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Trio Emperador de Placer Imperial

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Trio Emperador de Placer Imperial

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena mientras caminaba por la playa privada de la villa. El aire salado se mezclaba con el aroma dulce de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes blancas de la hacienda. Yo, Ana, había llegado esa tarde con mis dos carnales, Javier y Marco, dos güeyes altos, musculosos y con esa mirada de depredadores que me ponía la piel chinita. Habíamos planeado unas vacaciones chidas, pero ellos traían una sorpresa: el trio emperador, un jueguito de roles que prometía hacernos reyes del placer.

¿Y si esta vez nos dejamos llevar como emperadores aztecas en su palacio? Tú serás nuestra emperatriz, y nos vas a obedecer... o mandar, como se te antoje
, me había dicho Javier esa mañana por WhatsApp, con un emoji de corona que me hizo mojarme al instante.

Entramos a la villa, el piso de mármol fresco bajo mis sandalias, y el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como un tambor lejano. Javier, con su pelo negro revuelto y esa sonrisa pícara, me tomó de la cintura. —Mira nada más qué chula estás con ese bikini rojo, reina, murmuró, su aliento caliente contra mi cuello. Marco, el más serio de los dos, con barba recortada y ojos verdes que hipnotizaban, cerró la puerta con llave y se acercó por detrás, sus manos grandes rozando mis caderas.

El deseo ya bullía en mi vientre, un cosquilleo que subía por mis muslos. Estos pendejos saben cómo encenderla, pensé, mientras me giraba para besar a Javier. Sus labios sabían a tequila reposado, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Marco no se quedó atrás; sus dedos se colaron bajo mi blusa, pellizcando mis pezones ya duros como piedras.

—Hoy somos los emperadores —dijo Marco con voz ronca—, y tú, nuestra diosa del placer. El trio emperador empieza ahora.

Me llevaron a la terraza con vista al mar, donde una cama king size nos esperaba bajo un toldo de lino blanco. El viento traía el olor a coco de las cremas solares, y el sol poniente pintaba todo de oro. Me recosté, el colchón suave hundiéndose bajo mi peso, y ellos se desvistieron despacio, como en un ritual. Javier tenía el pecho tatuado con un águila, símbolo de poder mexica, y su verga ya semierecta asomaba orgullosa. Marco, más velludo, con esa pija gruesa que me volvía loca.

Empecé a temblar de anticipación. Quiero sentirlos a los dos, llenarme, perderme en esto.

La noche cayó suave, las antorchas de la terraza encendiéndose con un chisguete que olía a madera quemada. Javier se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre. Su barba raspaba delicioso mi piel sensible, enviando chispas directo a mi clítoris. Marco se sentó a mi lado, ofreciéndome su verga dura como hierro. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, las venas hinchadas bajo mis dedos. —Chúpala, emperatriz, ordenó con esa voz grave que me derretía.

Abrí la boca y la engullí, saboreando el gusto salado de su prepucio, mi lengua girando alrededor del glande. Marco gruñó, sus caderas moviéndose leve, follándome la boca con cuidado. Mientras, Javier separó mis piernas, su nariz rozando mi concha empapada. ¡Carajo, qué rico huele! exclamó, antes de lamer mi entrada con una lengua experta. El sonido húmedo de su chupada se mezclaba con mis gemidos ahogados, el slap-slap de mi saliva en la pija de Marco.

El calor subía, mi cuerpo en llamas. Javier metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda. —Estás chorreando, mi amor, susurró, su aliento caliente contra mi clítoris hinchado. Yo succionaba más fuerte a Marco, mis uñas clavándose en sus muslos peludos, el sudor perlando su piel.

Esto es el paraíso, güeyes. No paren, por favor
, pensé, perdida en la niebla del placer.

Intercambiaron posiciones sin decir nada, como emperadores coordinando su imperio. Ahora Marco lamía mi coño con hambre, su lengua plana lamiendo desde mi ano hasta el clítoris, mientras Javier me besaba, metiendo su verga en mi boca. El ritmo aumentaba, mis caderas ondulando solas, buscando más fricción. Olía a sexo puro: mi jugo, su sudor, el mar salado. El viento fresco contrastaba con el fuego entre mis piernas.

—Quiero más —jadeé, escupiendo la verga de Javier—. Fóllenme ya, emperadores cabrones.

Se rieron, esa risa ronca y juguetona que amaba. Me pusieron de rodillas en la cama, el colchón crujiendo. Javier se colocó detrás, frotando su pija mojada contra mi entrada. Entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, Dios, qué grueso! El estiramiento ardía rico, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. Marco frente a mí, follándome la boca profunda, sus manos en mi pelo.

El trio emperador en pleno apogeo: Javier me taladraba el coño con golpes firmes, el sonido de piel contra piel como un tambor de guerra. Marco gemía, su verga palpitando en mi garganta. Sudor goteaba de sus pechos a los míos, resbaloso y caliente. Mis pezones rozaban el pecho de Marco cada vez que empujaba Javier, un roce eléctrico que me acercaba al borde.

Cambiaron otra vez. Marco debajo de mí, yo cabalgándolo reverse cowgirl, su pija abriéndose paso en mi culo apretado —habíamos lubricado antes, todo consensual y chido—. Javier frente, metiendo su verga en mi concha. Doble penetración, el sueño húmedo hecho realidad. Sentía sus pollas rozándose a través de la delgada pared, estirándome al límite. —¡Sí, así, mis emperadores! ¡Más duro! grité, mis jugos chorreando por los muslos de Marco.

El clímax se acercaba como una ola gigante. Mis paredes se contraían, ordeñando sus vergas. Ellos gruñían, acelerando, el olor a semen inminente mezclándose con mi aroma almizclado.

Exploté primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto. Mis gritos ahogados por la verga de Javier, el cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando sus bolas. ¡Me vengo, carajo, me vengo como nunca! Javier se corrió segundos después, inundando mi coño con chorros espesos y calientes, su semen goteando fuera. Marco aguantó un poco más, pero al final rugió, llenándome el culo con su leche cremosa.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones jadeantes sincronizadas con las olas. Javier me besó la frente, Marco acarició mi espalda. El aire nocturno fresco secaba nuestro sudor, el mar susurrando paz. Olía a sexo satisfecho, a nosotros tres unidos.

Esto fue épico, el mejor trio emperador de mi vida. ¿Repetimos mañana?
, pensé, acurrucándome entre sus brazos fuertes.

Nos quedamos así horas, hablando pendejadas, riendo bajo las estrellas. Javier preparó unos tequilas con limón, el sabor cítrico limpiando el paladar. Marco me masajeó los pies cansados, sus pulgares firmes deshaciendo nudos. No había prisa, solo afterglow puro, esa conexión profunda que va más allá del cuerpo.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, supe que esto era nuestro imperio: placer, confianza, amor carnal. El trio emperador no era solo sexo; era nuestro trono compartido, eterno en la memoria.

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