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Como Triunfar en los Negocios Sin Realmente Intentarlo con Daniel Radcliffe

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Como Triunfar en los Negocios Sin Realmente Intentarlo con Daniel Radcliffe

Estabas en tu oficina en Polanco, con el ruido de la ciudad filtrándose por las ventanas altas, ese claxon eterno de los coches en Reforma que te ponía los nervios de punta. Habías visto el video de how to succeed in business without really trying Daniel Radcliffe en YouTube la noche anterior, riéndote sola mientras el actor saltaba por el escenario de Broadway con esa sonrisa pícara. "Neta, wey", pensaste, "si él lo hace parecer tan fácil, ¿por qué yo me mato trabajando como burra?". Eras Ana, treinta años, ambiciosa hasta la médula, con un cuerpo que volvía locos a los clientes en las juntas, curvas que el vestido negro ajustado realzaba como si fueran hechas para pecar.

El evento de networking en el hotel Camino Real era el lugar perfecto. Luces tenues, jazz suave sonando de fondo, olor a café caro y perfume francés flotando en el aire. Te serviste un martini, el hielo crujiendo contra el vidrio frío, y ahí lo viste: alto, delgado, con esos ojos verdes que te recordaban exacto a Daniel Radcliffe. Se llamaba Diego, inversionista en tech, y cuando se acercó con una cerveza en la mano, su colonia amaderada te golpeó como una ola caliente.

"¿Cómo triunfar en los negocios sin realmente intentarlo?", dijo él, citando el musical con una guiñada. "Daniel Radcliffe me enseñó todo".

Te reíste, el sonido burbujeando en tu pecho. "Pues neta, pendejo, si sigues mirándome así, vas a triunfar conmigo esta noche". La química era instantánea, como chispas en la piel. Hablaron de startups, de deals en Silicon Valley, pero sus miradas se devoraban. Sentías su calor acercándose, el roce accidental de su mano en tu cintura cuando pasaban meseros. Pinche calor, pensaste, el corazón latiéndote fuerte, el pulso acelerado en el cuello.

La noche avanzaba. Salieron al balcón, el viento fresco de la noche mexicana trayendo olor a jacarandas y asfalto mojado por la llovizna reciente. Diego te acorraló contra la barandilla, su aliento cálido en tu oreja. "Ana, desde que te vi, no pienso en negocios". Sus labios rozaron los tuyos, suaves al principio, probando, con sabor a cerveza y menta. Te entregaste, las lenguas enredándose en un beso húmedo, profundo, que te dejó jadeando. Tus manos subieron por su pecho firme bajo la camisa, sintiendo los músculos tensos, el latido rápido de su corazón contra tu palma.

Acto uno: la seducción comienza. Volvieron adentro, pero la tensión era un cable vivo. En el elevador a su suite, no aguantaron. Sus manos en tus caderas, apretando la carne suave, subiendo el vestido hasta tus muslos. "Qué chingona estás", murmuró, mordisqueando tu cuello, enviando escalofríos por tu espina. Olías su sudor limpio mezclado con colonia, excitante, animal. Tus uñas se clavaron en su espalda, rasgando la tela, mientras el ding del elevador los separaba.

La habitación era lujo puro: sábanas de algodón egipcio, vista a las luces de la ciudad parpadeando como estrellas caídas. Se desnudaron con urgencia, pero pausada, saboreando. Su cuerpo era como el de Radcliffe en sus días de Quidditch, delgado pero fuerte, piel pálida contrastando con tu tono moreno. Lo empujaste a la cama, montándote encima, tus pechos rozando su pecho, pezones endurecidos como piedritas. "Muéstrame cómo triunfas sin intentarlo", le dijiste, voz ronca, mientras guiabas su mano entre tus piernas.

Sus dedos encontraron tu humedad, resbaladizos, explorando pliegues hinchados. Gemiste, el sonido gutural saliendo de tu garganta, mientras él lamía tus pezones, succionando con fuerza que te arqueaba la espalda. Qué rico, cabrón, pensaste, el placer subiendo en oleadas, tu clítoris palpitando bajo su pulgar experto. Lo besaste de nuevo, probando tu propio sabor en su boca salada, mientras te frotabas contra su erección dura como acero, la punta húmeda untándose en tu vientre.

El medio acto escalaba. Lo volteaste, boca abajo, y bajaste por su cuerpo, besando cada vértebra, oliendo su piel masculina. Tu lengua trazó su columna hasta sus nalgas firmes, mordiendo juguetona. "Pendejo, qué rico hueles", susurraste, antes de voltearlo y tomar su verga en la boca. Gruesa, venosa, palpitante, con sabor salado y almizclado. La chupaste lento, lengua girando en la cabeza sensible, oyendo sus gemidos roncos, "¡Ana, me vas a matar!". Tus manos masajeaban sus bolas pesadas, sintiendo cómo se tensaban.

Él no se quedó atrás. Te levantó, te puso de rodillas en la cama, y su boca devoró tu sexo. Lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, succionando con hambre. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con tus gritos: "¡Sí, wey, así!". Tus jugos corrían por sus labios, el olor a sexo llenando la habitación, denso, embriagador. Sentías tus paredes contrayéndose, el orgasmo acercándose como tormenta, pero lo detuviste. "Adentro, ahora".

Te penetró de un empujón lento, milímetro a milímetro, estirándote deliciosamente. Pinche grande, pensaste, el ardor dulce convirtiéndose en placer puro cuando bottomed out, sus bolas contra tu culo. Empezaron a moverse, ritmo building, piel chocando con palmadas rítmicas, sudor perlando sus cuerpos. Él encima, luego tú cabalgando, pechos rebotando, uñas en su pecho dejando marcas rojas. "¡Más fuerte!", exigías, y él obedecía, embistiéndote como poseído, el colchón crujiendo bajo el peso.

La intensidad psicológica crecía. En tu mente, flashes del musical: Daniel Radcliffe triunfando con astucia, y tú aquí, triunfando en la cama sin esfuerzo, solo con deseo puro. Diego te volteó a cuatro patas, una mano en tu pelo tirando suave, la otra en tu clítoris frotando. "Eres mi éxito, Ana", gruñó, voz quebrada. El clímax te golpeó primero: olas de éxtasis contrayendo tu coño alrededor de él, gritando su nombre, piernas temblando, visión borrosa. Él siguió, unos thrusts más, y se corrió dentro, chorros calientes llenándote, su gemido animal vibrando en tu piel.

Colapsaron, jadeando, cuerpos enredados, sudor enfriándose en la piel. El afterglow era perfecto: su mano acariciando tu espalda, besos suaves en la sien. Olía a sexo satisfecho, a victoria. "Mañana te presento a mis socios", murmuró él, riendo. "Así triunfas sin realmente intentarlo".

Te acurrucaste, el corazón calmándose, pensando en cómo esa noche lo cambió todo. No más estrés, solo placer y oportunidades. La ciudad afuera seguía su ritmo, pero tú habías encontrado tu fórmula: deseo, conexión, éxito. Gracias, Daniel Radcliffe, pensaste con una sonrisa pícara, mientras el sueño los envolvía en sábanas revueltas.

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