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El Tri Despierta al Niño Sin Amor

6928 palabras

El Tri Despierta al Niño Sin Amor

La noche en el DF estaba cargada de ese calor pegajoso que se te pega a la piel como una promesa de algo sucio y delicioso. Yo, Alex, de veinticinco pirulos, me sentía como el niño sin amor de esa rola de El Tri que no paraba de sonar en mi cabeza. "Niño sin amor, sin ilusiones...", tarareaba mientras caminaba por la Zona Rosa, con el corazón hecho mierda después de que mi ex me mandara a volar como si fuera un pendejo cualquiera. Pero esa noche, algo en el aire me decía que iba a cambiar. Entré al bar La Diabla, un antro bien chido donde siempre retumbaba el rock mexicano, con luces neón parpadeando y olor a cerveza fría mezclada con sudor fresco.

Me senté en la barra, pedí un chela helada que me bajó como un río de alivio por la garganta reseca. El DJ soltó El Tri, y de pronto, "El Niño Sin Amor" explotó en los bocinas.

Pinche canción, justo lo que necesitaba para ahogarme en mi propia lástima
, pensé, mientras el bajo me vibraba en el pecho como un latido ajeno. Ahí la vi. Sofia, con su pelo negro suelto cayéndole como cascada sobre unos hombros morenos y brillantes bajo las luces. Vestía una blusa escotada que dejaba ver el valle perfecto entre sus chichis firmes, y una falda corta que se le subía con cada movimiento. Se acercó bailando, con una cerveza en la mano, y me miró directo a los ojos con esa sonrisa pícara que dice "qué onda, guapo".

¿Qué pedo, carnal? ¿Te late El Tri? —me dijo, su voz ronca cortando el ruido como un cuchillo caliente.

Pues sí, wey. Especialmente esta rola. Me pega cañón, respondí, sintiendo ya el calor subiéndome por el cuello. Nos pusimos a platicar, ella era de aquí del Valle, fanática del rock en español, y yo le conté mis broncas sin sonar como un débil. Su risa era como miel caliente, dulce y pegajosa, y cada vez que se inclinaba, olía a su perfume mezclado con algo más salvaje, como jazmín sudado. Bailamos pegaditos cuando sonó "Abuso de Autoridad", sus caderas rozando las mías, su culo redondo presionando contra mi verga que ya empezaba a despertar como un animal hambriento.

La tensión crecía con cada roce. Sus manos en mi pecho, mis dedos en su cintura, el sudor de su cuello brillando invitándome a lamerlo.

¿Será que esta morra me va a sacar del hoyo? ¿O nomás es la chela hablando?
me preguntaba, mientras su aliento cálido me rozaba la oreja. —Vámonos de aquí, Alex. Mi depa está cerca, murmuró, y yo solo asentí, con el corazón latiéndome como tambor de El Tri.

Acto dos: el fuego se enciende. Llegamos a su departamento en la Condesa, un lugarcito chulo con posters de Caifanes y posters de El Tri en las paredes. Apenas cerramos la puerta, se me aventó como tigresa, sus labios carnosos devorando los míos con un sabor a tequila y menta que me volvió loco. La besé de vuelta, fuerte, mis manos bajando por su espalda hasta apretar esas nalgas duras que tanto me habían tentado en el bar. Gemía bajito, un sonido que vibraba en mi boca como un ronroneo, y yo sentía su lengua explorando, juguetona, saboreando cada rincón.

La cargué hasta la recámara, tirándola suave sobre la cama king size con sábanas de algodón fresco que contrastaban con el calor de su cuerpo. Me quité la playera, y ella se lamió los labios viendo mi pecho marcado por horas en el gym. —Estás bien bueno, cabrón, dijo, mientras se desabrochaba la blusa despacio, dejando ver sus tetas perfectas, pezones oscuros ya duros como piedritas. Olía a ella intensamente ahora, ese aroma almizclado de mujer excitada que me ponía la verga como fierro. Me tiré encima, chupando un pezón mientras mi mano bajaba por su panza suave hasta meterse bajo la falda.

Sus bragas estaban empapadas, calientes, y cuando las corrí a un lado, mis dedos encontraron su concha hinchada, resbalosa de jugos que olían a mar y deseo puro. —¡Ay, sí, métemela ya! —jadeó, arqueando la espalda. Pero no, quería alargar el juego. La masturbe lento, círculos en su clítoris hinchado, sintiendo cómo palpitaba bajo mi yema, sus muslos temblando contra mis brazos. Ella me jaló el pelo, gimiendo mi nombre, y yo bajé la boca, lamiendo su coño con hambre, saboreando ese néctar salado y dulce que me hacía gruñir como bestia.

Esto es lo que necesitaba, pinche Sofia, me estás reviviendo
, pensaba mientras su primer orgasmo la sacudía, sus piernas apretándome la cabeza, chorros calientes mojándome la cara. Se incorporó, ojos brillando como brasas, y me bajó los chones. Mi verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. —Qué chulada de pito, murmuró, antes de metérsela a la boca. Su lengua era fuego, chupando la cabeza, bajando hasta las bolas, succionando con un ritmo que me tenía al borde. El sonido chapoteante, su saliva escurriendo, el olor de sexo llenando la habitación... todo me volvía loco.

La volteé en cuatro, admirando su culo alzado, perfecto, y me puse un condón rápido —siempre seguro, carnal—. Empujé despacio al principio, sintiendo cómo su concha me tragaba centímetro a centímetro, apretada y ardiente como horno. —¡Más duro, pendejo, dame todo! —gritó, y yo obedecí, embistiéndola con fuerza, mis bolas chocando contra su clítoris, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros gemidos. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo impregnando todo, sus tetas balanceándose, yo jalándole el pelo suave mientras la penetraba profundo.

Cambié posiciones, ella encima ahora, cabalgándome como amazona, sus caderas girando, clavándome hasta el fondo. Veía su cara de éxtasis, boca abierta, ojos cerrados, sintiendo su concha convulsionar alrededor de mi verga.

Ya no soy el niño sin amor, Sofia me está llenando de vida
. La tensión subía, mis huevos apretados, listos para explotar.

El clímax llegó como tsunami. La puse de misionero, piernas en mis hombros, follándola salvaje mientras nos mirábamos a los ojos. —¡Me vengo, Alex! —chilló, y su orgasmo me ordeñó la verga, empujándome al mío. Eyaculé fuerte, oleadas de placer sacudiéndome el cuerpo, gruñendo como loco mientras llenaba el condón con chorros calientes.

El afterglow. Nos quedamos tirados, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor, su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón galopante. El olor a sexo y piel satisfecha flotaba en el aire, suave ahora, como caricia. Me acarició la cara, besándome tierno. —Gracias por esta noche, carnal. Ya no estás sin amor, susurró. Yo sonreí, tarareando bajito la rola de El Tri, pero ahora con final feliz. Salí de ahí al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, sintiéndome renacido. El Tri había despertado al niño sin amor, y Sofia era la chispa que lo encendió para siempre.

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