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Mi Asian Try On Haul Privado

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Mi Asian Try On Haul Privado

Estaba recostado en el sillón de mi depa en la Condesa, con una chela fría en la mano, viendo cómo el sol de la tarde se colaba por las cortinas entreabiertas. No mames, pensé, qué chido día pa' no salir. De repente, oigo la puerta del clóset y ahí sale ella, mi vecina asiática que se había mudado hace unos meses. Se llama Mei, china pero con acento que ya traía chilango por las andadas. Traía una sonrisa pícara, cargando bolsas de ropa nueva de aquel mall en Polanco.

"Wey, ¿listo pa' mi asian try on haul privado? Te lo hago solo pa' ti, nomás porque me caes bien chido", me dijo mientras se paraba frente al espejo de cuerpo entero, moviendo las caderas como en esos videos que uno ve de escondidas. Su piel morena clara, ojos almendrados que brillaban con picardía, y ese culito redondo que me tenía loco desde el primer día que la vi cargando cajas.

El aire olía a su perfume de jazmín mezclado con el aroma fresco de las bolsas de papel. Me acomodé mejor, sintiendo ya un cosquilleo en la entrepierna. "Órale, empieza", le contesté, con la voz un poco ronca. Ella se quitó la blusa holgada que traía, quedando en bra de encaje negro que apenas contenía sus tetas firmes, tamaño perfecto pa' mis manos.

Primero sacó un vestido rojo corto, de esos que se pegan al cuerpo como segunda piel. Se lo puso despacio, girando pa' que yo viera cómo le marcaba las curvas. El sonido del zipper subiendo era como un susurro erótico, y cuando se volteó, el escote dejaba ver el valle entre sus pechos. "¿Qué tal, carnal? ¿Me hace ver más hot?", preguntó, pasando las manos por sus muslos lisos. Yo tragué saliva, oliendo su calor corporal que ya empezaba a mezclarse con el mío.

Pinche Mei, me va a matar con esto, neta que su cuerpo es una delicia asiática en pleno México.

Se acercó, rozando mi rodilla con la suya, y el tacto de la tela contra mi piel me erizó los vellos. "Toca, prueba la tela", me ordenó juguetona. Mis dedos temblaron al posarse en su cadera, suave como seda, cálida como un atardecer en la playa. Ella gimió bajito, un sonido que me puso la verga dura al instante.

Acto seguido, se quitó el vestido con un movimiento fluido, quedando en tanga diminuta que apenas cubría su conchita depilada. Sacó un conjunto de lencería roja, transparencias que dejaban ver sus pezones oscuros endureciéndose. Se lo puso frente a mí, inclinándose pa' que el bra se ajustara perfecto. El aroma de su excitación empezó a flotar, dulce y almizclado, como miel caliente. "Este es pa' noches locas", murmuró, y se sentó en mis piernas a horcajadas.

Sentí su peso delicioso sobre mí, el calor de su panocha presionando mi paquete hinchado a través del pantalón. Mis manos subieron por su espalda desnuda, sintiendo cada vértebra, cada escalofrío que le provocaba. "Mei, estás cañona", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Ella arqueó la espalda, restregándose contra mí, y el roce era eléctrico, como chispas en la piel sudada.

Internamente batallaba: ¿La paro o sigo? Neta que esto es lo más chingón que me ha pasado. Pero ella no paraba, sacó un babydoll negro de malla, se lo enfundó y empezó a bailar lento, moviendo las tetas al ritmo de una rola imaginaria de cumbia rebajada. Sus pezones se marcaban duros, y yo no aguanté, la jalé pa' besarla. Nuestras lenguas se enredaron, sabor a chicle de fresa y deseo puro, salivoso y hambriento.

La tensión subía como el calor en un sauna. Mei se bajó de mis piernas, jadeando, y sacó el último outfit: un teddy blanco que era puro pecado, con aberturas en los lugares precisos. Se lo puso de espaldas a mí, doblándose pa' que viera cómo se le metía entre las nalgas. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de la avenida. Volteó, ojos vidriosos, y se arrodilló entre mis piernas.

"Tu turno, pendejo", dijo riendo, pero con voz ronca. Desabrochó mi jeans, liberando mi verga tiesa que saltó ansiosa. La miró con hambre, lamiéndose los labios. El tacto de sus dedos fríos en mi piel caliente fue una tortura deliciosa. Empezó a mamármela despacio, lengua girando en la cabeza, succionando con fuerza que me hacía gemir. Olía a su cabello negro azabache, shampoo de coco, y probaba el sabor salado de mi pre-semen en su boca.

La jalé pa' arriba, no quería acabar así. La recosté en el sillón, quitándole el teddy con dientes. Su concha brillaba húmeda, rosada y jugosa. La besé ahí, lengua explorando pliegues suaves, saboreando su néctar dulce-ácido. Ella gritaba "¡Sí, wey, así!", clavándome las uñas en la cabeza, caderas levantándose contra mi cara. El olor era embriagador, puro sexo asiático en mi boca mexicana.

La penetré despacio, sintiendo cómo su interior me apretaba como guante caliente y mojado. Empezamos lento, mirándonos a los ojos, sus pupilas dilatadas de placer. "Eres mi haul favorito", jadeó ella, y aceleramos. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando nuestros cuerpos. La volteé a perrito, agarrando sus caderas estrechas, embistiéndola profundo. Sus gemidos subían de tono, "¡Más duro, cabrón!", y yo obedecía, sintiendo sus paredes contraerse.

El clímax llegó como volcán: ella se corrió primero, temblando, gritando mi nombre con acento mezclado, chorro caliente mojando mis bolas. Yo la seguí, vaciándome dentro de ella en espasmos eternos, placer que me nublaba la vista. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa de sudor y fluidos.

Después, en el afterglow, la abracé mientras el sol se ponía. Ella trazaba círculos en mi pecho con el dedo, riendo bajito. "El mejor asian try on haul de mi vida", susurró. Yo besé su frente, oliendo su paz post-sexo.

Neta, México con toques asiáticos es lo máximo. Esto no acaba aquí.
Nos quedamos así, planeando el próximo "haul", con el corazón latiendo en sintonía y el cuerpo satisfecho hasta el hueso.

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