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La Triada de Wes Desatada

7080 palabras

La Triada de Wes Desatada

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena mientras caminaba por la playa de Los Muertos. El olor a salitre se mezclaba con el aroma de las cocadas que vendían los ambulantes, y el sonido de las olas rompiendo contra la arena me hacía sentir viva, neta viva. Me llamaba Ana, tenía veintiocho años y acababa de terminar una relación que me había dejado con el corazón hecho mierda, pero también con ganas de algo nuevo, algo que me hiciera vibrar de verdad.

Ahí fue donde los conocí. Marco, mi amigo de la uni, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que siempre me había hecho cosquillas en el estómago, y Wes, el wey gringo que había llegado a México por negocios y se había quedado por puro amor a la vida loca. Wes era rubio, ojos azules como el mar, cuerpo de surfista marcado por el sol, y una risa que retumbaba como trueno lejano. Estábamos en un palapa, bebiendo chelas frías, cuando Marco soltó la bomba.

—Órale, Ana, ¿y si probamos algo chingón? La triada de Wes. Yo, tú y él. Sin compromisos raros, puro placer mutuo.

Mi corazón dio un brinco. La triada de Wes, así le decía Marco a su fantasía secreta. Wes nos miró con esos ojos que prometían pecados deliciosos, y asentí, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que no podía ignorar. Era consensual, todo entre adultos que sabíamos lo que queríamos. Esa noche, volvimos a la casa de Marco en la zona hotelera, con vistas al Pacífico que brillaban bajo la luna.

El aire estaba cargado de jazmín y mar, y el sonido de las palmeras susurrando me ponía la piel de gallina. Nos sentamos en la terraza, con una botella de tequila reposado que saboreaba como miel quemada en la lengua. Marco me besó primero, sus labios suaves y cálidos, su mano subiendo por mi muslo bajo el vestido ligero. Olía a colonia fresca y a hombre excitado. Wes observaba, su respiración pesada, y cuando se acercó, su toque fue eléctrico, dedos ásperos de tanto surf rozando mi cuello.

¿Esto es real? ¿Voy a dejar que pase?, pensé, mientras mi cuerpo gritaba . La tensión crecía como una ola, gradual, imparable.

Entramos a la habitación, iluminada solo por velas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes blancas. Me quitaron el vestido con lentitud tortuosa, Marco besando mi ombligo, Wes lamiendo el hueco de mi clavícula. Sentía sus alientos calientes en la piel, el roce de sus barbas incipientes como fuego. Mi panocha ya palpitaba, húmeda, ansiosa. Me recosté en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como seda contra mi espalda desnuda.

Marco se arrodilló entre mis piernas, su lengua experta explorando mis pliegues con devoción. ¡Qué chingón! El sabor salado de mi excitación lo volvía loco, gemía contra mí, vibraciones que me hacían arquear la espalda. Wes se posicionó a mi lado, su verga dura como piedra en mi mano, venosa, caliente, latiendo al ritmo de su pulso acelerado. La acariciaba despacio, sintiendo la piel sedosa sobre el acero, oliendo su aroma almizclado, puro macho.

Mamona, susurró Wes con acento yankee mezclado con slang mexicano que había aprendido. —Tócame más fuerte, carnalita.

Intercambiaron posiciones, Wes ahora entre mis muslos, su boca voraz chupando mi clítoris como si fuera el último dulce del mundo. Marco me besaba, su lengua danzando con la mía, sabor a tequila y deseo. Mis manos enredadas en sus cabellos, uno rubio y suave, el otro negro y ondulado. El cuarto olía a sexo incipiente, sudor fresco y lubricante natural.

La intensidad subía. Me puse de rodillas, alternando entre sus vergas, lamiendo una mientras pajeaba la otra. Marco gemía ¡órale, qué rico!, Wes gruñía en inglés mezclado, fuck, yes. Sus sabores distintos: Marco salado y familiar, Wes con un toque dulce exótico. Mis pezones duros rozaban sus muslos, enviando chispas directas a mi centro.

Esto es la triada de Wes, pensé. Tres cuerpos en perfecta armonía, sin celos, solo placer puro.

Marco me penetró primero, desde atrás, su verga gruesa llenándome hasta el fondo, embestidas lentas que me hacían jadear. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, me volvía loca. Wes delante, yo chupándolo profundo, garganta relajada por la práctica. Sentía sus bolas pesadas contra mi barbilla, su mano en mi nuca guiándome con ternura firme.

Cambiaron. Wes me entró despacio, su longitud estirándome deliciosamente, tocando puntos que Marco no alcanzaba. ¡Ay, wey! Grité, placer punzante. Marco besaba mis tetas, mordisqueando pezones, su mano en mi clítoris frotando círculos perfectos. El olor a sudor nuestro impregnaba todo, almizcle animal que me embriagaba. Mis uñas clavadas en las sábanas, caderas moviéndose al ritmo de sus empujones sincronizados.

La tensión psicológica era brutal. ¿Soy puta por disfrutar esto? No, soy poderosa, dueña de mi placer. Marco susurraba al oído: —Eres nuestra diosa, Ana. La triada de Wes es tuya también. Wes asentía, besando mi hombro, su aliento jadeante. Emocionalmente, me sentía conectada, vulnerable pero segura en sus brazos fuertes.

Escalamos juntos. Yo arriba de Marco, cabalgándolo como amazona, su verga hundiéndose profundo con cada rebote. Wes detrás, lubricando mi culito con saliva y mis jugos, dedo primero, luego dos, preparándome. Cuando entró, doble penetración, me llenaron por completo. El estiramiento ardiente, placer doloroso que explotaba en éxtasis. Gritos míos, ¡chinga, sí!, sus gruñidos roncos. Pieles resbaladizas de sudor, slap-slap-slap constante, olor a sexo crudo.

El clímax llegó como tsunami. Primero yo, contracciones violentas ordeñando sus vergas, jugos chorreando. Marco se vino dentro, calor líquido inundándome. Wes se retiró, eyaculando en mi espalda, chorros calientes que corrían como lava. Colapsamos en un enredo de miembros, pechos agitados, risas ahogadas.

El afterglow fue mágico. Yacíamos en la cama revuelta, brisa marina enfriando nuestros cuerpos febriles. Marco me acariciaba el cabello, oliendo a mi champú de coco. Wes trazaba círculos en mi vientre, su piel aún pegajosa. Bebimos agua fría, saboreando la sal en los labios.

La triada de Wes no era solo sexo, era conexión profunda, pensó Ana. Algo que cambiaría todo.

Nos duchamos juntos, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos, besos suaves bajo el agua caliente. Salimos a la terraza al amanecer, café negro humeante, platicando de sueños y chistes tontos. No hubo promesas eternas, solo la promesa de más noches así. Me sentía empoderada, completa, con el corazón latiendo fuerte por esta nueva familia sensorial.

La triada de Wes había despertado algo en mí. Y sabía que no sería la última vez.

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