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Tri Desac Ovulos Similares en Fuego

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Tri Desac Ovulos Similares en Fuego

Me llamo Ana, tengo treinta años y vivo en un departamento chido en Polanco con mi carnal Carlos. Llevamos cinco años casados y desde hace un año estamos batallando por tener un bebé. Neta, cada mes es una ruleta rusa con los tests de embarazo, pero esta vez algo andaba diferente. Mi panza se sentía rara, como si estuviera a reventar de pura energía. Decidí ir al ginecólogo, el doctor Rivera, un tipo profesional que no se anda con pendejadas.

Entré a la consulta oliendo a ese desinfectante fresco que siempre me pone los nervios de punta. Me subí a la camilla, me abrí de piernas y el doc empezó con el ultrasonido. El gel frío me erizó la piel, pero el zumbido de la máquina y la pantalla en blanco y negro me tenían clavada. De repente, el doc se quedó callado, ajustando el aparato. Su cara cambió, como si hubiera visto un tesoro.

"Ana, esto es increíble. Tienes un tri desac ovulos similares. Tres óvulos muy similares, en desarrollo acelerado. Estás en el pico máximo de fertilidad, como nunca. Es raro, pero perfecto para concebir."

Mi corazón dio un brinco. ¿Tri desac qué? El doc me explicó que "tri desac" era un término para tres óvulos que se habían desacelerado no, al revés, acelerados en sincronía perfecta, idénticos en madurez. Listos para ser fecundados. Salí de ahí con las piernas temblando, el coño palpitando de emoción y un calor subiéndome por el pecho. Llamé a Carlos al instante.

Wey, ven por mí ya. Traigo notazas del doc.

En el coche, de regreso a casa, no pude aguantar. Le conté todo, viendo cómo sus manos apretaban el volante, sus nudillos blancos. Olía a su colonia terrosa mezclada con el cuero de los asientos calientes por el sol de la tarde. Su mirada se desviaba a mis tetas, que se marcaban bajo la blusa.

–¿Tres huevos listos, mamacita? Neta, eso significa que puedo llenarte hasta que revientes de trillizos.

Su voz ronca me mojó en segundos. Sentí el roce de mis muslos apretados, el aire acondicionado soplando frío contra mi piel ardiente.

Llegamos al depa y ni tiempo de cerrar la puerta bien. Carlos me jaló contra él, sus labios duros aplastando los míos. Saboreé su lengua, salada y ansiosa, mientras sus manos me amasaban el culo por encima del vestido. Chin, qué rico olía, a hombre sudado del trabajo, a deseo puro mexicano.

Ven, pendejo, llévame a la cama –le susurré, mordiéndole el lóbulo de la oreja.

Acto seguido, me cargó como si fuera una pluma, sus bíceps duros contra mi espalda. La recámara estaba bañada en luz dorada del atardecer, las sábanas blancas revueltas de la mañana. Me tiró suave sobre el colchón y se quitó la camisa, mostrando ese pecho velludo que me vuelve loca. Sus ojos cafés brillaban como brasas.

¿Y si de verdad me embaraza de tres? Tres bebés idénticos saliendo de estos óvulos similares. Dios, qué chingón sería.

Me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Primero la blusa, chupando mis pezones ya tiesos, rojos y sensibles. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes. Sus dedos bajaron mi falda y panties, exponiendo mi concha depilada, ya brillante de jugos. Él se arrodilló, inhalando profundo.

–Hueles a miel caliente, mi amor. Esos tri desac ovulos similares te tienen en llamas.

Su lengua me lamió desde el clítoris hasta el ano, un trazo largo y húmedo. Ay, cabrón, el placer me arqueó la espalda. Sentí cada rugosidad de su lengua, el calor de su aliento en mi monte de Venus. Mis manos enredadas en su pelo negro, jalándolo más cerca. Él metía los dedos, dos primero, curvándolos contra mi punto G, mientras chupaba fuerte. El sonido era obsceno, chapoteos y mis jadeos roncos.

–¡Más, Carlos! Prepárame para tus trillizos.

Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor que ya perlaba mi piel. Sus dientes me mordisquearon las nalgas, firmes y redondas. Luego, su verga dura contra mi muslo, gruesa y venosa, goteando precum. La rocé con la mano, sintiendo el pulso acelerado, como mi corazón latiendo en los oídos.

Me puse de rodillas, mirándolo a los ojos. Tomé su pija en la boca, saboreando el gusto salado-musgoso, tan nuestro. La chupé hondo, garganta relajada, babas corriendo por mi barbilla. Él gruñía, "¡Qué rica chupas, pinche puta fértil!", pero con cariño, empoderándome.

Soy su diosa de la fertilidad hoy. Estos óvulos me hacen invencible.

No aguantó más. Me empujó suave sobre las almohadas, abriéndome las piernas. Su cuerpo encima, piel contra piel, sudor mezclándose. El olor a sexo llenaba la habitación, espeso y embriagador. Rozó su glande en mi entrada, lubricándonos mutuamente.

–Entra ya, wey. Fóllame hasta el fondo.

Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome por completo. Empezó a bombear, primero suave, el colchón crujiendo rítmicamente. Mis uñas en su espalda, dejando surcos rojos. Nuestros alientos entrecortados, gemidos sincronizados: "¡Ay, sí! ¡Más duro!"

Cambiamos a vaquera, yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje. Mis tetas rebotando, él amasándolas, pellizcando pezones. El slap-slap de mi culo contra sus muslos, sudor volando. Miré abajo, viendo su verga desaparecer en mí, brillante de mis jugos.

–¡Impregname esos tri desac ovulos similares, Carlos! ¡Dame tus bebés!

Él se sentó, abrazándome fuerte, nuestros pechos pegados, corazones galopando al unísono. Besos hambrientos, lenguas enredadas. Aceleró, mis paredes contrayéndose alrededor de él. El orgasmo me golpeó como tsunami: visión borrosa, cuerpo temblando, un grito gutural saliendo de mi garganta. "¡Me vengo, cabrón!"

Sus embestidas se volvieron erráticas, gruñendo en mi cuello. Sentí su verga hincharse, el chorro caliente inundándome, semen espeso golpeando mi cérvix. Sí, directo a esos óvulos. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos.

Después, en la calma, él acariciándome el vientre plano, besándolo suave.

–Si sale, van a ser perfectos, como tú.

Con o sin trillizos, este fuego nos une para siempre. Qué chingonería ser tan fértil, tan viva.

Nos quedamos así hasta que el sol se escondió, soñando con el futuro, pieles aún calientes, el aroma de nuestro amor impregnando las sábanas.

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