chupaba, mordisqueando pezones hasta que grité de placer.

Internamente luchaba: ¿Es ético? ¿Pero qué chingados, si los dos lo queremos? Pequeñas resoluciones: un beso suave en medio del frenesí, miradas que decían "esto es nuestro". La intensidad psicológica crecía; su encefalopatía lo hacía vulnerable, pero empoderado en el deseo. Yo me sentía reina, controlando el ritmo.

El clímax se acercaba. Aceleré, cabalgándolo como yegua salvaje. Sus temblores se sincronizaban con mis contracciones. —¡Ya vengo, Karla! —rugió. Yo exploté primero, un orgasmo que me dejó temblando, jugos chorreando por sus bolas. Él se vació dentro de mí, caliente, abundante, gruñendo como bestia.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, pulsos calmándose. El monitor pitaba normal. Su cabeza en mi pecho, yo acariciando su cabello. —Gracias, mi reina —susurró—. La triada de encefalopatia hepatica nunca se sintió tan buena.

Reflexioné: esto era más que sexo; era conexión en la vulnerabilidad. Salí de la habitación con piernas flojas, sonrisa pícara. Mañana, más rondas. El deseo lingüe, como buen tequila tapatío.

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