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El Tri en León 2024 Pasión Desnuda

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El Tri en León 2024 Pasión Desnuda

El estadio de León bullía como un volcán a punto de estallar. Era El Tri en León 2024, ese partido que tenía a todo Guanajuato en llamas, con la afición gritando hasta quedarse ronca. Yo, Carla, había llegado temprano, con mi camiseta verde ajustada que me marcaba las curvas justito, shorts cortos que dejaban ver mis piernas bronceadas por el sol del bajío. El aire olía a chela fría, hot dogs chamuscados y ese sudor colectivo que te pega en la piel como una promesa de caos.

Me acomodé en la grada, rodeada de weyes pintados de verde, blancos y rojos, saltando como poseídos. Mi corazón latía al ritmo de los tambores, ¡dale Tri, dale Tri! Pero lo que realmente me aceleró el pulso fue él. Diego, se llamaba. Lo vi dos filas más abajo, alto, moreno, con músculos que se notaban bajo su playera del Tri, tatuajes asomando por las mangas. Nuestras miradas se cruzaron cuando un gol casi anotado hizo explotar el estadio. Él sonrió, esa sonrisa pícara que dice te vi y te quiero. Subió hasta mí con una chela en la mano.

—Órale, morra, ¿esta vacía tu chela o qué? Te invito una pa' celebrar el próximo gol.

Su voz grave me erizó la piel, ronca por los gritos. Olía a hombre, a colonia barata mezclada con sudor fresco. Acepté, y de ahí platicamos. Él era de aquí de León, mecánico en una taller cerca del centro, fanático del Tri desde morrillo. Yo, estudiante de la uni en la capital, pero con familia en la zona. La química saltaba chispas: risas, codazos juguetones, cuerpos rozándose con la excusa del gentío. Cada vez que el Tri atacaba, su muslo se pegaba al mío, duro y cálido. Sentía el calor subiendo por mis piernas, un cosquilleo traicionero en el vientre.

El partido avanzaba, goles caían como bendiciones. El Tri en León 2024 era épico, el estadio un mar de euforia. Pero mi mente ya no estaba en la cancha. Pensaba en sus manos grandes, callosas por el trabajo, cómo se sentirían recorriendo mi espalda. ¿Y si lo invito a mi hotel después? ¿O él a mí? Chingado, Carla, contrólate, pero este wey me tiene mojada ya. Al medio tiempo, nos besamos. Fue inevitable. Sus labios gruesos, sabor a chela y sal de cacahuates, lengua invadiendo con hambre contenida. El mundo se redujo a su boca, sus manos en mi cintura apretando posesivo.

El segundo tiempo fue tortura deliciosa. Cada grito del estadio vibraba en mi cuerpo, sincronizado con el pulso entre mis piernas. Diego me susurraba al oído, su aliento caliente:

—Cuando termine esto, te voy a comer entera, Carla. Te voy a hacer gritar más fuerte que estos pendejos.

Me reí, pero mi cuerpo ardía. Sus dedos trazaban círculos en mi muslo, subiendo peligrosamente. El olor a su excitación me llegaba tenue, almizclado, mezclado con el humo de los cueros quemados del estadio. Ganamos, por supuesto. El Tri lo dio todo. La afición enloqueció, saltos, abrazos, lágrimas de alegría. Nosotros nos perdimos en la multitud, saliendo de la mano, el corazón latiéndome en la garganta.

Acto dos, mi hotel en el centro de León, a unas cuadras del estadio. La calle estaba viva con cláxones, gente cantando el himno, fuegos pirotécnicos estallando en el cielo nocturno. Llegamos jadeantes, riendo como niños. La habitación era sencilla, cama king con sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando suave. Cerré la puerta y ya estaba sobre mí. Me quitó la camiseta con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de deseo.

—Estás chingona, Carla. Mira cómo te parás, wey, no aguanto.

Su boca en mi cuello, chupando suave, mordisqueando. Sentí su verga dura presionando contra mi panza, gruesa y palpitante bajo los jeans. Le desabroché el cinturón, manos temblando de anticipación. Olía a victoria, a sudor limpio del partido, a macho listo. Nos desnudamos mutuo, piel contra piel. Su pecho ancho, vello rizado que raspaba delicioso mis pezones endurecidos. Lo empujé a la cama, montándome encima. Mis caderas se mecían solas, frotándome contra él, sintiendo la humedad resbalando por mis muslos.

El beso se profundizó, lenguas enredadas, sabor salado de su piel cuando lamí su clavícula. Bajé despacio, besando su torso, deteniéndome en su ombligo. Su verga saltó libre, venosa, cabezota brillante de precum. La tomé en la mano, pesada, caliente. Chingado, qué pedazo de pito. Esto me va a partir, pero lo quiero adentro ya. Lamí la punta, salada y musgosa, él gimió ronco, manos en mi pelo enredándose. Lo chupé hondo, garganta relajada, oyendo sus jadeos entrecortados. El sonido húmedo de mi boca, sus huevos golpeando mi barbilla, todo amplificado en la quietud de la habitación.

Me volteó, expertizo. Sus dedos en mi panocha, abriéndome, rozando el clítoris hinchado. ¡Ay, cabrón! Un dedo, dos, curvándose adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Gemí contra la almohada, caderas empujando contra su mano. Olía a mi propia excitación, dulce y fuerte, mezclada con su aroma. Me lamió entonces, lengua plana lamiendo largo, chupando mi botón como caramelo. El placer subía en olas, tensión coiling en mi vientre, piernas temblando.

—Cógeme ya, Diego, no mames, métemela.

Él se posicionó, frotando la cabezota en mi entrada resbalosa. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, profundo. Empezamos a movernos, ritmo pausado al inicio, piel chocando húmeda, slap slap slap. Sus manos en mis caderas, guiándome, pezones rozando su pecho. Sudor perlando nuestros cuerpos, goteando salado en mi boca cuando lo besé. Aceleramos, la cama crujiendo, gemidos mezclándose con el eco lejano de la celebración en las calles.

La tensión crecía, mi clítoris frotándose contra su pubis, orgasmos asomando. Él gruñía bajito, te sientes tan chida, tan apretada. Cambiamos posiciones, yo de rodillas, él atrás, verga hundiéndose más hondo, bolas golpeando mi culo. Manos en mis tetas amasando, pellizcando pezones. El olor a sexo denso, almizcle y fluidos. Mi mente en blanco, solo sensaciones: calor interno, pulsos acelerados, su aliento en mi nuca.

Acto tres, la liberación. Sentí el clímax venir como tsunami, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre. ¡Diego, me vengo, chingado! Olas de placer sacudiéndome, jugos chorreando por mis piernas. Él se tensó, verga hinchándose, y se corrió adentro, chorros calientes pintándome las paredes. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. Su peso sobre mí reconfortante, corazón martillando contra mi espalda.

Después, en la penumbra, fumamos un cigarro en la ventana, viendo las luces de León parpadear. Su mano acariciando mi pelo, suave ahora.

—Eso fue mejor que ganar la copa, Carla. Vente pa'cá cuando quieras ver al Tri.
Reí bajito, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y satisfecho. El Tri en León 2024 no solo fue un partido, fue el inicio de algo ardiente, algo nuestro. Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, con el eco de los goles y gemidos en el aire.

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