Bedoyecta Tri Ampolletas Desatando el Fuego
Era una de esas tardes calurosas en la Ciudad de México, donde el sol pegaba como si quisiera derretir el asfalto de la colonia Roma. Yo, Ana, acababa de llegar del jale en la oficina, con el cuerpo hecho pedazos de tanto estrés y noches mal dormidas. Mi carnal, Marco, me esperaba en el depa con esa sonrisa pícara que siempre me hace derretir. Órale, mi reina, te ves cansadísima, me dijo mientras me quitaba la chamarra y me plantaba un beso en el cuello que me erizó la piel.
Nos conocimos en una fiesta hace un año, en un bar de la Condesa, y desde entonces no nos despegamos. Él es alto, moreno, con unos ojos que te clavan y un cuerpo de gym que me vuelve loca. Pero esa noche, yo andaba muerta. Neto que hoy no hay acción, amor, le solté, tirándome en el sofá con un suspiro. Él se rio bajito, ese sonido ronco que me recorre la espina dorsal, y sacó del refri una cajita fría. Mira lo que te traje, preciosa. Bedoyecta Tri ampolletas. Dicen que es pura vitamina, te va a cargar las pilas en un dos por tres.
Yo lo miré con cara de qué pedo, pero él insistió.
Confía en mí, Ana. Te lo aplico yo y vas a sentirte como nueva. Imagínate la energía corriendo por tus venas, lista para todo, murmuró, acercándose con esa mirada de lobo hambriento. El aire olía a su colonia mixta con el sudor ligero del día, un aroma que ya me tenía entre las piernas un cosquilleo. Me convenció. Me recargué en la mesa de la cocina, bajé el pantalón un poquito, exponiendo la nalga firme. Sentí el alcohol frío en la piel, el pinchazo rápido y leve, como un beso punzante. Ya está, mi amor. Ahora espera el rush, dijo, besándome la curva de la cadera.
Al principio, nada. Solo el calor de su mano masajeando el sitio de la inyección, sus dedos fuertes amasando mi carne suave. Pero de repente, pum, una oleada de energía me subió desde el estómago hasta la cabeza. Mi corazón latió más rápido, la sangre bullendo como tequila en las venas. Lo miré y vi todo diferente: su pecho ancho subiendo y bajando, el bulto creciendo en sus jeans, el brillo en sus labios carnosos. ¿Qué chingados me pasa?, pensé, mientras un calor líquido se acumulaba entre mis muslos. Lo jalé de la camisa, Ven acá, cabrón, no sabes lo que me provocas.
Nos besamos como posesos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo puro. Sus manos grandes me apretaron las nalgas, levantándome contra la encimera. Sentí su verga dura presionando mi monte, un pulso caliente que me hacía gemir bajito. Estás ardiendo, Ana, neta que la Bedoyecta tri ampolletas te prendió, jadeó contra mi oreja, mordisqueándola suave. Yo reí, pero era verdad. Mi piel vibraba, cada roce era eléctrico, como si miles de chispas bailaran bajo la epidermis.
Lo empujé al sofá, quitándole la playera de un tirón. Su torso moreno, sudado, olía a hombre, a sal y almizcle. Lamí sus pezones duros, sintiendo cómo se erizaban bajo mi lengua húmeda. Él gruñó, ¡Mamacita, qué rica!, y me volteó bocabajo, despojándome de la blusa y el bra. Mis chichis se liberaron, pesadas y sensibles, los pezones tiesos rozando el cuero del sofá. Sus dedos bajaron mi calzón, exponiendo mi panocha ya empapada, hinchada de ganas. El aire fresco besó mis labios mayores, y olí mi propia excitación, dulce y almizclada.
Marco se arrodilló detrás de mí, separando mis piernas con manos firmes. Estás chorreando, amor, susurró, y su aliento caliente me hizo arquear la espalda. Su lengua llegó primero, plana y ancha, lamiendo desde el clítoris hasta el ano en una caricia larga. ¡Ay, wey, no pares!, grité, mis uñas clavándose en los cojines. Saboreó mis jugos con gemidos guturales, chupando el botón hinchado mientras dos dedos gruesos se hundían en mí, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jadeos roncos mezclados con su respiración agitada. Mi cuerpo temblaba, la energía de la bedoyecta tri ampolletas amplificando cada sensación hasta el límite.
Pero no quería correrme todavía. Lo volteé, desabrochando sus jeans con dedos torpes de pura urgencia. Su verga saltó libre, venosa y gruesa, la cabeza brillante de precum. La tomé en la mano, sintiendo el calor palpitante, el pulso acelerado como mi propio corazón. Te la chupo hasta que ruegues, le dije, mirándolo a los ojos. Me la metí a la boca, saboreando la sal de su piel, la textura sedosa sobre la dureza de acero. Él se recargó, gimiendo ¡Puta madre, Ana, eres la mejor!, sus caderas moviéndose leve, follando mi boca con cuidado. El olor de su sexo me embriagaba, mezclado con el mío aún en su aliento.
La tensión crecía, un nudo apretado en mi vientre. Lo monté, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. ¡Qué rico, cabrón, eres enorme!, exclamé, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Empecé a moverme, arriba y abajo, mis chichis rebotando con cada embestida. Él me agarró las caderas, clavándome los dedos, guiando el ritmo más rápido. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de carne chocando llenando la sala. Olía a sexo crudo, a fluidos y pasión desbocada.
Internamente, luchaba con el clímax inminente.
No tan rápido, disfruta, siente cada vena, cada roce en tu G, me dije, ralentizando para torturarnos. Marco se incorporó, chupando mis tetas, mordiendo suave mientras yo giraba las caderas en círculos. Me vengo si sigues así, gruñó. Lo desmonté, poniéndome a cuatro patas. Dame duro, amor, rómpeme. Él obedeció, embistiendo profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust. El placer era cegador, oleadas subiendo desde el útero, mis muslos temblando.
El orgasmo nos atrapó juntos. Yo primero, gritando su nombre mientras mi panocha se convulsionaba, ordeñando su verga en espasmos interminables. Chorros de placer me salpicaron las piernas, el sofá. Él rugió, hundiéndose al máximo, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro. Colapsamos, jadeantes, su peso cálido sobre mi espalda. Besos suaves en la nuca, manos acariciando mi pelo revuelto.
Después, en la cama, con las sábanas revueltas oliendo a nosotros, nos acurrucamos. La energía de la bedoyecta tri ampolletas aún zumbaba leve, pero ahora era paz. ¿Ves? Te dije que te iba a encender, murmuró Marco, trazando círculos en mi vientre. Yo sonreí, besándolo lento. La próxima te la pongo yo a ti, pendejo. Reímos, sabiendo que esto era solo el principio de muchas noches así, llenas de fuego y conexión profunda. Mi cuerpo, revitalizado, se sentía vivo, empoderado, listo para más.