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La Triada Ardiente de Hakim Adams

6101 palabras

La Triada Ardiente de Hakim Adams

Ana se recargó en la barra del bar en Polanco, con el aire cargado de jazmín y tequila reposado. La noche de México City bullía afuera, luces neón parpadeando como promesas calientes. Llevaba un vestido negro ceñido que le marcaba las curvas, sintiendo el roce sedoso contra su piel morena. Hacía meses que no salía, desde que su ex la dejó por una pendeja flaca. Pero esta noche, quería fuego.

Entonces lo vio. Hakim Adams, alto, moreno, con ojos verdes que cortaban como navajas. Vestía camisa blanca desabotonada, dejando ver un pecho tatuado con símbolos árabes que olían a misterio y sándalo. Estaba con una mujer, Sofia, rubia chilanga con labios carnosos y un escote que gritaba ven y tócame. Se miraban como si compartieran un secreto sucio y delicioso.

Oye, wey, ¿no eres tú Ana, la del gym de la Roma?
—dijo Sofia, acercándose con una sonrisa pícara. Su perfume, vainilla y algo más dulce, invadió las fosas de Ana.

Ana asintió, el corazón latiéndole como tamborazo en sus oídos. Hakim la escaneó de arriba abajo, y ella sintió un cosquilleo en el bajo vientre, como si ya la estuviera desnudando con la mirada.

Sí, soy yo. ¿Y ustedes?

Hakim Adams y su media naranja, Sofia. Pero esta noche... buscamos algo más. ¿Has oído de la triada de Hakim Adams?
—susurró él, su voz grave como ron en la garganta.

Ana tragó saliva. La triada de Hakim Adams era leyenda en los círculos calientes de la ciudad: un trío perfecto donde placer y conexión se fundían sin celos, solo éxtasis puro. Neta, ¿ella? Pero el calor entre sus piernas ya respondía por sí solo.

Se sentaron en una mesa apartada, tequilas en mano. Sofia le rozó la mano, piel suave como mango maduro. Hakim contaba historias de sus viajes, su aliento cálido rozando el cuello de Ana. Risas, miradas que duraban demasiado, toques casuales que no lo eran. Ana sentía su panocha humedeciéndose, el vestido pegándose un poco. ¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan chido...

Ven con nosotros
—dijo Sofia al oído de Ana, mordisqueándole el lóbulo. El jadeo de Ana fue respuesta suficiente.

En el penthouse de Hakim en Lomas, el elevador subía lento, cargado de tensión. Ana oía su propia respiración agitada, olía la excitación creciente: sudor fresco, perfume mezclado con deseo. Hakim la acorraló contra la pared del elevador, besándola con hambre. Sus labios gruesos sabían a tequila y canela, lengua invadiendo como una promesa. Sofia se pegó por detrás, manos subiendo por los muslos de Ana, rozando el encaje de sus calzones.

Relájate, corazón. Esto es la triada: tú, yo, él. Todo fluye
—murmuró Sofia, voz ronca.

La puerta se abrió y entraron al depa: ventanales con vista al skyline, luces tenues, cama king size esperando. Hakim prendió velas de coco que llenaron el aire de dulzor tropical. Ana se quitó el vestido, quedando en lencería roja, pechos firmes temblando. Sofia la besó, suave al principio, luego feroz, lenguas danzando mientras Hakim observaba, verga ya dura bajo los pantalones.

Ana pensó:

Neta, esto es real. Dos cuerpos perfectos queriendo devorarme. Mi clítoris palpita como loco.

Acto a acto, la noche escalaba. Sofia se arrodilló, besando el ombligo de Ana, bajando lento. Lengua experta lamió sus labios mayores, saboreando el néctar salado-dulce. Ana gimió, manos enredadas en el pelo rubio, caderas moviéndose solas. Su boca es fuego líquido, chúpame más, wey. Hakim se desnudó, su pinga gruesa, venosa, apuntando al techo. La acercó a la boca de Ana, que la chupó ansiosa: sabor almizclado, piel caliente pulsando contra su lengua. Él gruñó, profundo, vibrando en su pecho.

Se tumbaron en la cama, sábanas de satén fresco contra pieles ardientes. Hakim entró en Sofia primero, lento, ella arqueándose con un aullido gutural: ¡Ay, cabrón, qué rica! Ana miró, fascinada, dedos en su propia panocha, sintiendo el olor a sexo invadiendo la habitación: sudor, fluidos, deseo crudo. Luego, Hakim la volteó a ella, verga resbalando en su entrada húmeda. Entró de un empujón suave, llenándola hasta el fondo. Ana gritó placer, uñas clavándose en su espalda tatuada. Sofia besaba sus tetas, succionando pezones duros como piedras.

El ritmo creció: embestidas profundas de Hakim, alternando entre ellas, cuerpos sudados chocando con palmadas húmedas. Ana sentía cada vena de él frotando sus paredes internas, clítoris rozado por los dedos de Sofia. Estoy a punto de explotar, neta, no pares. Sofia montó la cara de Ana, panocha jugosa goteando en su boca. Ana lamió con furia, saboreando su esencia agria-dulce, mientras Hakim la chingaba más duro.

Los gemidos llenaban el cuarto: ¡Sí, así! ¡Más profundo, pinche rico! ¡Ven, córrete conmigo! Tensiones internas se rompían: Ana dudaba un segundo —¿Y si me enamoro de esto?— pero el placer lo borraba todo. Sofia tembló primero, orgasmo convulsionándola, chorro caliente en la lengua de Ana. Hakim aceleró, gruñendo como bestia, llenando a Ana con su leche espesa, caliente. Ella explotó segundos después, visión borrosa, cuerpo convulsionando en olas interminables, panocha apretando como puño.

Colapsaron en un enredo de miembros, respiraciones jadeantes calmándose. Olor a sexo postrero, pieles pegajosas brillando bajo la luz de velas. Hakim besó la frente de Ana, Sofia acurrucada en su pecho.

Esto es la triada de Hakim Adams, mi reina. No termina aquí
—dijo él, voz suave ahora.

Ana sonrió, exhausta, satisfecha. Neta, qué pedo tan chingón. Mañana duele, pero valió cada segundo. Afuera, la ciudad dormía, pero en esa cama, el fuego ardía eterno.

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