Alejandro Sanz trata de salvar tu canción
La noche caía sobre la Ciudad de México como un manto caliente y pegajoso, el aire cargado con el olor a tacos de la esquina y el humo distante de los coches en Insurgentes. Tú estabas sola en tu depa chiquito pero chulo en la Condesa, con las luces bajas y el ventilador zumbando perezosamente. Habías puesto play a tu playlist favorita, y de repente sonó esa rola de Alejandro Sanz try to save your song, esa donde la voz ronca del español parece susurrar promesas de pasión salvaje, como si intentara rescatar un amor a punto de apagarse. La letra te calaba hondo: try to save your song, before it fades away, y tú sentías que era justo lo que te pasaba a ti, tu fuego interno amenazando con morirse después de tanto tiempo sin acción.
El sudor te perlaba la clavícula mientras te mecías al ritmo, vestida solo con una playera holgada de algodón que rozaba tus pezones endurecidos por el fresco artificial. Olías tu propio aroma mezclado con el jazmín de tu loción, y un cosquilleo te subía por las piernas. De pronto, un golpe en la puerta. ¿Quién chingados a estas horas? pensaste, pero tu pulso se aceleró. Abriste, y ahí estaba él, Marco, tu vecino del piso de arriba, el wey alto y moreno con ojos cafés que te ponían a mil cada vez que lo veías cargando sus pesas en el pasillo. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans desgastados que colgaban perfectos de sus caderas.
—Órale, nena, ¿ya estás en mood romántico? —dijo con esa sonrisa pícara, oliendo a colonia fresca y a hombre recién duchado—. Oí la rola desde arriba. Alejandro Sanz, ¿eh? Try to save your song... neta que me encanta.
Tú lo miraste de arriba abajo, sintiendo un calor que nada tenía que ver con el bochorno de la ciudad. Este pendejo sabe exactamente lo que provoca, pensaste, mientras tu piel se erizaba bajo la mirada de él. Lo invitaste a pasar con un gesto juguetón, y él entró como si el lugar fuera suyo, cerrando la puerta con un clic que sonó como una promesa. La música seguía sonando, envolviéndolos en su melodía sensual, la guitarra acústica vibrando en el aire como caricias invisibles.
—Ven, baila conmigo —le dijiste, tu voz ronca de anticipación. Él se acercó, sus manos grandes y cálidas tomaron tu cintura, y el contacto fue eléctrico. Sentiste sus dedos presionando tu piel a través de la tela fina, el calor de su cuerpo irradiando hacia ti. Olías su aliento mentolado cuando se inclinó para murmurar al oído:
—Voy a intentar salvar tu canción esta noche, como dice Sanz. No la dejes morir, mi reina.
El principio fue lento, como el inicio de la rola. Bailaban pegados, tus tetas rozando su pecho firme, sus muslos fuertes contra los tuyos. Cada giro hacía que su verga semi-dura se apretara contra tu vientre, y tú sentías tu panocha humedeciéndose, un pulso insistente entre las piernas. Qué chingón se siente esto, pensabas, mientras sus labios rozaban tu cuello, dejando un rastro húmedo que sabía a sal cuando lo lamiste de vuelta. La habitación se llenaba de sus respiraciones entrecortadas, el zumbido del ventilador mezclándose con los gemidos bajos que escapaban de tu garganta.
Marco te levantó en brazos sin esfuerzo, tus piernas envolviéndolo por instinto, y te llevó al sillón de piel sintética que crujió bajo su peso. Te sentó en su regazo, y ahí empezó la escalada. Sus manos subieron por tus muslos, arañando suavemente, despertando nervios que no sabías que tenías dormidos. Tú jalaste su camiseta, oliendo el sudor fresco que empezaba a brotar en su pecho lampiño. Lo besaste con hambre, su lengua invadiendo tu boca como una ola caliente, saboreando a tequila que él debió haberse echado antes. Sabe a deseo puro, wey, tu mente gritaba mientras tus caderas se mecían contra su paquete endurecido.
La canción se repetía en loop, Alejandro Sanz try to save your song convirtiéndose en su himno privado. Él te quitó la playera con un movimiento fluido, exponiendo tus chichis al aire, los pezones duros como piedras esperando su boca. Los chupó con devoción, succionando fuerte, el sonido húmedo y obsceno resonando en la sala. Tú arqueaste la espalda, sintiendo chispas bajando directo a tu clítoris hinchado. ¡Más, cabrón, no pares! querías gritar, pero solo salían jadeos ahogados.
Lo empujaste al sillón y te arrodillaste entre sus piernas, desabrochando sus jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con un glande brillante de pre-semen que olía a macho puro. La tomaste en la mano, sintiendo su pulso latiendo contra tu palma, caliente como hierro forjado. La lamiste desde la base hasta la punta, saboreando el salado almizcle, mientras él gruñía y enredaba los dedos en tu pelo.
—Qué rica mamada, mi amor... sigue así y te cojo hasta que grites mi nombre.
La tensión crecía como una tormenta, tus jugos corriendo por tus muslos internos. Te levantaste, te quitaste el short en un tirón, quedando desnuda frente a él, tu coño depilado reluciendo de excitación. Marco te jaló hacia él, sus dedos explorando tus labios hinchados, metiendo dos adentro con facilidad, curvándolos para tocar ese punto que te hacía ver estrellas. El sonido chapoteante de tu humedad llenaba el aire, mezclado con tus ¡ay, sí, wey! y sus respiraciones pesadas. Te corrías ya en sus dedos, el orgasmo inicial explotando como fuegos artificiales, tus paredes contrayéndose alrededor de él, olor a sexo impregnando todo.
Pero no era suficiente. Lo montaste, guiando su verga a tu entrada resbalosa. La sensación de él estirándote fue divina, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. Es enorme, chingado, me parte en dos, pensaste mientras empezabas a cabalgar, tus nalgas chocando contra sus muslos con palmadas rítmicas. Él te agarraba las caderas, guiando el ritmo, sus abdominales contrayéndose bajo tus manos. Sudor goteaba de su frente al valle de tus tetas, salado en tu lengua cuando lo lamiste. La música de Sanz seguía, su voz ronca urgiéndolos: try to save your song, y tú sentías que lo estaban haciendo, salvando cada nota de placer con cada embestida.
El clímax se acercaba como un tren. Cambiaron posiciones; él te puso a cuatro en el sillón, penetrándote desde atrás con fuerza animal. Sentías sus bolas golpeando tu clítoris, sus manos amasando tus nalgas, un dedo rozando tu ano para más placer. ¡Cógeme duro, Marco, hazme tuya! gritabas en tu mente, mientras tu cuerpo temblaba. Él aceleró, gruñendo como fiera, el olor a sexo crudo invadiendo tus fosas nasales. Finalmente, explotaron juntos: tú primero, un orgasmo que te dejó ciega y sorda, chorros calientes saliendo de ti; él segundos después, llenándote con chorros espesos y calientes que sentiste pintar tus paredes internas.
Colapsaron en un enredo sudoroso, respiraciones jadeantes sincronizándose con el fade out de la canción. Él te besó la sien, su mano acariciando tu espalda en círculos perezosos. Olías a él, a ti, a ellos, un perfume único de satisfacción. Alejandro Sanz lo logró, pensaste con una sonrisa, salvó mi canción esta noche. Marco murmuró:
—Neta que fue chingón, nena. ¿Repetimos la rola mañana?
Tú asentiste, el cuerpo lánguido y pleno, sabiendo que el fuego no se apagaría tan fácil. La ciudad seguía bullendo afuera, pero adentro, todo era paz ardiente y promesas de más noches así.