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Triada de Citomegalo Pasión

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Triada de Citomegalo Pasión

En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces de neón parpadean como promesas calientes en la noche, conocí a la triada de citomegalovirus. No era un diagnóstico médico lo que las unía, sino un apodo juguetón que se habían puesto ellas mismas en una noche de tequila y risas, por esa conexión viral, infecciosa, que las hacía inseparables. Ana, la líder con curvas que desafiaban la gravedad, ojos negros como el mole poblano y labios que sabían a tamarindo; Luisa, delgada y felina, con piel morena que olía a jazmín fresco y una risa que erizaba la piel; y Carla, la voluptuosa, con tetas que pedían ser tocadas y un acento chilango que volvía loco a cualquiera. Yo, Marco, un tipo común de veintiocho años, diseñador gráfico en Polanco, las encontré en un bar de la Condesa, bailando salsa con caderas que hipnotizaban.

La música retumbaba, un son jarocho mezclado con reggaetón que hacía vibrar el piso bajo mis pies. Sudor en el aire, mezclado con el aroma dulce de mezcal ahumado y piel caliente. Me acerqué con una cerveza en la mano, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. ¿Qué pedo, carnal? ¿No bailas? me dijo Ana, su aliento cálido rozando mi oreja, oliendo a chicle de canela. Su mano en mi brazo fue como electricidad, piel suave contra mi camisa pegajosa. Acepté el reto, y pronto estaba entre ellas, cuerpos rozándose en la pista, risas compartidas, miradas que prometían más que un baile.

Salimos del bar caminando por las calles empedradas, el viento fresco de la medianoche trayendo olores de tacos al pastor de un puesto cercano. Luisa se pegó a mi lado izquierdo, su muslo rozando el mío con cada paso, mientras Carla iba del derecho, su mano jugando con mis dedos. Ana lideraba, contoneándose, volteando con una sonrisa pícara.

—Órale, Marco, ¿aguantas con nosotras tres? Somos como un virus, nos metemos en tu sistema y no sales igual.
Su voz ronca, cargada de doble sentido, me hizo tragar saliva. El deseo crecía como fuego lento, mi verga ya medio dura bajo los jeans, imaginando qué vendría.

Llegamos a su depa en la Roma, un loft luminoso con paredes de ladrillo visto, plantas colgantes y una cama king size que dominaba la habitación principal. Luces tenues, velas de vainilla encendidas que llenaban el aire con dulzor cremoso. Nos quitamos los zapatos en la entrada, pies descalzos en el piso de madera cálida. Ana me jaló hacia la cocina, sirviendo shots de tequila reposado, el líquido quemando la garganta, soltando la tensión. Pinche triada de citomegalovirus, pensé, recordando su apodo mientras Luisa me besaba el cuello, su lengua trazando círculos húmedos que sabían a sal y deseo.

El beso de Luisa fue el detonante. Sus labios suaves, presionando con hambre, lengua explorando mi boca con urgencia. Oí el jadeo de Carla detrás, sus manos desabotonando mi camisa, uñas rozando mi pecho, pezones endureciéndose al aire. Ana observaba, mordiéndose el labio, sus pechos subiendo y bajando rápido. Me siento vivo, cabrón, mi mente gritaba, el corazón latiendo como tambor en fiesta. La llevé a Luisa a la cama, tumbándola suave, mientras Carla y Ana se desvestían mutuamente, risas coquetas, piel expuesta brillando bajo la luz ámbar.

Luisa abrió las piernas, invitándome con ojos entrecerrados. Su coño depilado, húmedo, oliendo a almizcle femenino mezclado con su perfume floral. Me arrodillé, inhalando profundo, lengua lamiendo lento desde el clítoris hinchado hasta su entrada, saboreando su dulzor salado. Ella gemía, ¡Ay, wey, sí así!, caderas arqueándose, manos en mi pelo tirando suave. Ana y Carla se unieron, Ana montándome la cara mientras lamía a Luisa, su culo redondo presionando mi nariz, jugos calientes goteando en mi boca. Carla chupaba mi verga dura como piedra, labios envolviéndola profunda, garganta apretando, saliva resbalando por mis bolas.

La habitación se llenó de sonidos: succiones húmedas, gemidos ahogados, piel chocando piel. Sudor perlando nuestros cuerpos, salado al lamerlo de los pechos de Ana, tetas pesadas balanceándose. Mi mente era un torbellino:

Estas tres me van a matar de placer, pero qué chingón morir así.
Cambiamos posiciones, yo de rodillas en el centro, Luisa cabalgándome la verga, su coño apretado deslizándose arriba-abajo, paredes internas masajeando cada vena. Ana en mi cara otra vez, frotando su clítoris contra mi lengua, gritando ¡Más rápido, pendejo! en tono juguetón. Carla besaba a Luisa, dedos metidos en su culo, todo un enredo de cuerpos calientes, olores intensos de sexo —sudor, fluidos, vainilla— pulsos acelerados sincronizados.

La tensión subía como volcán, mis bolas apretándose, listo para explotar. Luisa se corrió primero, coño contrayéndose alrededor de mi polla, jugos empapando mis muslos, grito ronco ¡Me vengo, cabrones!. Ana siguió, temblando en mi boca, sabores intensos inundándome. Carla se masturbaba viendo, luego me jaló para que la penetrara, de perrito, su culo grande abriéndose, verga hundiéndose profunda en su calor resbaladizo. Empujones fuertes, cachetadas en nalgas resonando, ella pidiendo ¡Dame duro, Marco!. Ana y Luisa lamían mis bolas, lenguas jugueteando, intensificando todo.

No aguanté más. El clímax llegó como ola, verga palpitando dentro de Carla, semen caliente saliendo en chorros, llenándola mientras ella se corría conmigo, paredes apretando ordeñándome. Colapsamos en la cama, cuerpos entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose. Piel pegajosa, besos suaves post-sexo, risas cansadas. El aire pesado con olor a orgasmo cumplido, velas parpadeando bajas.

Despertamos al amanecer, luz filtrándose por cortinas, café mexicano humeando en tazas. Ana trazó círculos en mi pecho:

—La triada de citomegalovirus te infectó para siempre, ¿verdad?
Sonreí, besándola, saboreando el afterglow. No era solo sexo; era conexión, esa chispa mexicana de pasión desbordada. Salí de ahí cambiado, con su número grabado —o mejor dicho, su virus— latiendo en mi sangre, prometiendo más noches de éxtasis viral.

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