Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo La Triada Ecologica de la Enfermedad del Deseo La Triada Ecologica de la Enfermedad del Deseo

La Triada Ecologica de la Enfermedad del Deseo

6907 palabras

La Triada Ecologica de la Enfermedad del Deseo

El calor de la selva chiapaneca me envolvía como un amante pegajoso, con ese olor a tierra húmeda y hojas podridas que se te mete hasta los pulmones. Yo, Ana, bióloga de veintiocho años, lideraba la expedición para estudiar la triada ecologica de la enfermedad en ecosistemas tropicales: el agente infeccioso, el huésped vulnerable y el ambiente que lo propicia todo. Pero esa mañana, mientras caminábamos por el sendero fangoso, no podía dejar de pensar en cómo esa triada se aplicaba a algo mucho más carnal, algo que me ardía entre las piernas desde que vi a Marco y a Luis.

Marco era mi colega, un moreno alto de la UNAM, con ojos cafés que te desnudan sin piedad y una sonrisa pícara que gritaba te voy a comer viva. Luis, el guía local, un chavo de Tuxtla de unos treinta, puro músculo curtido por el sol, con tatuajes mayas en los brazos y una verga que se marcaba en el short raído cada vez que se agachaba a cortar lianas. Neta, wey, estos dos son el agente perfecto, pensé, sintiendo cómo mi panocha se humedecía con el roce de mis muslos sudorosos.

—Órale, Ana, ¿ya viste esas huellas? —dijo Marco, señalando el barro, su mano rozando mi cintura accidentalmente. El toque fue eléctrico, como un rayo en la tormenta que se avecinaba. Luis se rio, con esa voz grave que retumbaba en mi pecho.

—Es jaguar, pero no se apuren, aquí el ambiente es chido pa' todo tipo de cacerías —guiñó, y yo sentí el pulso en mi clítoris acelerarse.

Instalamos el campamento junto a un riachuelo cristalino, el sonido del agua cayendo como un susurro erótico. El sol se ponía, tiñendo todo de rojo sangre, y el aire cargado de jazmín silvestre y sudor nuestro. Cenamos tacos de venado que Luis preparó en la fogata, el humo picante subiendo y mezclándose con sus aromas masculinos: Marco olía a colonia barata y deseo fresco, Luis a tierra y macho puro.

La triada ecologica de la enfermedad... el agente es su mirada, el huésped soy yo, ansiosa por contagiarme, y este pedazo de paraíso húmedo el ambiente que lo acelera todo. ¿Por qué carajos estoy tan mojada nomás de mirarlos?

La plática fluyó con chelas frías sacadas de la hielera. Hablamos de ciencia, de cómo en la selva las infecciones se propagan rápido por la humedad y la densidad de vida. Marco se acercó, su rodilla tocando la mía.

—Ana, explícanos eso de la triada esa, pero como si fuera... no sé, algo más personal —dijo, su aliento cálido en mi oreja.

Me reí, nerviosa, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa empapada. —La triada ecologica de la enfermedad es agente, huésped y ambiente. Imagínense que el deseo es la plaga: el agente es el roce prohibido, el huésped el cuerpo que lo recibe, y el ambiente... esta selva que nos calienta la sangre.

Luis soltó una carcajada. —¡Simón, doctora! Y aquí estamos, listos pa' la epidemia.

La tensión creció como la niebla nocturna. Un chaparrón repentino nos obligó a refugiar-nos en mi tienda, los tres apretujados en el espacio chico. El olor a lluvia y piel mojada era embriagador, sus cuerpos pegados al mío, duros y calientes. Marco me besó primero, suave, explorando mi boca con lengua hambrienta, sabor a cerveza y hambre. Yo gemí, mi mano bajando a su entrepierna, sintiendo la verga tiesa latiendo bajo la tela.

¿Quieres esto, Ana? Somos tuyos —susurró Luis, su mano grande subiendo por mi muslo, dedos ásperos rozando mi panocha empapada a través del short. Asentí, jadeando, el corazón tronándome en los oídos.

Acto seguido, todo explotó en un torbellino de manos y bocas. Me quitaron la ropa con urgencia, el aire fresco de la selva besando mi piel desnuda, erizada de goosebumps. Marco chupaba mis tetas, lengua girando en los pezones oscuros, mordisqueando hasta que grité de placer. Luis se arrodilló entre mis piernas, inhalando mi aroma almizclado.

—Qué rica chocha, Ana, neta te has de correr como loca —gruñó, antes de lamer mi clítoris hinchado. Su lengua era fuego, áspera y precisa, chupando mis labios vaginales, metiendo dos dedos gruesos que curvaba adentro, tocando ese punto que me hacía arquear la espalda. El sonido de su succión era obsceno, mezclado con mis gemidos y el golpeteo de la lluvia en la lona.

Esto es la triada en acción, carajo. Su lengua el agente, mi coño el huésped perfecto, y esta tormenta el ambiente que nos ahoga en lujuria. No pares, pendejos, contáganme toda la enfermedad.

Marco se desnudó, su verga morena y venosa saltando libre, goteando precum. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, masturbándolo lento mientras Luis me comía viva. Cambiamos posiciones: yo encima de Marco, empalándome en su pinga dura, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El roce era velvetino, húmedo, cada embestida mandando ondas de placer desde mi útero hasta las yemas de los dedos.

Luis se puso detrás, untando saliva en mi culo. —¿Listos pa' más, ricura? —preguntó, y yo asentí, ansiosa. Su verga gruesa, más ancha que la de Marco, presionó mi ano virgen, entrando despacio, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis puro. Los dos adentro, moviéndose en ritmo perfecto, sus pelvis chocando contra mis nalgas y pubis, sudor resbalando, olores a sexo crudo impregnando la tienda.

—¡Ay, wey, qué apretada estás! —jadeó Luis, manos amasando mi culazo, dedos hundiéndose en la carne.

Marco gruñía debajo, mamando mi cuello. —Córrete, Ana, déjanos sentir cómo te estremece.

La intensidad subió: sus vergas frotándose a través de la delgada pared de mi carne, pulsando sincronizadas. Mis paredes internas se contraían, ordeñándolos, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. Grité cuando llegó, un tsunami de placer que me cegó, jugos chorreando por las piernas de Marco, mi cuerpo convulsionando entre ellos. Ellos explotaron segundos después: Marco llenándome la panocha de semen caliente, chorros espesos que sentía salpicar adentro; Luis en mi culo, su leche derramándose, mezclándose con mi sudor.

Colapsamos en un enredo de miembros temblorosos, el aire pesado con el olor salado del clímax. La lluvia amainó, dejando solo el coro de grillos y ranas, como aplausos lejanos. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo revuelto.

—Eso fue la mejor triada de mi vida —murmuró Marco, riendo bajito.

Y yo, flotando en la resaca del placer, pensé: La triada ecologica de la enfermedad del deseo... curada solo por el contagio mutuo. Mañana, más expedición, más ellos. Neta, esta selva me cambió pa' siempre.

Nos dormimos así, piel con piel, el ambiente de la selva arropándonos en un afterglow infinito, con promesas de más epidemias por venir.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.