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El Trio Ardiente con Mi Madrastra

7013 palabras

El Trio Ardiente con Mi Madrastra

Todo empezó en esa casa grande en Polanco, con sus balcones llenos de buganvilias rojas que olían a verano eterno. Yo, Alex, de veinticinco años, acababa de mudarme de nuevo con mi papá después de un desmadre en la uni. Pero mi papá estaba de viaje en Nueva York por negocios, y la que mandaba en la casa era ella: Carmen, mi madrastra. Una morra de treinta y ocho pirulos, con curvas que te dejaban babeando, tetas firmes que se marcaban bajo sus blusas escotadas y un culo redondo que se movía como en cámara lenta cuando caminaba por la cocina. Su piel morena brillaba con un aceite que olía a coco y vainilla, y su risa era como un ronroneo que te erizaba la piel.

Yo la veía de reojo mientras preparaba el café mañanero, sintiendo cómo mi verga se ponía dura solo con imaginarla.

¿Qué chingados me pasa? Es mi madrastra, güey. Pero pinche, qué rica está.
Ella me cachaba mirándola y solo sonreía con esos labios carnosos pintados de rojo, como si supiera exactamente lo que me provocaba. Mi novia, Sofía, venía mucho por la casa. Era una chava de mi edad, flaca pero con unas chichis perfectas y un tatuaje de mariposa en la cadera que me volvía loco. Las dos se llevaban chido, como cuñadas, platicando de todo mientras yo las espiaba desde el sofá.

Una noche de viernes, con el calor agobiante de la ciudad, nos quedamos solos los tres. Papá llamó para decir que se quedaría una semana más. Carmen propuso unas chelas en la terraza, con luces tenues y música de Natalia Lafourcade de fondo, suave y sensual. El aire olía a jazmín del jardín y a las velas de citronela que parpadeaban. Sofía llegó con un vestido corto negro que se le pegaba al cuerpo sudado, y Carmen andaba en short de mezclilla y top blanco que dejaba ver sus pezones endurecidos por la brisa.

Bebimos, reímos, y el alcohol nos soltó la lengua. "Órale, Alex, ¿nunca has pensado en un trío?" soltó Sofía de la nada, con los ojos brillando picarones. Yo me quedé pasmado, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. Carmen se rio, cruzando las piernas y rozando mi muslo con su pie descalzo, suave como seda. El calor de su piel me quemaba a través del pantalón.

Esto no puede estar pasando. ¿Un trío con mi madrastra? Mi verga ya está latiendo como loca.

La tensión creció como una tormenta. Sofía se acercó a mí, besándome el cuello con labios húmedos que sabían a tequila y lima. Su mano bajó por mi pecho, palpando mi erección. Carmen nos miró, mordiéndose el labio inferior, y en vez de irse, se unió. "¿Y si lo hacemos realidad, carnales? Solo esta noche, sin culpas." Su voz era ronca, cargada de deseo. Asentí, el corazón retumbándome en el pecho como tambores de mariachi.

Nos movimos a la recámara principal, la de Carmen, con sábanas de satén negro que olían a su perfume almizclado. La luz de la luna se colaba por las cortinas, pintando sus cuerpos en sombras doradas. Sofía me quitó la camisa, lamiendo mis pezones con una lengua caliente y juguetona, mientras Carmen se arrodillaba frente a mí, desabrochando mi jeans con dedos expertos. Sentí su aliento cálido en mi verga antes de que la engullera, chupando despacio, con un gemido que vibraba hasta mis huevos. Sabía a sal y a pecado, su boca era un horno húmedo que me hacía arquear la espalda.

Sofía se desnudó primero, revelando su panocha depilada y reluciente de jugos. Se recostó en la cama, abriendo las piernas, y yo me lancé a lamerla, saboreando su dulzor ácido como mango maduro. Ella jadeaba, "¡Sí, así, mi amor! ¡Come mi concha!" mientras sus uñas se clavaban en mi cuero cabelludo. Carmen se quitó el top, sus tetas rebotando libres, pezones oscuros y duros como chocolate. Se subió a la cama, montándome la cara, frotando su coño maduro y jugoso contra mi boca. Olía a mujer en celo, a feromonas que me nublaban la mente. Lamí su clítoris hinchado, sintiendo cómo temblaba, sus muslos apretándome las mejillas.

Un trío con mi madrastra. Nunca lo imaginé tan chingón. Sus jugos me empapaban la cara, calientes y espesos.
Cambiamos posiciones. Yo me acosté, y Sofía se sentó en mi verga, cabalgándome con movimientos circulares que me hacían ver estrellas. Su coño apretado me ordeñaba, resbaloso y ardiente. Carmen se posicionó sobre mi rostro otra vez, pero ahora besaba a Sofía, sus lenguas danzando en un beso húmedo y sonoro que llenaba la habitación de slap-slap de saliva. Yo metía dedos en ambas, sintiendo sus paredes contraerse, oliendo la mezcla de sus arousals: Sofía fresca como piña, Carmen profunda como tierra mojada.

La intensidad subió. Carmen se bajó y guio mi verga hacia su entrada, empapada y lista. "Fóllame, Alex. Quiero sentirte dentro de mí." Me hundí en ella despacio, su coño maduro me abrazaba como un guante caliente, más experimentado que el de Sofía, con pliegues que masajeaban cada centímetro. Gemí fuerte, el sonido ahogado por la boca de Sofía que me besaba. Carmen rebotaba sobre mí, sus tetas golpeando mi pecho con palmadas sudorosas, el sudor goteando de su frente al mío, salado en mis labios.

Sofía no se quedó atrás. Se colocó a cuatro patas, ofreciéndome su culo perfecto. Cambié, embistiéndola por detrás mientras Carmen lamía sus chichis desde abajo. El cuarto apestaba a sexo: sudor, semen preeyaculatorio, coños mojados. Los gemidos se mezclaban con el crujir de la cama y el slap-slap de piel contra piel. Mi madrastra gime como una puta en calor, y Sofía grita mi nombre. Esto es el paraíso.

El clímax se acercaba como un tren. Sentí mis huevos apretarse. "¡Me vengo, cabrones!" grité. Carmen se giró rápido, abriendo la boca junto a la de Sofía. Eyaculé chorros calientes sobre sus lenguas extendidas, viendo cómo se lamían mutuamente, tragando mi leche espesa que sabía a almendras. Ellas se corrieron después, Sofía frotándose el clítoris mientras yo la penetraba con dedos, y Carmen temblando contra mi mano, sus jugos chorreando por mis antebrazos.

Nos derrumbamos en un enredo de cuerpos sudorosos, el aire pesado con el olor a orgasmo fresco. Carmen me acarició el pelo, sus uñas suaves en mi nuca.

¿Qué sigue? ¿Fue solo un sueño loco?
Sofía se acurrucó en mi otro lado, besándome la mejilla. "Eso fue chido, amor. El mejor trío con tu madrastra." Carmen rio bajito. "Y no será el último, ¿verdad?"

Al amanecer, con el sol filtrándose rosado, nos duchamos juntos. El agua caliente lavaba el sudor, pero no las memorias. Sus cuerpos resbalosos contra el mío, jabón perfumado a lavanda. No hubo culpas, solo sonrisas cómplices. Mi papá regresaría pronto, pero esa noche había cambiado todo. El deseo latía aún, prometiendo más tríos con mi madrastra, en secreto, en la casa que ahora olía a nosotros tres.

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