No Estás Cansado de Intentar Llenar Ese Vacío
La noche en Polanco bullía con ese calor pegajoso de julio, el tipo que te hace sudar bajo las luces neón de los rooftops. Yo, Ana, estaba ahí sentada en la barra del Azul, con un mezcal en la mano que picaba en la lengua como un beso traicionero. Llevaba meses sintiendo ese hueco en el pecho, un vacío que ningún wey había logrado tapar. Salía con pendejos que prometían el cielo y me dejaban con las manos vacías, siempre lo mismo: sexo rápido, promesas falsas y al día siguiente, nada. El hielo tintineaba en mi vaso mientras el DJ soltaba un cumbia rebajada que vibraba en el piso de madera, haciendo que mis muslos se rozaran contra el vestido negro ajustado.
Entonces lo vi. Diego. Alto, con esa piel morena que brillaba bajo las luces, camisa blanca desabotonada dejando ver un pecho firme salpicado de vello oscuro. Se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a colonia cara mezclada con el humo de su cigarro. Órale, carnal, qué buena onda, pensé, mientras él pedía un tequila reposado al barman.
—Neta, güey, pareces de esas que carga el mundo en los hombros —dijo, su voz grave retumbando como el bajo de la música.
Me reí, sorbiendo el mezcal que quemaba dulce en la garganta. —Y tú pareces de los que resuelve problemas ajenos.
Charlamos. Habló de su vida como DJ freelance, de fiestas en la Roma y playas en Puerto Escondido. Yo le conté lo justo: el divorcio reciente, las noches sola mirando el techo. Sus ojos cafés me clavaban, como si me leyera el alma. El aire estaba cargado de jazmín del jardín vertical y sudor fresco de cuerpos bailando. Nuestras rodillas se rozaron bajo la barra, un toque eléctrico que me erizó la piel.
¿No estás cansada de intentar llenar ese vacío con weyes que no valen la pena?, pensé, mientras su mano rozaba la mía accidentalmente. O tal vez no era accidental.
—Baila conmigo —me dijo, extendiendo la mano. Su palma era cálida, callosa de tanto manejar tornamesas.
Acto seguido, nos metimos en la pista. El ritmo nos pegó como una ola, caderas moviéndose al compás. Su cuerpo se pegaba al mío por detrás, duro y firme, el calor de su aliento en mi cuello. Olía a hombre, a sal y deseo crudo. Mis pezones se endurecieron contra el encaje del brasier, rozando la tela con cada giro. Chingao, qué rico se siente esto, gemí internamente mientras sus manos bajaban por mi cintura, apretando suave pero firme.
La tensión crecía como el calor entre mis piernas. Bailamos hasta que el sudor nos empapaba, mi vestido pegándose a las curvas, delineando cada centímetro. Me giró, sus labios a un suspiro de los míos. —Mamacita, ¿no estás cansada de intentar llenar ese vacío sola? —murmuró, sus palabras vibrando en mi piel.
Lo miré, el corazón latiendo como tambores. —Muéstrame cómo no estarlo.
Salimos del rooftop tomados de la mano, el viento nocturno fresco contra mi piel ardiente. Su departamento estaba a unas cuadras, en una condo minimalista con vistas a Reforma. Adentro, el aire acondicionado nos golpeó como una caricia helada. Me sirvió un trago de tequila con limón, el cítrico explotando en mi boca mientras nos besábamos por primera vez. Sus labios eran suaves pero urgentes, lengua danzando con la mía, saboreando el salado de su piel.
Me quitó el vestido despacio, sus dedos trazando mi espina dorsal, erizándome hasta el alma. Quedé en lencería negra, el encaje contrastando con mi piel canela. Él se desvistió, revelando abdominales marcados, un vientre plano y esa erección que tensaba sus bóxers. Qué chingón, pensé, el pulso acelerado en mis sienes.
Esto no es solo carne, es como si supiera exactamente dónde duele el vacío y supiera curarlo con sus manos.
Me llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. Su aliento caliente sobre mis muslos internos me hizo arquear. Lamía suave por encima de las bragas, el olor a mi excitación mezclándose con su colonia. Las apartó con los dientes, exponiéndome al aire. Su lengua encontró mi clítoris, círculos lentos que me hicieron jadear. ¡Ay, wey! ¡Qué rico! Gemí, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto.
El placer subía como una marea, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Saboreaba mis jugos, chupando con hambre, dedos curvándose dentro de mí rozando ese punto que me volvía loca. El sonido de mis gemidos ahogados, húmedos, llenaba la habitación junto al zumbido del AC. Sudor perlando su frente, gotas cayendo en mi vientre. Me corrí primero, un estallido que me dejó temblando, piernas flojas, el vacío cediendo un poco ante la plenitud.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi nuca, mi espalda. Su verga dura presionaba contra mis nalgas, caliente y palpitante. —¿Quieres que te llene de verdad? —susurró, su voz ronca.
—Sí, carnal, hazlo —rogué, empinándome.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Chingao, qué grueso, pensé, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis puro. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, el slap de piel contra piel resonando. Olía a sexo, a sudor y almizcle. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, tirando suave. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, el placer acumulándose como tormenta.
Cambiamos posiciones. Yo encima, cabalgándolo, mis uñas en su pecho dejando marcas rojas. Lo veía sudar, músculos tensos, ojos fijos en los míos. —Eres increíble, Ana —jadeó, sus caderas subiendo a mi ritmo. El roce interno me volvía loca, clítoris frotándose contra su pubis. Gemidos mezclados, besos salados, lenguas enredadas.
La intensidad creció. Me puso contra la pared, piernas alrededor de su cintura, follando duro. El yeso fresco en mi espalda, sus gruñidos en mi oído. —¡No más vacío, güey! ¡Lléname! —grité, el orgasmo rompiéndome en olas. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, un gemido gutural que vibró en su pecho contra el mío.
Caímos en la cama exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa. Su mano acariciaba mi pelo, el corazón latiéndole fuerte bajo mi oreja. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda. Afuera, el tráfico de Reforma zumbaba lejano.
Ya no estoy cansada de intentar llenar ese vacío. Por primera vez, se siente lleno, completo. ¿Y si esto es el principio?
Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando susurros. Me contó de su propia soledad, de giras solitarias. Yo le confesé miedos. No era solo sexo; era conexión, carne y alma entrelazadas. Cuando salí, el sol tiñendo el cielo de rosa, caminé ligera. El vacío ya no dolía tanto. Gracias, Diego, pensé, con una sonrisa que sabía a promesas nuevas.