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El Tri Maria Sabina Letra en Nuestra Piel Ardiente

6166 palabras

El Tri Maria Sabina Letra en Nuestra Piel Ardiente

La noche en la Condesa estaba viva con ese bullicio suave de la ciudad que no duerme nunca. Yo, Ana, acababa de llegar al depa de Rodrigo, mi carnal más chido desde la uni. Él siempre había sido el tipo que ponía rola tras rola de rock nacional para ambientar todo. Esa vez, cuando crucé la puerta, el olor a café de olla recién hecho me golpeó como un abrazo cálido, mezclado con un toque de su colonia favorita, esa que huele a madera y aventura.

Qué chido estar aquí de nuevo, pensé mientras lo veía moverse por la sala, con jeans ajustados que marcaban sus piernas fuertes y una playera negra de El Tri que le quedaba como guante. "Pásale, morra, ya tengo todo listo", me dijo con esa sonrisa pícara que me hace derretir. Me sirvió un mezcal en un vasito de barro, el cristal ámbar brillando bajo la luz tenue de las veladoras. El primer trago quemó dulce en mi garganta, despertando un cosquilleo que bajaba hasta mi vientre.

Nos sentamos en el sofá de piel suave, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Puso el vinilo de El Tri en el tocadiscos viejo que tanto quiere. La aguja rasgó el silencio y empezó a sonar María Sabina, esa rola que siempre me ha puesto la piel chinita. "Escucha la letra, Ana, es poesía pura", murmuró él, su voz ronca rozando mi oreja. Yo cerré los ojos y me dejé llevar por las palabras: María Sabina, la que cura con hongos sagrados, la que ve lo invisible. Pero en mi mente, no era de curas ni visiones; era de un fuego interno, de un deseo que se enciende como chamizo seco.

La letra de El Tri María Sabina nos envolvió como humo aromático. Él recitó bajito, su aliento caliente en mi cuello: "Esos versos hablan de éxtasis, de perderse en lo místico". Mi corazón latía fuerte, sincronizado con el ritmo de la guitarra rasposa. Sentí su mano posarse en mi rodilla, un toque inocente al principio, pero que subió despacio por mi muslo, enviando chispas eléctricas por mi espina. ¿Por qué esta rola siempre me prende tanto?, me pregunté, mientras mi cuerpo respondía arqueándose leve hacia él.

Acto primero de nuestra noche: la tensión crecía como tormenta en el DF. Nos paramos a bailar pegaditos, mis caderas moviéndose al compás de la letra que aún retumbaba. "Estás bien rica esta noche, Ana", me susurró al oído, sus labios rozando mi lóbulo. Olía a mezcal y a hombre, un aroma que me mareaba más que cualquier trago. Mis manos exploraron su pecho firme bajo la playera, sintiendo los músculos tensarse bajo mis uñas. Él me jaló más cerca, su dureza presionando contra mi vientre, prometiendo lo que vendría.

La música cambió a algo más suave, pero la letra de El Tri María Sabina seguía en mi cabeza, como un mantra sensual. Nos besamos por primera vez esa noche, lento, saboreando el mezcal en su lengua que danzaba con la mía. Su boca era fuego líquido, y yo gemí bajito cuando su mano se coló bajo mi blusa, acariciando mi piel desnuda. El roce de sus dedos callosos en mis pezones endurecidos fue como rayos; mi respiración se aceleró, el aire cargado de nuestro aroma mezclado, sudor fresco y deseo crudo.

En el medio del acto, el mundo se redujo a nosotros. Me quitó la blusa con urgencia contenida, sus ojos devorándome como si fuera la visión de María Sabina hecha carne. "Eres mi chamana, mi diosa", dijo, y yo reí suave, jalándolo hacia la recámara. La cama king size nos recibió con sábanas frescas de algodón egipcio, oliendo a lavanda. Nos desvestimos mutuamente, riendo como pendejos enamorados. Su cuerpo desnudo era un mapa de tentaciones: abdomen marcado, verga erecta palpitando, invitándome.

Quiero perderme en ti como en esa letra, sin vuelta atrás, pensé mientras lo empujaba al colchón.

Me subí encima, mis senos rozando su pecho, piel contra piel en un roce ardiente. Lo besé por todo el cuerpo, lamiendo el salado de su cuello, bajando hasta su ombligo donde mordí juguetona. Él gruñó, sus manos apretando mis nalgas, amasándolas con fuerza que me hacía jadear. "Chíngame con la mirada primero, carnal", le pedí, y él obedeció, sus ojos oscuros fijos en los míos mientras yo bajaba despacio, mi coño húmedo rozando su punta. El olor a sexo nos rodeaba, almizclado y embriagador, mientras yo lo montaba centímetro a centímetro.

La penetración fue lenta, exquisita tortura. Sentí cada vena de su verga estirándome, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Él empujó desde abajo, sincronizados como la rola de El Tri, ritmo creciente. Mis caderas giraban, frotando mi clítoris contra su pubis, chispas de placer subiendo por mis piernas. Sudábamos juntos, gotas resbalando entre nosotros, lubricando cada embestida. "Más fuerte, pendejo, dame todo", le ordené, y él obedeció, volteándome para ponerme a cuatro.

Desde atrás, su verga entró profunda, golpeando ese punto que me hace ver estrellas. El slap-slap de carne contra carne era música propia, más salvaje que cualquier letra. Agarró mi cabello suave, tirando para arquearme, su otra mano pellizcando mi clítoris. Olía a nosotros, a sexo puro mexicano, intenso y sin frenos. Mi orgasmo se construyó como volcán, tensión en cada músculo, hasta que explotó en oleadas, mi coño contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre. Él siguió, gruñendo, hasta derramarse dentro, caliente y abundante, colapsando sobre mí.

En el final, el afterglow fue puro paraíso. Nos quedamos enredados, respiraciones calmándose, piel pegajosa enfriándose al aire nocturno. La letra de El Tri María Sabina sonaba tenue desde la sala, ahora un eco lejano de nuestra pasión. Él me besó la frente, "Eres lo máximo, Ana, mi María personal". Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo, sintiendo su corazón aún acelerado.

Esta noche, la letra no fue solo palabras; fue nuestro hechizo, nuestro clímax compartido. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, habíamos encontrado nuestro propio éxtasis eterno. Nos dormimos así, satisfechos, listos para más madrugadas como esta.

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