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Bajas del Tri en Carne Viva

7059 palabras

Bajas del Tri en Carne Viva

Estás sentado en la barra del bar La Tricolor, ese antro chido en el corazón de la colonia Doctores, donde el olor a chela fría y tacos al pastor se mezcla con el grito de la tele transmitiendo el partido del Tri. Es noche de eliminatorias, y la afición está encabronada porque acaban de anunciar las bajas del Tri: Chicharito con el tobillo jodido, Guardado fuera por contractura, y el Piojo Álvarez recuperándose de una patada en el pecho. Tú, con tu camiseta verde desteñida pegada al cuerpo por el sudor del calor culero de la ciudad, sientes la frustración subirte como bilis. Al lado tuyo, Karla, esa morra de curvas que te trae loco desde hace semanas, aprieta su jarra de cerveza con las uñas pintadas de rojo Tri.

Pinche Tri, siempre igual, bajando la madre en el momento clave, piensas mientras das un trago largo, el líquido helado bajándote por la garganta reseca. Karla te mira de reojo, su blusa escotada dejando ver el valle de sus chichis bronceadas por el sol de Iztapalapa. El bar retumba con los ¡no mames! de los parroquianos cada vez que el balón se va por un lado. Sus rodillas se rozan bajo la barra, un toque casual que enciende chispas en tu verga, que ya empieza a despertar traicionera.

—Órale, güey, con esas bajas del Tri estamos fritos —dice ella, su voz ronca por el humo de los cigarros y la emoción, inclinándose para que su aliento a limón y tequila te roce la oreja—. Pero neta, verte así de encabronado me prende un chingo.

Tú giras la cabeza, oliendo su perfume barato mezclado con el sudor salado de su cuello. Sus ojos cafés brillan con esa picardía mexicana que te deshace. El partido sigue, pero ya no importa; el verdadero juego empieza aquí. Tus manos se encuentran bajo la mesa, dedos entrelazados, pulgares acariciando palmas húmedas. El DJ pone cumbia rebajada, y el ritmo te late en las sienes como un corazón acelerado.

¿Por qué carajos esta morra me pone así? Su piel suave contra la mía, áspera por el trabajo en la fábrica, es como un imán. Quiero arrancarle la ropa ahí mismo, pero hay que jugarla bien.

El medio tiempo llega con el Tri perdiendo dos cero. Karla te jala de la mano hacia la salida, el aire nocturno de la CDMX golpeándolos como una cachetada fresca, lleno de cláxones y vendedores de elotes. Caminan pegados, su cadera rozando la tuya, hasta su depa en un edificio viejo pero chulo, con murales de la Virgen de Guadalupe y el Águila devorando serpiente.

Adentro, el lugar huele a incienso y comida de olla: frijoles refritos y chile de árbol. Karla enciende una lamparita roja que baña todo en penumbras sensuales, y pone el radio con mariachi rockero bajito. Se quita los zapatos, tacones que claquean en el piso de loseta, y se estira como gata, arqueando la espalda para que su falda suba mostrando muslos firmes.

—Ven, carnal —susurra, jalándote hacia el sillón raído—. Olvídate de las bajas del Tri, hagamos nuestras propias subidas.

Tú te acercas, el corazón tronándote en el pecho. Tus labios encuentran los suyos, suaves y carnosos, saboreando a tequila y chicle de tamarindo. El beso empieza lento, lenguas explorando con timidez, pero pronto se vuelve feroz, dientes mordisqueando, manos enredándose en el pelo. Sientes su calor a través de la blusa, pezones endurecidos presionando tu pecho. Ella gime bajito, un sonido que vibra en tu alma, mientras sus uñas rasguñan tu espalda.

Le quitas la blusa con dedos temblorosos, revelando un bra de encaje negro que apenas contiene sus tetas generosas. El olor de su piel, a vainilla y deseo, te marea. Tus manos recorren su cintura, bajando a la falda que desabrochas con un tirón. Ella te empuja al sillón, montándose a horcajadas, su coño caliente frotándose contra tu entrepierna a través del pantalón. El roce es eléctrico, tu verga palpitando dura como fierro.

¡Qué rico su peso sobre mí, sus caderas moviéndose como en un baile de salón! Neta, esta morra es fuego puro.

—Quítate eso, pendejo —ordena juguetona, tirando de tu playera. Su risa es cascabeles cuando ve tu torso tatuado con el escudo del Tri. Baja la cabeza, lengua trazando círculos en tus pezones, succionando hasta que arqueas la espalda gimiendo. Sus manos desabrochan tu jeans, liberando tu verga que salta ansiosa, venosa y lista. Ella la acaricia despacio, pulgar en la cabeza húmeda de precum, mirándote con ojos de hembra en celo.

—Mira qué chulada —murmura, bajando para lamerla de abajo arriba, lengua plana y caliente envolviéndote. El placer te sube por la espina, bolas apretándose. Chupas sus tetas meanwhile, mordisqueando aureolas grandes y oscuras, leche de su piel en tu boca. Ella jadea, ¡ay, cabrón!, empujando tu cabeza más abajo.

La volteas boca abajo en el sillón, falda arremangada, tanga empapada. La arrancas con dientes, oliendo su excitación almizclada, panocha hinchada y mojada reluciendo. Metes la cara, lengua hurgando clítoris, saboreando su jugo salado y dulce como mango maduro. Ella retuerce caderas, gritando ¡sí, así, no pares!, manos enredadas en tu pelo tirando fuerte. Dedos dentro, curvados tocando ese punto que la hace temblar, paredes calientes apretándote.

El ritmo sube, sudor goteando, cuerpos chocando con palmadas húmedas. La pones de rodillas, verga en su entrada resbalosa. Empujas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te envuelve apretada y ardiente. —¡Qué chingón! —gime ella, empalándose hasta el fondo. Empiezas a bombear, lento al principio, savoring cada embestida, el slap-slap de piel contra piel, sus nalgas rebotando suaves.

Su calor me quema, cada thrust me acerca al borde. Pero aguanto, quiero que explote primero.

Aceleramos, ella clavando uñas en tus muslos, pidiendo más fuerte, ¡dame verga, güey, rómpeme!. Cambian posiciones: ella encima, cabalgando salvaje, tetas saltando, pelo revuelto pegado a su frente sudorosa. Tú abajo, manos en sus caderas guiando, pulgares en clítoris frotando. El orgasmo la golpea primero, cuerpo convulsionando, grito ronco ahogándose en tu boca, coño ordeñándote en espasmos.

No aguantas más. La volteas de nuevo, piernas sobre hombros, penetrando profundo. El clímax te arrasa, verga hinchándose, chorros calientes llenándola mientras ruges como león. Colapsan juntos, jadeos entrecortados, piel pegajosa, olor a sexo impregnando el aire.

Después, tumbados enredados, el radio ahora con rancheras suaves. Karla acaricia tu pecho, riendo bajito.

—Pinche Tri con sus bajas del Tri, pero nosotros subimos al cielo, ¿eh?

Tú besas su sien, el corazón calmándose, un glow de paz invadiendo. Afuera, la ciudad bulle, pero aquí, en este nido de sábanas revueltas, todo es perfecto. Mañana será otro día de pendejadas, pero esta noche, las bajas se volvieron altas pasiones inolvidables.

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