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El Agente Causal en la Triada Ecológica de mi Deseo

7876 palabras

El Agente Causal en la Triada Ecológica de mi Deseo

Estaba en el corazón de la selva chiapaneca, rodeada de ese verde espeso que te envuelve como un abrazo húmedo y pegajoso. El aire olía a tierra mojada, a hojas podridas y a algo salvaje que no podía nombrar. Yo, Daniela, bióloga de la UNAM, lideraba el equipo de monitoreo ecológico en la reserva. Hacía semanas que acampábamos allí, estudiando la triada ecológica: huésped, agente causal y ambiente. Pero nada me preparó para que el agente causal de mi propia triada se manifestara en carne y hueso.

Llegó un día nublado, con el zumbido de los moscos rompiendo el silencio. Se llamaba Marco, un guía local de esas tierras, alto, moreno, con ojos que brillaban como el obsidiana bajo la lluvia. Traía una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales sudados y unos jeans desgastados que se pegaban a sus muslos fuertes. ¿Qué onda, carnala? Soy tu apoyo en la selva, dijo con esa voz grave, ronca, que me erizó la piel de la nuca. Neta, desde ese momento sentí un cosquilleo en el estómago, como si el ambiente conspirara para joderme la concentración.

El primer día lo pasamos recorriendo senderos embarrados. El sol filtraba rayos dorados entre las copas, y el olor a musgo y flores silvestres me llenaba la nariz. Marco caminaba delante, su espalda ancha moviéndose con ritmo felino. ¿Por qué carajos me pongo así? Es solo un pendejo guapo, enfócate en el trabajo, me decía yo misma mientras anotaba datos en mi libreta. Pero cuando se agachó para señalar una huella de jaguar, su culo perfecto se delineó, y sentí un calor traicionero entre las piernas.

—Mira, Daniela, este es el equilibrio perfecto —me explicó, su aliento cálido rozando mi oreja—. El huésped, el agente causal en la triada ecológica y el ambiente. Si uno falla, todo se desmadra.

Sus palabras me golpearon como una onda de calor. Lo miré fijo, imaginando cómo él podía ser ese agente causal, invadiendo mi cuerpo como un virus irresistible. Tragué saliva, el sabor salado de mi sudor en los labios. Esa noche, alrededor de la fogata, el crepitar de la leña y el aroma ahumado nos envolvieron. El equipo se fue a dormir temprano, dejándonos solos. Marco sacó una chela fría de la hielera y me la pasó.

—Por la selva y sus misterios —brindamos, nuestros dedos rozándose. Ese toque fue eléctrico, un chispazo que subió por mi brazo directo al pecho. Hablamos de todo: de la biodiversidad, de cómo la selva te hace sentir viva, expuesta. Sus ojos se clavaban en los míos, y yo sentía mi corazón latiendo como tambor maya.

Al día siguiente, la lluvia nos cayó encima como un diluvio bíblico. Nos refugiamos en una cabaña abandonada, el techo goteando, el suelo de tierra roja oliendo a petricor intenso. Estábamos empapados, mi blusa blanca translúcida pegada a mis tetas, los pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.

—Estás cañona cuando te mojas —murmuró, acercándose. Su olor a hombre sudado, a tierra y a feromonas me mareó. Dudé un segundo, pero el deseo era más fuerte que cualquier pudor científico.

—Ven acá, cabrón —le dije, jalándolo por la camisa. Nuestros labios chocaron, su lengua invadiendo mi boca con sabor a chela y lluvia. Gemí contra él, mis manos explorando su pecho firme, los músculos tensos bajo mis uñas. Me levantó como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por la cintura. El roce de su verga dura contra mi entrepierna me hizo jadear.

Es él, el agente causal en la triada ecológica de mi cuerpo: yo el huésped, la selva el ambiente, y Marco el catalizador que desata el caos delicioso en mis venas.

Me recargó contra la pared de madera áspera, que raspaba mi espalda desnuda mientras él me quitaba la blusa con dientes. Sus labios bajaron por mi cuello, chupando la piel sensible, dejando marcas rojas que ardían como fuego. Lamí su sudor salado del hombro, el sabor almizclado volviéndome loca. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, apretando hasta que dolía rico, y yo arqueé la espalda, pidiéndole más con un ¡Chíngame ya!.

Pero no fue rápido. Marco era paciente, como la selva misma. Me tendió en una manta raída, el suelo húmedo filtrándose debajo. Besó mi vientre, su barba raspando suave, bajando hasta mis muslos temblorosos. El olor de mi propia excitación flotaba pesado, mezclado con el de la lluvia afuera. Separó mis piernas con gentileza, su aliento caliente anunciando lo que venía. Cuando su lengua tocó mi clítoris, grité, un sonido gutural que se perdió en el trueno.

—Sabes a selva pura, dulce y salvaje —gruñó, lamiendo lento, círculos que me hacían retorcer. Mis caderas se movían solas, persiguiendo su boca experta. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo ahí, el roce perfecto contra mi pared interna. Sentía cada vena de sus nudillos, el jugo chorreando por mi culo. No aguanto, me voy a venir, pensé, pero él se detuvo, sonriendo pícaro.

—Aún no, mi reina. Quiero sentirte explotar conmigo.

Me volteó boca abajo, el aroma terroso de la manta llenándome la nariz. Su cuerpo cubrió el mío, pesado y protector. La punta de su verga rozó mi entrada, gruesa, caliente, untada en mis fluidos. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el límite. Grité de placer-pena, el ardor convirtiéndose en éxtasis puro. Cada embestida era un terremoto: el slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, su aliento jadeante en mi oreja.

—Estás tan apretada, neta me vas a matar —jadeaba, acelerando. Yo empujaba hacia atrás, clavando las uñas en la tierra, oliendo nuestro sexo mezclado con el musgo. El clímax subió como marea, mis músculos contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, hundiéndose profundo, su semen caliente inundándome, el pulso de su corrida sincronizado con mis espasmos.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, el sudor enfriándose en la piel. La lluvia amainaba afuera, dejando un silencio roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas. Marco me besó la frente, tierno ahora, su mano acariciando mi cabello revuelto.

—Eres el agente causal que alteró mi triada para siempre —le susurré, riendo bajito.

Los días siguientes fueron un torbellino de exploraciones diurnas y nocturnas. En el río, bajo cascadas que masajeaban nuestra piel, nos amamos de pie, el agua fría contrastando con el calor de su polla dentro de mí. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones mientras yo lo montaba en la orilla fangosa, el barro manchándonos como pintura primitiva. Cada vez era más intenso: en la tienda de campaña, con el nylon crujiendo bajo nuestros movimientos; contra un árbol centenario, la corteza rugosa en mi espalda mientras él me penetraba desde atrás, sus dedos en mi clítoris acelerando el ritmo.

Pero no era solo físico. Hablábamos horas, compartiendo sueños. Él de su infancia en la selva, yo de mis investigaciones. Este pendejo me tiene enganchada, no solo el cuerpo, sino el alma, reflexionaba mientras lo veía dormir, su pecho subiendo y bajando al ritmo del viento en las hojas.

El último día, antes de partir, nos despedimos en un claro bañado por sol. Nos besamos lento, saboreando el adiós salado. Su mano entre mis piernas una última vez, dedos hundiéndose familiar, llevándome a un orgasmo suave, tembloroso. Lágrimas se mezclaron con sudor, pero eran de felicidad.

De vuelta en la ciudad, el bullicio del DF me parecía falso comparado con esa selva. Marco y yo seguimos en contacto, planeando volver. Él había sido el agente causal en la triada ecológica de mi deseo: invadiendo mi huésped solitario, transformado por el ambiente selvático. Ahora, mi vida tenía un nuevo equilibrio, uno cargado de promesas húmedas y pasionales.

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