Probando en Alemán
La noche en la Roma estaba viva como siempre, con ese bullicio de bares y risas que te envuelve como un abrazo caliente. Yo, Ana, acababa de salir del trabajo en mi agencia de diseño, con el cuerpo pidiéndome a gritos un trago y algo de diversión. Me metí al Barba Azul, uno de esos antros chidos donde la gente guapa se junta a coquetear sin pendejadas. Pedí un mezcal con naranja, y mientras sorbía el humo ahumado que me picaba en la lengua, lo vi. Alto, rubio, con ojos azules que cortaban como cuchillos helados. Se llamaba Klaus, alemán de Berlín, aquí de turista por unos días. Hablaba un español chueco pero con acento que me erizaba la piel.
Órale, este wey es un chingón, pensé. Su sonrisa torcida me hacía cosquillas en el estómago, y su olor, una mezcla de colonia fresca y cerveza europea, ya me tenía mareada.
Charlamos de todo: de tacos al pastor versus currywurst, de la locura de la CDMX contra la puntualidad teutona. Él reía con esa carcajada grave que vibraba en mi pecho, y yo le seguía el rollo, rozando su brazo "sin querer" cada rato. La tensión crecía como el calor en el fondo de mi vientre. "¿Quieres ver mi hotel? Está cerca", me soltó de repente, con los ojos clavados en mis labios. No lo pensé dos veces. "Vamos, guapo".
En el taxi, su mano ya estaba en mi muslo, subiendo despacito por debajo de mi falda negra ajustada. Sentía el calor de su palma a través de las medias, y mi piel se ponía de gallina. Olía a su excitación mezclada con el perfume, un aroma almizclado que me humedecía las bragas. Llegamos al Hotel Condesa, un lugar fancy con luces tenues y sábanas de algodón egipcio que crujían bajo nuestros cuerpos cuando nos lanzamos a la cama.
Acto de escalada. Sus labios me devoraban el cuello, mordisqueando suave, mientras yo le arañaba la espalda bajo la camisa. "Eres deliciosa, Ana", murmuró en su alemán gutural, y eso me prendió más. Le quité la playera, admirando su pecho firme, velludo justo lo necesario, con ese olor a hombre sudado que me volvía loca. Mis tetas se apretaban contra él, los pezones duros rozando su piel salada. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo la verga tiesa latiendo bajo la tela. "Quiero probar algo nuevo", dijo, con voz ronca. "Try in german. Palabras sucias en mi idioma. Te enseño".
Me reí, nerviosa y cachonda. "¿Try in german? Suena cabrón". Él asintió, besándome el lóbulo de la oreja mientras susurraba: "Ja, fick mich. Significa 'sí, fóllame'". Repetí las palabras, torpe, sintiendo el poder en mi lengua: "Ja... fick mich". Su gruñido fue como un trueno, y me volteó boca arriba, arrancándome la blusa. Sus manos grandes me amasaban las chichis, pellizcando los pezones hasta que gemí alto, el placer punzando como chiles habaneros.
Pinche Klaus, este juego de try in german me está volviendo loca, pensé. Cada sílaba en alemán salía de mi boca como un conjuro que lo ponía más duro.
Me quitó las bragas de encaje rojo, y sentí el aire fresco en mi concha mojada, reluciente de jugos. Él se arrodilló entre mis piernas, oliendo mi aroma almizclado de excitación. "Lame mi pussy", le ordené juguetona, pero él sonrió y dijo: "Leck mich, lame me". Su lengua se hundió en mí, plana y caliente, lamiendo despacio desde el clítoris hasta el ano, chupando mis labios hinchados. Saboreaba mis fluidos salados, gimiendo contra mi carne. Yo arqueaba la espalda, las uñas clavadas en su pelo rubio, el sonido de su succión húmeda llenando la habitación junto a mis jadeos: "¡Ja, leck mich más fuerte, cabrón!". El cuarto olía a sexo puro, sudor y mi esencia dulce.
La intensidad subía como el volcán Popo. Le jalé la cabeza arriba y lo besé, probando mi propio sabor en su boca áspera. "Ahora tú, saug meinen Schwanz", enseñó, guiando mi cabeza a su verga. Era gruesa, venosa, con la cabeza roja brillante de precum salado. La chupé ansiosa, la lengua girando alrededor del glande mientras él gemía "Ja, gut so". Sentía las venas pulsando en mi boca, el olor masculino fuerte invadiendo mis fosas nasales. Lo mamaba profundo, hasta la garganta, escupiendo saliva que corría por sus huevos pesados.
No aguanté más. "Fóllame ya, Klaus. Fick mich hart", supliqué, usando sus palabras. Me puso a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. Su verga rozó mi entrada, untándose en mis jugos, y empujó despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo, el placer quemando como tequila puro. Empezó a bombear, lento al principio, el slap-slap de piel contra piel resonando, sus bolas golpeando mi clítoris. "¡Más rápido, wey! Schneller!", grité, y él obedeció, agarrándome las caderas con fuerza, dejando marcas rojas.
Esto de try in german es lo máximo, cada orden en su idioma me hace correrme más cerca, pensé, mientras mi concha se contraía alrededor de su pija.
Cambié de posición, montándolo como reina. Sus manos en mis tetas rebotando, yo cabalgando salvaje, sintiendo su pubis frotando mi clítoris. Sudor nos cubría, brillando bajo la luz ámbar, el aire cargado de gemidos y el chirrido de la cama. "¡Voy a venirme, Ana! Ich komme!", rugió. "¡Dame todo, spritz in mir!", respondí, recordando su lección. El orgasmo nos golpeó juntos: mi coño apretándolo en espasmos, chorros de placer mojando sus huevos, mientras él se vaciaba dentro, caliente y espeso, pulsando una y otra vez.
Colapsamos, jadeantes, su semen goteando de mí sobre las sábanas. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopando contra mi oreja, oliendo nuestra mezcla de fluides y sudor. "Fue increíble eso de try in german", murmuré, besando su piel salada. Él rio bajito, acariciándome el pelo. "Tú eres una maestra rápida, mi Ana mexicana".
Nos quedamos así, en afterglow, con la ciudad zumbando afuera. No era solo sexo; era conexión, esa chispa rara que te deja pensando en más. Mañana él vuela de regreso, pero esa noche, con palabras alemanas tatuadas en mi piel, supe que lo recordaría cada vez que probara algo nuevo.