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Triada Erótica de la Seguridad de la Información

6614 palabras

Triada Erótica de la Seguridad de la Información

Estaba en el gran salón de convenciones de Polanco, rodeada de pantallas gigantes y el zumbido constante de laptops abiertas. El aire olía a café recién molido mezclado con el perfume caro de los ejecutivos. Yo, Laura, experta en triada de la seguridad de la información, acababa de terminar mi plática sobre confidencialidad, integridad y disponibilidad. La gente aplaudía, pero mis ojos se clavaron en ellos: Marco y Sofía, dos colegas que había visto de reojo durante el coffee break.

Marco era alto, con esa barba recortada que te hace querer pasar los dedos por ella, ojos cafés intensos como el mezcal de Oaxaca. Sofía, morena de curvas que no mienten, con labios rojos que prometían pecados. Me acerqué a su mesa en la zona de networking, el corazón latiéndome un poquito más rápido. Neta, Laura, contrólate, pensé, pero el calor entre mis piernas ya empezaba a traicionarme.

—Órale, Laura, tu charla sobre la triada de la seguridad de la información estuvo chingona —dijo Marco, su voz grave como un ronroneo—. Confidencialidad para guardar secretos, integridad para no romper la confianza, disponibilidad para estar siempre listo.

Sofía sonrió, rozando mi brazo con sus uñas pintadas de negro. —Sí, y tú lo explicaste con esa pasión que nos dejó pensando en... aplicaciones prácticas.

Sentí un escalofrío. El roce de su piel era eléctrico, suave como satén contra mi blusa de seda. Hablamos un rato, riendo de anécdotas de hacks fallidos, pero el aire se cargaba de algo más. Sus miradas se cruzaban conmigo, prometiendo más que datos encriptados.

La noche cayó sobre la Ciudad de México como un manto de luces neón. Terminó la conferencia y nos invitaron a un after en un rooftop en Reforma. El viento fresco traía olor a tacos de la calle y jazmín de los jardines colgantes. Tomamos tequilas reposados, el líquido quemando dulce en la garganta, aflojando las lenguas.

—Imagínense —dijo Sofía, inclinándose hacia mí, su aliento cálido con toques de canela—, aplicar la triada de la seguridad de la información a algo más... personal. Confidencialidad: lo que pasa entre nosotros queda aquí. Integridad: total confianza, sin traiciones. Disponibilidad: cuando uno quiere, los otros están.

Marco asintió, su mano grande posándose en mi muslo bajo la mesa. El calor de su palma traspasaba la tela de mi falda, enviando ondas de placer hasta mi centro.

¡Ay, wey, esto va en serio!
Mi mente gritaba, pero mi cuerpo respondía arqueándose sutilmente hacia él.

—Suena tentador —susurré, mi voz ronca—. ¿Están disponibles?

Nos fuimos juntos al hotel, el lobby lujoso con pisos de mármol que resonaban bajo nuestros tacones. En el elevador, Sofía me besó primero, sus labios suaves y exigentes, saboreando a tequila y deseo. Marco nos vio, su erección marcada contra los pantalones, y se unió, su lengua explorando mi cuello, oliendo a colonia masculina y sudor limpio.

La habitación era amplia, con vistas al Ángel de la Independencia brillando afuera. Las cortinas se cerraron con un susurro, y el mundo se redujo a nosotros tres. Me quitaron la blusa despacio, sus manos expertas desabotonando, rozando pezones que se endurecían al aire fresco. Esto es confidencialidad pura, pensé, mientras Marco me susurraba al oído: —Nadie sabrá lo chingones que eres en la cama.

Nos tumbamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Sofía se arrodilló entre mis piernas, besando mi vientre, bajando lento. Su lengua trazó círculos en mi clítoris, húmeda y precisa, mientras yo gemía, el sonido rebotando en las paredes. Olía a su arousal, almizclado y dulce, mezclado con mi propio jugo que goteaba.

Marco se posicionó detrás de ella, quitándole el vestido. Sus tetas perfectas saltaron libres, pezones oscuros erectos. Él las chupó con avidez, succionando fuerte, haciendo que Sofía jadeara contra mi coño. Integridad total, carnales, mi cabeza daba vueltas. Confiaba en ellos ciegamente; no había espacio para dudas.

—Pásame un condón, amor —le dije a Marco, mi voz entrecortada. Él lo sacó rápido, enfundándoselo mientras yo lo montaba. Su verga era gruesa, llenándome hasta el fondo con un thrust que me hizo gritar. Sofía se sentó en su cara, él lamiéndola con hambre, sus bolas golpeando contra mí rítmicamente.

El slap-slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto con nuestros jadeos. Sudor salado en mi lengua cuando lamí el cuello de Sofía. Ella se corrió primero, temblando, su crema cubriendo la boca de Marco. Yo la seguí, oleadas de placer rompiendo como olas en Acapulco, mi pussy apretándolo como un vicio.

Cambié de posición, ahora Sofía debajo de mí en 69, su lengua danzando en mi ano mientras yo devoraba su coño empapado. Marco nos follaba alternando, primero a ella por detrás, luego a mí, su polla reluciente de nosotras.

Disponibilidad al cien, pendejos calientes
, reí en mi mente, el clímax construyéndose de nuevo.

El olor a sexo era espeso, almizcle y semen contenido. Sentía cada vena de su miembro pulsando dentro, cada contracción de Sofía en mi boca. Nos movíamos en sincronía perfecta, como un firewall impenetrable.

El pico llegó como un DDoS masivo: Marco se corrió dentro del condón, gruñendo mi nombre, su cuerpo convulsionando. Sofía y yo explotamos juntas, chillando, uñas clavadas en espaldas, piernas temblando. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

Nos quedamos así, piel pegajosa, el aire fresco del AC secando el sudor. Marco nos acariciaba el pelo, Sofía trazaba círculos en mi cadera. —La triada de la seguridad de la información nunca se sintió tan buena —murmuró él, riendo bajito.

Yo sonreí, besándolos a ambos. Confidencial, íntegro, disponible. Perfecto. Afuera, la ciudad bullía indiferente, pero en esa cama habíamos hackeado el placer supremo. No hubo promesas rotas, solo la promesa de más noches así, sellada en sudor y susurros.

Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de oro, nos vestimos entre besos perezosos. Bajamos al lobby, manos rozándose disimuladamente. La triada funcionó: secreto guardado, confianza intacta, y listos para repetir. Caminamos hacia el metro, el tráfico de CDMX rugiendo, pero en mi pecho latía la satisfacción de una noche chingona, inolvidable.

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