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Prueba Pink Acordes

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Prueba Pink Acordes

Tú entras al depa de Sofía en la Roma Norte, con el sol de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas. El aire huele a café recién hecho y a un perfume dulce, como jazmín mezclado con algo más terrenal, que te hace cosquillas en la nariz. Sofía te recibe con una sonrisa pícara, vestida con un top ajustado que deja ver el contorno de sus tetas firmes y unos shorts que abrazan sus caderas anchas. Órale, qué chava tan rica, piensas, mientras tu verga da un leve brinco en los jeans.

¿Será que hoy aprendo algo más que guitarra? Neta, su mirada me está quemando.

—Pásale, wey —te dice con esa voz ronca, típica de chilanga que ha fumado unos cigarros en su vida—. Tengo la guitarra lista. Hoy vas a probar pink acordes, mis favoritas, las inventé yo pa' un rollo sensual.

Te sientas en el sofá mullido, ella se acomoda a tu lado, tan cerca que sientes el calor de su muslo rozando el tuyo. La guitarra es rosada, brillante, con cuerdas que parecen vibrar solas. Sus dedos delgados, con uñas pintadas de rosa chicle, se posan en el mástil. Te la pasa y te guía la mano.

—Mira, así se hace el primer pink acorde. Presiona aquí, siente la tensión en las cuerdas, como si fueran mis nervios cuando me excito.

El sonido sale rasposo al principio, pero cuando lo afinas, resuena profundo, vibrando en tu pecho. Sus dedos corrigen los tuyos, presionando con firmeza, y un escalofrío sube por tu brazo. Huele a su piel, salada y cálida, y ves cómo su pecho sube y baja más rápido. La habitación se llena del aroma de su excitación sutil, ese olor almizclado que te pone la piel de gallina.

Pasan los minutos, probando pink acordes uno tras otro. Cada vez que tocas bien, ella aplaude bajito y se inclina, rozando su teta contra tu hombro. No mames, esto es tortura deliciosa. Tu verga ya está dura como piedra, apretada contra la tela, palpitando con cada roce accidental.

—Estás progresando chido —murmura, su aliento caliente en tu oreja—. Pero falta el acorde secreto, el que hace que todo vibre de verdad.

Acto dos comienza cuando deja la guitarra a un lado. Sus ojos te clavan, oscuros y hambrientos. —Prueba pink acordes en mí ahora —susurra, guiando tu mano a su muslo—. Toca como si fuera el mástil.

El corazón te retumba en los oídos, como un bombo en un antro. Tus dedos suben despacio, sintiendo la suavidad de su piel morena, tibia como arena caliente de playa. Ella gime bajito, un sonido gutural que te eriza el vello. Le quitas el top con permiso, sus tetas saltan libres, pezones rosados endurecidos, pidiendo atención. Los tocas, pellizcas suave, y ella arquea la espalda, oliendo a sudor fresco y deseo.

Esto es real, wey. Su concha debe estar empapada ya.

—Sí, así, cabrón —jadea, mientras te desabrocha los jeans—. Neta me late cómo tocas.

Te baja el calzón y tu verga salta, venosa y gruesa, goteando pre-semen. Ella la agarra, la aprieta como si fuera una cuerda de guitarra, y te mama despacio. Su boca es fuego húmedo, lengua girando en la cabeza, saboreando tu sal. Gimes fuerte, el sonido rebota en las paredes, mezclado con el chasquido de sus labios. Sientes cada vena pulsando, el calor de su garganta cuando traga más hondo.

La recuestas en el sofá, le bajas los shorts. Su panocha es rosada, labios hinchados brillando de jugos, clítoris asomando como un botón perfecto. La pruebas con la lengua, lamiendo suave, sabor ácido-dulce como tamarindo maduro. Ella agarra tu pelo, gimiendo ¡ay, wey, no pares!, caderas moviéndose al ritmo de tus lamidas. El olor es intenso, puro sexo mexicano, terroso y adictivo.

La tensión sube como un solo de guitarra. Tus dedos entran en ella, dos primero, curvados tocando ese punto rugoso adentro. Ella grita, paredes apretando, jugos chorreando por tu mano. Está cañón, se va a venir. La besas, probando su boca, lengua enredada, mientras frotas tu verga contra su entrada.

—Métemela ya, pendejo —suplica, ojos vidriosos—. Prueba el pink acorde final.

Empujas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su concha te envuelve, caliente y apretada como un guante vivo. Gimes al llenarla, el roce de sus paredes masajeando cada pulgada. Empiezas a bombear, lento al principio, el slap-slap de piel contra piel llenando el aire, sudor goteando, mezclando olores. Ella clava uñas en tu espalda, dejando marcas rojas que arden delicioso.

La volteas a cuatro patas, guitarra rosada a un lado como testigo. Agarras sus caderas, embistes fuerte, bolas golpeando su clítoris. Sus gemidos son música, altos y roncos: ¡Más duro, cabrón! ¡Sí, joder!. Sientes el orgasmo construyéndose, bolas tensas, verga hinchándose más. Ella tiembla primero, concha contrayéndose en espasmos, gritando tu nombre mientras chorrea.

Acto final: te vienes con un rugido, semen caliente llenándola, pulsos interminables. Colapsan juntos, cuerpos pegajosos de sudor, respiraciones entrecortadas. El aire huele a sexo crudo, semen y jugos mezclados. La abrazas, sientes su corazón galopando contra tu pecho.

—Fue el mejor pink acorde ever —ríe ella, besándote la frente—. ¿Clase dos cuando?

Neta, esto cambia todo. Su piel contra la mía, ese calor residual... quiero más.

Te quedas ahí, en afterglow, con el sol poniéndose, guitarra rosada brillando. El deseo se transforma en algo más profundo, una conexión que vibra como las cuerdas que probaste. Sales de su depa con una sonrisa tonta, piernas flojas, sabiendo que volverás por más pink acordes.

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