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El Tri Lo Mejor En La Cama

6578 palabras

El Tri Lo Mejor En La Cama

La noche del partido era pura adrenalina. Yo, Ana, estaba sentada en el sillón de mi depa en la Roma, con las piernas cruzadas sobre las rodillas de Marco, mi carnal de dos años. La tele tronaba con los gritos del Azteca, el aroma a chelas frías y totopos con salsa llenaba el aire. El Tri jugaba contra los gringos, y Marco no paraba de mover las manos, gesticulando como si él mismo estuviera en la cancha. Su camiseta verde con el escudo me rozaba la piel de los muslos, y cada vez que saltaba, sentía el calor de su cuerpo subiendo por mis piernas.

Qué chingón se ve cuando se emociona así, pensé, mordiéndome el labio. Sus ojos cafés brillaban con esa pasión que me volvía loca, la misma que desataba en la cama. El estadio rugía en la pantalla, miles de voces coreando ¡México! ¡México!, y yo sentía un cosquilleo en el estómago que no era solo por el juego.

¡Órale, cabrones, vamos por ellos! —gritó Marco, apretándome la pierna sin darse cuenta.

Su palma áspera, de tanto patear el balón en las canchas de fut, me mandó una descarga eléctrica directo al centro. Me acomodé, rozando disimuladamente mi nalga contra su entrepierna. Él me miró de reojo, con esa sonrisa pícara que decía todo.

El primer tiempo avanzaba tenso. Chuty disparaba, el portero atajaba. Sudor perló la frente de Marco, y el olor a su colonia mezclada con ese sudor masculino me invadió las fosas nasales.

Si El Tri mete gol, lo monto aquí mismo
, juré en silencio, sintiendo mi panocha humedecerse bajo el short de mezclilla.

Al medio tiempo, nos paramos por más chelas. En la cocina, sus caderas chocaron contra las mías al abrir la hielera. Volteé y ahí estaba, su boca a centímetros, respirando agitado.

—Estás bien caliente, ¿verdad, nena? —susurró, su aliento con sabor a limón y cerveza rozándome los labios.

Lo jalé por la nuca y lo besé con hambre. Nuestras lenguas bailaron como en un contragolpe perfecto, sus manos bajando por mi espalda hasta apretarme las nalgas. Gemí bajito, sintiendo su verga endurecerse contra mi vientre.

—Aún no acaba el partido —jadeé, separándome con una risita.

—Pero yo sí quiero acabar contigo —replicó él, guiñando.

Volvimos al sillón, pero la tensión ya no era solo del fut. Cada pase, cada tackle, nos acercaba más. Yo me recargué en su pecho, su corazón latiendo como tambores aztecas.

El segundo tiempo explotó. Minuto 67, golazo de cabeza. ¡El Tri lo mejor! gritamos al unísono, saltando. En el brinco, terminé a horcajadas sobre él. Sus manos volaron a mis chichis, amasándolas sobre la blusa. El rugido de la tele se mezcló con mi jadeo cuando pellizcó mis pezones endurecidos.

Esto es lo que necesitaba, pensé, moliéndome contra su paquete tieso. El cuero del sillón crujía bajo nosotros, el aire cargado de nuestro olor a deseo: salado, dulce, animal.

Marco metió las manos por debajo de mi blusa, su piel callosa rozando mi abdomen suave. Desabrochó mi brasier con maestría, liberando mis tetas. Las chupó con avidez, lengua girando alrededor de los botones rosados. Saboreé el sabor salado de su cuello cuando lo besé ahí, bajando hasta su clavícula.

—Quítate eso, pendejo —le ordené juguetona, jalándole la playera.

Se la sacó de un tirón, revelando su torso marcado por horas de gym y fut. Pasé las uñas por sus pectorales, sintiendo los músculos contraerse. Él desabrochó mi short, metiendo la mano dentro de mis calzones. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos. ¡Ay, cabrón! Un gemido se me escapó, alto como un silbato arbitral.

La tele seguía: otro ataque, el público enloquecido. Pero nosotros ya en nuestro propio partido. Me paré un segundo para quitarme short y calzones, quedando en pura blusita. Marco se bajó el pantalón, su verga saltando libre, venosa y gruesa, con la punta brillando de pre-semen. La tomé en la mano, sintiendo su pulso caliente, el terciopelo sobre acero.

Qué chida verga tienes, le dije, lamiendo la cabeza con deleite. Salada, con un toque almendrado. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo.

Me arrodillé entre sus piernas, chupándola profunda, garganta relajada por práctica. El sonido húmedo de mi boca lo volvía loco, sus caderas embistiendo suave. Pero quería más. Me subí encima, guiando su pija a mi entrada empapada. Deslicé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome delicioso. ¡Neta, como un gol en el último minuto!

Cabalgaba ritmada, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas sonoras. Sudor nos unía, resbaloso. Él me sostenía la cintura, embistiendo arriba, golpeando mi punto G. Gritos de la tele se fundían con los míos: ¡Sí! ¡Más! ¡Fuerte!

En un contratiempo, volteamos. Ahora él encima, misionero intenso. Sus ojos clavados en los míos, respiraciones entrecortadas. Olía a sexo puro: mi jugo en su verga, su sudor en mi piel. Me abrió las piernas como alas, penetrando hondo, bolas golpeando mi culo.

El Tri lo mejor en la cancha, pero tú lo mejor aquí adentro
, pensé, arañándole la espalda.

—Dime que soy El Tri lo mejor —jadeó él, mordiéndome el lóbulo.

¡Sí, cabrón, El Tri lo mejor y tú mi campeón! —grité, contrayendo mis paredes alrededor de él.

La intensidad subió. Sus embestidas se volvieron salvajes, piel contra piel chapoteando. Sentí el orgasmo trepando, un tsunami desde el clítoris al cerebro. Él lo notó, frotando mi botón con el pulgar. Exploté primero, convulsiones, chorro caliente mojando sus huevos. Grité su nombre, uñas en su carne.

Marco se tensó, gruñendo como bestia. Su verga palpitó, inundándome con chorros calientes, semen espeso llenándome hasta rebosar. Colapsamos, jadeantes, su peso delicioso sobre mí.

La tele anunciaba victoria: 2-1 para El Tri. Perfecto cierre. Nos quedamos así, pegados, besos suaves. Su semen goteaba entre mis muslos, aroma almizclado flotando.

Eres lo máximo, nena —murmuró, acariciándome el pelo.

—Y tú, mi Tri campeón —respondí, sonriendo.

En el afterglow, con el estadio aún celebrando en fondo, supe que noches así eran las que nos unían más. El fut nos prendía, pero nuestro fuego era eterno.

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