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El Tri Bot Fisher Price enciende la noche

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El Tri Bot Fisher Price enciende la noche

La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de mi departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que mi piel se erizara de anticipación. Yo, Karla, una morra de veintiocho pirulos con curvas que volvían locos a los galanes, me recargaba en la barra de la cocina, con un mezcal en la mano. El aroma dulce del agave me picaba en la nariz, mezclándose con el perfume de jazmín que me había echado en el cuello. Qué chido va a estar esto, pensé, mientras oía el timbre. Era él, mi carnal secreto, Diego, el wey alto y musculoso que me hacía mojar con solo una mirada.

Abrió la puerta con esa sonrisa pícara, sus ojos cafés devorándome de arriba abajo. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que dejaban poco a la imaginación. "¿Qué onda, nena?" murmuró, acercándose con pasos lentos, su voz ronca como el rugido de un motor en la Reforma. Lo jalé hacia mí, sintiendo el calor de su pecho contra mis tetas, el roce áspero de su barba en mi mejilla. Nos besamos con hambre, lenguas enredándose, saboreando el salado de su sudor mezclado con mi gloss de cereza.

"Tengo una sorpresa pa' ti, cabrón", le dije, mordiéndome el labio mientras lo guiaba al cuarto. El aire estaba cargado, olía a sábanas frescas y a mi crema corporal de vainilla. Sobre la cama, ahí estaba: el Tri Bot Fisher Price, ese juguetito high-tech que había pedido en línea, un vibrador de tres cabezales con inteligencia artificial, diseñado pa' mamadas expertas. No era un chingadera barata; este pinche Tri Bot Fisher Price prometía tres estímulos al mismo tiempo: uno pa' el clítoris, otro pa' la entrada y el tercero pa' masajear adentro como si fuera un amante robot. Lo vi en un sitio de juguetes pa' adultos, y su nombre juguetón me hizo reír, pero pendeja yo si no lo compraba.

¿Y si no le gusta? ¿Y si piensa que soy una ninfómana loca?, me cuestioné, pero el pulso en mi entrepierna me decía que valía la pena el riesgo.

Diego lo miró con los ojos bien abiertos, una ceja arqueada. "¿Qué madres es esto, Karla? ¿Tri Bot Fisher Price? Suena como juguete de morrillos, pero... chingón". Se rio, pero su mirada se oscureció de deseo cuando lo tomó en sus manos grandes, sintiendo su peso suave de silicona. Lo encendí con un toque, y el zumbido bajo llenó el cuarto, como un ronroneo felino. Los tres botecitos se movieron en sincronía, brillando con luces LED suaves.

Acto uno del jueguito: lo empecé lento. Me quité la blusa despacio, dejando que mis chichis rebotaran libres, pezones duros como piedras por el aire fresco. Él se acercó, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula. "Estás rica, wey", gruñó, mientras sus dedos bajaban mi falda, rozando mis muslos. Me tendí en la cama, las sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda caliente. Le pasé el Tri Bot Fisher Price, guiando su mano hacia mi panti empapado.

"Úsalo en mí, Diego. Hazme volar". Su aliento caliente en mi oreja me erizó la piel. Encendió el primero cabezal, presionándolo suave contra mi clítoris a través de la tela. ¡Madre santa! El vibrador pulsó en ondas crecientes, un cosquilleo eléctrico que subió por mi espina como tequila puro. Gemí bajito, el sonido ahogado en mi garganta, mientras olía mi propia excitación, ese almizcle dulce que inundaba el aire. Él me miró, ojos brillantes, y quitó el panti, exponiendo mi concha rosada y húmeda.

La tensión crecía como tormenta en el DF. Sus dedos abrieron mis labios, y colocó el segundo cabezal en la entrada, lubricado con mi jugo. El tercero, el más grueso, lo introdujo despacio, estirándome con un placer que dolía rico. El Tri Bot Fisher Price cobró vida plena: vibraciones profundas, succiones rítmicas, giros internos que me hacían arquear la espalda. Tocaba mi clítoris con la lengua al mismo tiempo, áspera y caliente, saboreando mis fluidos salados. "Sabes a gloria, mamacita", murmuró entre lamidas.

Esto es demasiado bueno, pensé, mis uñas clavándose en sus hombros, el corazón latiéndome en el pecho como tambor de mariachi. Quería más, lo quería todo de él.

El medio acto ardía. Cambiamos posiciones; yo lo volteé, desabrochando sus jeans con dientes, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomé en mi boca, chupando la cabeza salada, mientras el zumbido del Tri Bot seguía en mi mano. Se lo pasé, y él lo usó en mis nalgas, el tercer cabezal masajeando mi ano con ternura experta. Nuestros cuerpos se enredaban, piel sudada resbalando, olores mezclados: su colonia amaderada, mi vainilla, el sexo crudo. Gemidos subían de volumen, como eco en el pasillo vacío.

"Te voy a follar duro, Karla", prometió, quitando el juguete. Me puso a cuatro patas, la cama crujiendo bajo nosotros. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome delicioso. El slap-slap de carne contra carne, sus bolas golpeando mi clítoris, el sudor goteando en mi espalda. Volvió a encender el Tri Bot Fisher Price, presionando un cabezal en mi clítoris mientras me embestía. Doble penetración sensorial: su polla dura, caliente, latiendo dentro; el robot succionando, vibrando sin piedad.

La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por mis muslos. Él gruñía, manos apretando mis caderas, dejando marcas rojas. "¡Sí, cabrón, así! Más fuerte", le rogaba, voz ronca, el cuarto girando en un torbellino de placer. Olía a sexo puro, a deseo animal. Mi orgasmo se acercaba como volcán, pulsos en mi clítoris, en mi útero, en cada nervio.

El clímax explotó. Grité su nombre, el mundo blanco, espasmos sacudiéndome como terremoto en la ciudad. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, llenándome con chorros espesos. Colapsamos, jadeando, el Tri Bot Fisher Price apagado a un lado, aún tibio. Su peso sobre mí, protector, su aliento en mi pelo.

En el afterglow, nos quedamos así, piel pegada, corazones desacelerando. Besos suaves, risas cansadas. "Ese Tri Bot es una chingonería, nena. Pero tú... tú eres mi vicio", susurró, acariciando mi mejilla. Sonreí, saboreando el salado de su piel en mis labios.

Esto no era solo sexo; era conexión, fuego mexicano que no se apaga fácil. Mañana lo usaremos de nuevo, pensé, con una promesa de más noches locas.

La noche se cerró con nosotros enredados, el aroma persistente del placer flotando como niebla dulce.

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