Canciones Famosas de El Tri en Nuestra Noche Ardiente
La noche en el antro de la Condesa estaba que ardía, con el aire cargado de humo de cigarro y ese olor a tequila reposado que se te mete hasta los huesos. Yo, Ana, había llegado con mis cuates para desconectar del pinche estrés de la chamba, pero neta que no esperaba encontrarme con él. Javier estaba recargado en la barra, con una chela en la mano y esa sonrisa pendeja que te hace mojar de solo verla. Sonaba Triste Canción de Amor, una de las canciones famosas de El Tri, y él la canturreaba bajito, con esa voz ronca que erizaba la piel.
Me acerqué, fingiendo pedir una cuba, pero mis ojos no se despegaban de los suyos. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, de esos que te dan ganas de lamer. "¿Fan de El Tri?" le pregunté, y él se rio, mostrando unos dientes chidos. "Neta, esas canciones famosas de El Tri son lo máximo, wey. ¿Cuál es tu fave?" Contesté que Abuso de Autoridad, aunque en realidad me ponía más el ritmo salvaje de Piedras Rodantes. Ahí empezó todo, platicando de las letras crudas, de cómo esas rolas te hacen sentir vivo, cabrón.
La tensión crecía con cada chela. Sus manos rozaban las mías al pasar el limón, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos. Pensé:
Este pendejo me va a volver loca si no lo agarro ya.Bailamos pegaditos cuando pusieron Niño Sin Amor, su cuerpo duro contra el mío, el sudor de su cuello goteando en mi escote. Olía a hombre, a deseo puro, y el sonido de la guitarra eléctrica retumbaba en mi pecho como un corazón desbocado.
Salimos del antro hechos un desmadre, riéndonos como niños. Su troca estaba estacionada en una calle oscura, pero iluminada por las luces neón de los taqueros. "Vámonos a mi depa, está cerca", me dijo, y yo asentí, con el pulso acelerado. En el camino, prendió la radio y sonó otra de las canciones famosas de El Tri, Las Piedras Rodantes. Cantamos a todo pulmón, sus dedos en mi rodilla subiendo despacito, enviando chispas por mi piel.
Acto dos: la escalada
En su depa, un lugar chido con posters de rockeros en las paredes y una cama king size que gritaba pecado, el aire olía a incienso y a él. Me quitó la blusa con manos temblorosas, besando mi cuello mientras murmuraba: "Eres chingona, Ana". Sentí su aliento caliente, su lengua trazando mi clavícula, y un gemido se me escapó. Mis tetas se endurecieron bajo sus palmas ásperas, callosas de tanto chambear en construcción, pero qué rico se sentía ese roce.
Lo empujé a la cama, montándome encima. "Quiero escucharte gemir como en las rolas de El Tri", le dije juguetona, y él se carcajeó, agarrándome las nalgas con fuerza. Le desabroché el cinto, bajando el zipper lento, oliendo su excitación masculina, ese aroma almizclado que me hacía salivar. Su verga saltó libre, dura como piedra, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo las venas hinchadas, el calor irradiando. Él jadeaba, "¡Carajo, qué rica!"
Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saboreando tequila y sal. Bajé por su pecho, lamiendo el sudor salado, mordisqueando sus pezones hasta que arqueó la espalda. El cuarto se llenaba de nuestros jadeos, mezclados con el eco lejano de la ciudad. Pensé en las canciones famosas de El Tri, cómo sus ritmos salvajes eran como esto: puro fuego, pura entrega. Le chupé la verga despacio, saboreando la gota salada en la punta, mi lengua girando alrededor del glande mientras él enredaba los dedos en mi pelo, gimiendo mi nombre.
Pero no quería que terminara tan pronto. Me subí encima, frotando mi concha mojada contra él, sintiendo cómo se deslizaba en mi humedad. "Métemela ya, cabrón", le rogué, y él obedeció, empujando hondo con un gruñido animal. ¡Qué delicia! Llenándome por completo, estirándome, el roce perfecto contra mis paredes internas. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada centímetro, mis jugos chorreando por sus bolas. El sonido era obsceno: piel contra piel, chapoteos húmedos, suspiros roncos.
La intensidad subía. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas, y me embistió fuerte, sus manos en mis caderas marcando moretones de placer. Olía a sexo, a sudor mezclado con mi perfume de vainilla. Cada estocada mandaba ondas de placer por mi espina, mi clítoris hinchado rozando la sábana.
Esto es mejor que cualquier rola de El Tri, neta, pensé, mientras el orgasmo se acumulaba como una tormenta. Él aceleró, gruñendo "¡Me vengo!", y yo exploté primero, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer sacudiéndome entera. Él se corrió dentro, caliente, llenándome hasta rebosar.
Acto tres: el afterglow
Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, oliendo a nosotros, a esa mezcla perfecta de fluidos y pasión. Me besó la frente, suave ahora, y encendió un cigarro. "Las canciones famosas de El Tri nunca sonaron tan cabronas como esta noche", dijo riendo bajito. Yo asentí, trazando círculos en su piel tatuada con un águila rockera.
Platicamos horas, de la vida, de cómo esas rolas nos habían marcado. El amanecer se colaba por la ventana, tiñendo todo de rosa. Sentí una paz chida, esa conexión que va más allá del polvo. "¿Volveremos a vernos?" pregunté, vulnerable. Él me apretó contra sí: "Pinche tonta, esto apenas empieza".
Salí de ahí con las piernas temblando, el sabor de él en mi boca, el eco de El Tri en mi cabeza. Neta, esas canciones famosas nunca volverán a sonar igual. Ahora llevan mi aroma, mi placer, nuestra noche ardiente.