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El Tri en el Zócalo Desata Pasiones

7116 palabras

El Tri en el Zócalo Desata Pasiones

El sol ya se había escondido detrás de los edificios coloniales del centro histórico cuando llegaste al Zócalo. La multitud bullía como un mar vivo, llena de gente que gritaba y saltaba al ritmo de los primeros acordes de El Tri. Tú, con tu blusa ligera pegada al cuerpo por el calor pegajoso de la noche mexicana, sentías la vibración en el pecho. El aire olía a elotes asados, chelas frías derramándose y ese sudor colectivo que hacía todo más primal. Habías venido sola, buscando esa descarga de adrenalina que solo un concierto en el Zócalo te da, pero algo en ti ya palpitaba con promesas de más.

Las guitarras rasgaban el aire, y la voz ronca de Alex Lora tronaba: "Triste canción de amor". Te mecías entre la gente, tus caderas moviéndose instintivamente. De pronto, un choque suave te hace girar. Un vato alto, moreno, con camiseta negra ajustada que marcaba sus pectorales sudados, te sonríe con dientes blancos. "Órale, chava, perdón", dice, pero sus ojos cafés te recorren de arriba abajo como si ya te estuviera desnudando. Tú sientes un cosquilleo en la piel, el roce accidental de su mano en tu cintura que dura un segundo de más.

Neta, este wey está bueno. ¿Y si...?

"No hay pedo", respondes con una sonrisa pícara, y en lugar de alejarte, te pegas un poco más al ritmo. Él se llama Marco, carnal de unos amigos que andan perdidos en la multitud. Bailan juntos, sus cuerpos chocando con la marea humana. Sientes su aliento caliente en tu oreja cuando se inclina: "Estás cañona moviéndote así". El calor sube, no solo por el gentío. Tus pezones se endurecen bajo la blusa, rozando la tela con cada salto. El olor de su colonia mezclada con sudor te marea, delicioso, masculino.

La canción cambia a algo más pesado, "Abuso de poder", y la multitud enloquece. Marco te toma de la mano, te guía hacia el borde de la plaza, donde las luces de los puestos parpadean y el sonido se amortigua un poco. "¿Quieres una chela?", pregunta, pero sus dedos entrelazados con los tuyos dicen otra cosa. Asientes, y mientras caminan, su pulgar acaricia tu palma, enviando chispas directo a tu entrepierna. Te detienes junto a una fuente seca, el agua imaginaria goteando en tu mente como anticipación.

Sus labios rozan los tuyos primero, tentative, probando. Tú respondes abriendo la boca, saboreando la cerveza salada en su lengua. El beso se profundiza, sus manos en tu cintura bajan a tus nalgas, apretando con fuerza juguetona. "Me traes loco, nena", murmura contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible. Sientes su verga dura presionando contra tu muslo a través de los jeans. Un gemido se te escapa, ahogado por la música lejana de El Tri en el Zócalo.

El deseo crece como la ola de la canción que retumba. Marco te empuja suavemente contra una columna antigua, fría contra tu espalda ardiente. Sus besos bajan por tu clavícula, lamiendo el sudor salado. Levantas su camiseta, tus uñas rasgando ligeramente su abdomen marcado, sintiendo los músculos contraerse bajo tus dedos. "Qué rico te sientes", piensas, mientras él mete la mano bajo tu blusa, pellizcando un pezón con maestría. El placer te hace arquearte, tus piernas temblando.

Quiero más. Neta, lo quiero todo aquí mismo, con el Tri de fondo.

"Vámonos a un lado", susurra él, ojos brillantes de lujuria. Te lleva por unas escaleras laterales, semiocultas por la sombra de un edificio. El Zócalo sigue vibrando abajo, pero aquí arriba, en el descanso de las gradas, solo están ustedes dos. El aire es más fresco, pero sus cuerpos arden. Se besan con hambre, quitándose la ropa con urgencia. Tu blusa vuela, sus jeans bajan revelando una verga gruesa, palpitante, con una gota de precum brillando a la luz de la luna.

Te arrodillas primero, porque lo deseas. Tomas su verga en la mano, sintiendo el calor aterciopelado, las venas pulsando. La lames desde la base, saboreando el sabor salado-musgoso, único. Marco gime, "¡Chingao, qué chido!", enredando los dedos en tu pelo. Chupas más profundo, tu lengua girando alrededor del glande, oyendo sus jadeos entremezclados con los coros lejanos del concierto. Tus jugos corren por tus muslos, tu clítoris hinchado rogando atención.

Él te levanta, te voltea contra la pared. Baja tus pantalones y tanga de un tirón, exponiendo tu panocha húmeda al aire nocturno. Sus dedos exploran, deslizándose entre tus labios resbalosos, frotando tu clítoris en círculos perfectos. "", dice con voz ronca. Gimes alto, el placer acumulándose como un trueno. Introduce dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que te hace ver estrellas, mientras su boca succiona tu cuello.

No aguantas más. "Cógeme ya, wey", exiges, empinando las nalgas. Marco obedece, posicionando su verga en tu entrada. Entra lento al principio, estirándote deliciosamente, pulgada a pulgada. Sientes cada centímetro, el roce ardiente llenándote. Cuando está todo adentro, pausan, jadeando, piel contra piel sudorosa. Luego, el ritmo empieza: embestidas profundas, sus bolas chocando contra tu clítoris, el sonido húmedo de carne contra carne.

Abajo, El Tri en el Zócalo toca un solo de guitarra que parece sincronizarse con sus movimientos. Tú empujas hacia atrás, clavando las uñas en la pared áspera. El olor a sexo inunda el aire, mezclado con jazmín de algún jardín cercano. Sientes su mano en tu cadera, la otra pellizcando tu pezón. "¡Más fuerte!", gritas, y él acelera, follándote con pasión animal, pero siempre chequeando: "¿Así te gusta?". "¡Simón, no pares!", respondes, el orgasmo construyéndose como una marea.

Esto es puro fuego mexicano, neta. Su verga me parte en dos y lo amo.

El clímax te golpea primero, olas de placer convulsionando tu cuerpo. Gritas su nombre, tus paredes apretándolo como un vicio. Marco gruñe, embistiendo unas veces más antes de correrse dentro, chorros calientes llenándote, su semen goteando por tus piernas. Se quedan unidos, respirando agitados, el eco del concierto desvaneciéndose.

Se separan despacio, riendo bajito. Él te besa la frente, limpiándote con su camiseta. "Eres increíble", dice, y tú sientes un calor distinto, no solo físico. Se visten, bajan de nuevo al Zócalo, donde la última canción retumba. Bailan un rato más, manos entrelazadas, sabiendo que esto fue algo espontáneo pero perfecto.

Al final de la noche, caminan por las calles empedradas, compartiendo un taco de suadero bajo las luces amarillas. El sabor picante en la lengua te recuerda el de su piel. "¿Repetimos?", pregunta él con guiño. Tú sonríes: "Chido, carnal". El Zócalo queda atrás, pero la pasión desatada por El Tri late en ti, un recuerdo ardiente que te hace caminar con las piernas flojas y el corazón lleno.

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