El Tri Setlist en Nuestra Piel
El antro rockero en la Condesa estaba a reventar esa noche, con el humo de los cigarros mezclándose con el olor a cerveza fría y sudor fresco. Yo, Karla, acababa de entrar con mis cuates, pero en cuanto sonó el primer riff de Triste Canción de Amor de El Tri, supe que la velada iba a ser épica. La banda tributo tocaba el setlist completo del último concierto en el Palacio, y el lugar vibraba como si Alex Lora estuviera ahí en persona gritando "¡Puro pa' delante!".
Me abrí paso entre la gente, mi blusa negra pegada al cuerpo por el calor, sintiendo cómo el bajo me retumbaba en el pecho, bajito en el estómago. Ahí lo vi: un morro alto, de cabello revuelto y playera gastada de El Tri, cantando a todo pulmón con los ojos cerrados. Neta, qué chido se ve, pensé, mientras mi piel se erizaba con las notas. Nuestras miradas se cruzaron cuando empezó Todo Me Gusta de Ti, y él sonrió, esa sonrisa pícara que dice "ven pa'cá".
Me acerqué bailando, el ritmo me mecía las caderas. "¿Ya viste el setlist completo, carnala?", me gritó al oído para que lo oyera sobre la música. Su aliento olía a chela y a menta, cálido contra mi oreja. "¡Sí, wey! Falta Abuso, ¿no?", respondí riendo, rozando su brazo sin querer. O queriendo. Su piel estaba caliente, áspera por el vello fino, y un chispazo me recorrió el cuerpo. Nos quedamos pegados toda la canción, moviéndonos al unísono, sus manos rozando mi cintura como si el setlist nos hubiera unido de golpe.
¿Qué chingados me pasa? Este pendejo me está poniendo caliente con solo bailar, pensé, mientras su pecho duro se presionaba contra mi espalda en el apretujón de la pista.
La noche escaló con Piedras Contra el Vidrio, y él me jaló a la barra. "Soy Marco", se presentó, sus ojos cafés clavados en los míos, oscuros de deseo. Pidió dos chelas heladas, y mientras bebíamos, hablamos del setlist como si fuera el guion de nuestra película. "Me encanta cómo Lora canta el amor cabrón, ¿tú qué?", me dijo, su dedo trazando el borde de mi vaso, cerca del mío. Sentí el roce eléctrico, mi pulso acelerándose como el solo de guitarra.
Salimos del antro cuando el tributo terminó con Las Cosas Van, el aire fresco de la noche mexicana golpeándonos la cara, cargado de jazmines y escape de coches. "Tengo el setlist original en mi depa, ¿vienes a escucharlo de verdad?", me propuso Marco, su voz ronca, la mano en mi espalda baja. Sí, carajo, sí. Asentí, subiendo a su vocho viejo pero chido, con el corazón latiéndome en la garganta.
Acto dos: la escalada. Su departamento en la Roma era modesto pero acogedor, posters de El Tri en las paredes, olor a incienso y café recién molido. Puso el disco en el tocadiscos, el vinilo crujiendo antes de que arrancara A Dónde Vamos. Nos sentamos en el sillón de piel gastada, tan cerca que sus muslos rozaban los míos. "Cuéntame qué te prende del setlist", murmuró, su aliento en mi cuello mientras la guitarra rasgaba el aire.
Le conté, mi voz temblando un poco, cómo las letras me ponían la piel de gallina, cómo imaginaba amores intensos como los de las rolas. Su mano subió por mi pierna, despacio, preguntando permiso con la mirada. Asentí, mordiéndome el labio, sintiendo el calor subir desde mi entrepierna. Tocó mi muslo desnudo bajo la falda, sus dedos callosos rozando suave, enviando ondas de placer que me hicieron jadear.
Pinche Marco, sus caricias son como el riff de Lora, directas al alma.
La canción cambió a Chavo de Onda, y nos besamos por primera vez. Sus labios eran firmes, sabían a chela y sal, su lengua explorando la mía con hambre contenida. Lo jalé encima, sintiendo su verga dura presionando contra mí a través de la mezclilla. "Estás cañón, Karla", gruñó contra mi boca, mientras sus manos subían por mi blusa, desabrochando el brasier con maestría. Mis tetas libres, pezones duros como piedras, él los lamió, succionó, el sonido húmedo mezclándose con la música.
Me recostó en el sillón, bajándome la falda y las calacas de encaje. El olor de mi excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce. "Déjame verte", dijo, abriendo mis piernas. Su lengua en mi panocha fue fuego puro: lamidas lentas, círculos en el clítoris, chupando mis jugos como si fueran el néctar más chingón. Gemí fuerte, mis manos en su pelo, arqueándome mientras Niño Sin Amor sonaba de fondo, irónico y perfecto. El orgasmo me vino en olas, mi cuerpo temblando, el sabor salado de mi sudor en sus labios cuando me besó después.
Lo desvestí ansiosa, su pecho ancho, velludo, oliendo a hombre y colonia barata. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, masturbándolo mientras él jadeaba. "Chíngame ya, Marco", le supliqué, guiándolo a mi entrada húmeda.
Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso, su grosor rozando mis paredes, el choque de pelvis húmedo. Empezamos lento, al ritmo del setlist, sus embestidas profundas sincronizadas con los tambores. Sudor goteando de su frente a mi pecho, el slap-slap de carne contra carne, nuestros gemidos ahogados por Abuso. Aceleramos, yo clavándole las uñas en la espalda, él mordiéndome el hombro suave.
Este setlist nos está follando a los dos, cada rola un empujón más fuerte.
Lo monté entonces, cabalgándolo en el sillón, mis tetas rebotando, su mirada clavada en ellas. Giré las caderas, frotando mi clítoris contra su pubis, el placer acumulándose como un solo interminable. "¡Ven, Karla, córrete conmigo!", rugió, sus manos apretando mi culo. El clímax nos golpeó juntos, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes llenándome mientras gritábamos, el vinilo rayándose al final del lado A.
El afterglow fue puro paraíso. Nos quedamos tirados, jadeantes, su semen goteando de mí, mezclado con mis jugos en el sillón. Puso el lado B: Las Chicas, suave ahora. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse, el olor a sexo impregnando el cuarto. "Ese setlist fue lo mejor de la noche", murmuré, besando su cuello salado.
Marco sonrió, acariciando mi cabello. "Y apenas empieza, mi reina. Mañana repetimos con el encore". Reímos bajito, el calor de nuestros cuerpos fundiéndose, el eco del Tri latiendo en nuestras venas. Esa noche, el setlist no solo sonó: se grabó en nuestra piel, en cada roce, en cada suspiro. Neta, qué chingonería.