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El Tri de Mexico Logo en Piel Ardiente

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El Tri de Mexico Logo en Piel Ardiente

La noche del partido contra Brasil estaba que ardía en el bar La Verde. El lugar rebosaba de gritos, chelas heladas chocando y el olor a tacos al pastor flotando en el aire. Yo, Ana, estaba ahí con mis cuates, vestida con mi camiseta del Tri, sintiendo el pulso de la nación en cada porra. Órale, qué chido, pensé, mientras el sudor me perlaba la piel bajo las luces neón. Entonces lo vi: un wey alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo una playera ajustada del Tri de México. Y ahí, asomando por el cuello de la camisa, el logo del Tri de México, tatuado en negro y verde, un águila feroz devorando la serpiente sobre su pecho pectoral.

Mi mirada se clavó en ese logo como si fuera un imán. Neta, qué rico se ve, me dije, imaginando mis dedos trazando esas líneas en su piel caliente. Él volteó, me cachó mirando y sonrió con esa picardía mexicana que te hace mojar de inmediato. Se acercó con una cerveza en la mano, el aroma de su colonia mezclada con sudor varonil invadiendo mi espacio.

¿Qué onda, morra? ¿Ves algo que te guste?

Su voz grave retumbó como el rugido de la afición. "Sí, wey, ese logo del Tri de México en tu pecho. Me prende cañón", le contesté coqueta, mordiéndome el labio. Se rió, se jaló un poco la playera para mostrar más del tatuaje. La tinta brillaba bajo la luz, y alcancé a oler su piel salada. Hablamos de fútbol, de cómo el Tri nos une a todos, pero la tensión sexual crecía con cada mirada. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía mi panocha palpitando, húmeda ya de pura anticipación.

El partido terminó en empate, pero para nosotros apenas empezaba. "¿Te late ir a otro lado?", me dijo al oído, su aliento cálido rozándome el cuello. Sí, pendejo, neta sí, pensé. Salimos del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche CDMX contrastando con el calor entre mis piernas. Caminamos hasta su depa en la Condesa, riendo, rozándonos accidentalmente. Cada roce era eléctrico: su mano en mi cintura, mi cadera contra su paquete endurecido.

Adentro, el lugar olía a hombre soltero: cuero de sofá, un poco de humo de cigarro viejo y esa esencia masculina que me volvía loca. Nos besamos de pie en la sala, sus labios gruesos saboreando a tequila y deseo. Le quité la playera de un jalón, y ahí estaba completo el el Tri de Mexico logo, tatuado sobre su pezón izquierdo, el águila extendiendo alas como si volara con cada latido de su corazón. Mis uñas lo rastrillaron suave, sintiendo la textura áspera de la tinta contra su piel suave y caliente.

"Chíngame, Ana, me encanta cómo tocas mi logo del Tri", murmuró, mientras sus manos grandes me amasaban las nalgas por encima del jeans. Me cargó como si nada, mis piernas envolviéndolo, y me llevó al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas arrugadas prometiendo desmadre. Me tumbó con cuidado, pero sus ojos brillaban de hambre. Se arrodilló entre mis piernas, desabrochándome el bra, chupando mis tetas con lengua experta. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras su boca bajaba, lamiendo mi ombligo, mordisqueando el borde de mi calzón.

El aroma de mi excitación llenaba el aire, dulce y almizclado, mezclándose con su sudor. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, apuntándome como un trofeo del Tri. Qué madre, qué tan grande y dura, pensé, acariciándola desde la base hasta la cabeza, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma. Él gruñó, un sonido animal que me erizó la piel, y me quitó el calzón de un tirón. Su lengua invadió mi chochito, lamiendo clítoris con maestría, chupando mis jugos como si fueran el mejor pulque.

La tensión subía como el minuto 90 de un partido decisivo. Yo arqueaba la espalda, mis manos enredadas en su pelo negro, oliendo a shampoo de hierbas. No pares, cabrón, neta me vas a hacer venir. Él aceleró, dos dedos adentro curvándose justo en mi punto G, mientras su boca succionaba. El orgasmo me estalló como un gol de último minuto: olas de placer recorriéndome, piernas temblando, grito ahogado en la almohada. Sudor frío en mi frente, el sabor salado en mis labios mordidos.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo la curva de mi espinazo hasta las nalgas. Su verga rozaba mis muslos internos, dejando rastros húmedos de precum. "¿Quieres que te coja ya, morrita?", ronroneó. "¡Sí, métemela toda, wey!", supliqué, empinando el culo. Entró lento al principio, centímetro por centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el calor abrasador llenándome, su pubis chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas.

El ritmo creció: embestidas profundas, sus bolas golpeando mi clítoris, el sonido obsceno de piel contra piel. Agarré las sábanas, oliendo su aroma impregnado en ellas. Volteó mi cara para besarme, lengua enredándose salvaje, mientras su mano bajaba a mi botón, frotando en círculos. Es demasiado, pendejo, me vas a romper de placer. Sudábamos como en pleno Azteca, el logo del Tri presionado contra mi espalda cuando se inclinó sobre mí, sus pectorales duros como roca.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones. Yo cabalgaba fuerte, sintiendo su verga golpear mi cervix, mis jugos chorreando por sus bolas. El cuarto apestaba a sexo puro: semen, sudor, panocha mojada. Él se incorporó, chupándome el cuello, mordiendo suave mientras yo rebotaba. "¡Me vengo, Ana, chíngate!", rugió, y sentí su leche caliente explotando adentro, llenándome hasta rebosar.

Yo exploté segundos después, visión borrosa, cuerpo convulsionando sobre él. Colapsamos juntos, jadeando, piel pegajosa y reluciente. Su corazón tronaba bajo mi oreja, el logo del Tri de México subiendo y bajando con cada respiro. Lo besé ahí, saboreando sal y tinta, mientras el afterglow nos envolvía como niebla post-partido.

"Neta, ese logo tuyo me mató", le susurré, trazándolo con el dedo. Él rió bajito, abrazándome fuerte. "Y tú me hiciste campeón, morra". Nos quedamos así, enredados, escuchando el tráfico lejano de la ciudad, sintiendo esa conexión mexicana profunda: pasión por el Tri, por la vida, por el placer compartido. Mañana sería otro día, pero esa noche, con el logo ardiente bajo mi piel, supe que repetiríamos. El Tri siempre gana en la cama.

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