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Intenté con Star

6782 palabras

Intenté con Star

La noche en Puerto Vallarta estaba calientísima, con el aire cargado de sal marina y el ritmo de la cumbia retumbando en la playa. Yo andaba por ahí, con una cerveza fría en la mano, sintiendo la arena tibia entre los dedos de los pies. Había llegado de la Ciudad de México buscando un poco de aventura, algo que me sacara de la rutina del pinche trabajo de oficina. Y entonces la vi: Star, con su piel morena brillando bajo las luces de neón, el cabello negro suelto ondeando como olas del Pacífico. Llevaba un vestido rojo ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo, como si estuviera hecho para pecar. Sus ojos, grandes y oscuros, parecían estrellas fugaces que te atrapaban de un jalón.

Me acerqué a la barra improvisada, donde ella pedía un tequilita. ¿Será que me atrevo? pensé, mientras el corazón me latía como tamborazo zacatecano. "Órale, güey, ¿qué tal si te invito esa chela?" le dije, con mi mejor sonrisa de galán de telenovela. Ella volteó, soltó una carcajada que sonó como música, y me miró de arriba abajo. "¡Va, carnal! Pero nomás si me cuentas qué te trae por acá, pareces perdido en el paraíso."

Nos sentamos en unas sillas de playa, platicando de la vida. Star era de Guadalajara, tapatía de pura cepa, con ese acento cantarín que me erizaba la piel. Trabajaba en un hotel de lujo como mesera, pero soñaba con ser modelo o algo grande. "Yo intenté con Star", me dijo de repente, riendo, mientras me contaba cómo una vez probó ser estrella de un video musical y terminó bailando en antros.

¿Qué pedo? ¿Yo intenté con Star? No mames, ¿será que me está coqueteando?
Su mano rozó la mía accidentalmente, y sentí un chispazo eléctrico que me subió por el brazo hasta el pecho.

La tensión crecía con cada sorbo de tequila. El olor de su perfume, mezclado con el sudor salado de la noche, me volvía loco. Bailamos pegaditos al son de un corrido tumbado, sus caderas moviéndose contra las mías, frotando justo donde dolía de lo rico. Su aliento cálido en mi cuello, el roce de sus pechos firmes contra mi torso... ya no aguantaba más. "Vámonos de aquí, Star, antes de que me hagas perder la cabeza aquí mismo", le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo. Ella asintió, con los ojos brillando de deseo. "Llévame a tu hotel, pendejo, que ya me tienes mojadita."

El camino al hotel fue un tormento delicioso. Caminamos por la playa, descalzos, con la luna testigo. Sus manos exploraban mi espalda bajo la camisa, y yo no paraba de besarle el cuello, saboreando la sal de su piel. Entramos al lobby riéndonos como chiquillos, pero el ascensor fue donde explotó todo. La empujé contra la pared, nuestras bocas se devoraron con hambre. Su lengua jugaba con la mía, dulce como tamarindo, mientras mis manos bajaban por sus muslos, subiendo el vestido hasta sentir el calor húmedo de su entrepierna. "¡Ay, cabrón, despacito que me vas a matar!", gimió, apretando mis nalgas con fuerza.

En la habitación, la luz tenue de la lámpara pintaba sombras sensuales en su cuerpo. La desvestí lento, como desenvolviendo un regalo de Reyes. Primero el vestido, que cayó al suelo revelando lencería negra que apenas contenía sus tetas perfectas, redondas y duras como mangos maduros. Olía a vainilla y a mujer en celo, un aroma que me ponía la verga como fierro. Besé cada centímetro de su piel: el ombligo, las costillas, hasta llegar a sus pezones oscuros que se endurecían bajo mi lengua. Ella jadeaba, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mi cuero cabelludo.

Esto es lo que necesitaba, carajo. Star es una diosa, y yo la estoy adorando como se debe.

La tumbé en la cama king size, con las sábanas frescas oliendo a hotel de lujo. Me quité la ropa a tirones, y ella se lamió los labios al ver mi erección palpitante. "¡Mira nomás qué vergón tan choncho, güey! Ven, pruébalo en mí." Se abrió de piernas, mostrando su concha rosada y depilada, brillando de jugos. Empecé lamiéndola despacio, saboreando su miel salada y dulce, como mezcal con limón. Su clítoris se hinchaba bajo mi lengua, y ella gemía fuerte, "¡Sí, así, lame mi panochita, no pares, pinche rico!". Sus muslos temblaban, apretándome la cabeza, mientras yo metía un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar.

La tensión subía como la marea. Quería entrar en ella ya, pero jugamos más. Ella se puso encima, cabalgándome como jinete en palenque. Sus tetas rebotaban al ritmo de sus embestidas, y yo las amasaba, pellizcando los pezones hasta que chilló de placer. El sonido de piel contra piel, chapoteando con sus jugos, llenaba la habitación junto con nuestros jadeos. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo impregnando el aire. "¡Fóllame más duro, cabrón! ¡Hazme tu puta esta noche!", exigía, mientras yo la volteaba a cuatro patas, admirando su culo redondo y prieto.

La penettré por atrás, profundo y lento al principio, sintiendo cómo su coño me apretaba como guante de terciopelo caliente. El slap-slap de mis huevos contra su clítoris era hipnótico, y ella empujaba hacia atrás, pidiendo más. Sus paredes internas masajeaban mi verga, succionándome hacia el fondo. Aceleré, agarrándola de las caderas, mientras ella se masturbaba el clítoris con furia. "¡Me vengo, me vengo, ay Diosito!", gritó, convulsionando alrededor de mí, ordeñándome con espasmos que casi me hacen explotar.

Pero aguanté, la volteé de nuevo para mirarla a los ojos. Esos ojos estrellados, llenos de lujuria y conexión. La besé mientras la follaba misionero, lento y profundo, sintiendo cada pulso de su orgasmo residual. Mis bolas se tensaban, el placer subiendo por la columna como rayo. "¡Me corro dentro de ti, Star, te lleno toda!", rugí, y ella asintió, "¡Sí, dame tu leche, lléname!". Exploté en chorros calientes, inundándola, mientras ella se corría otra vez, arañándome la espalda.

Nos quedamos así, enredados, jadeando. El sudor enfriándose en nuestra piel, el corazón latiendo al unísono. Besos suaves ahora, caricias perezosas. "Qué chido estuvo eso, carnal. Nunca había sentido algo tan intenso", murmuró ella, acurrucándose en mi pecho. Yo la abracé, oliendo su cabello, sintiendo la paz después de la tormenta.

Intenté con Star y fue lo mejor que me pasó en años. Quizás esto sea el comienzo de algo más, o solo una noche épica. Pero valió cada segundo.

La mañana llegó con sol filtrándose por las cortinas, y café de olla que pedimos al servicio a la habitación. Reímos recordando la noche, prometiendo vernos de nuevo. Star se fue con un beso que sabía a promesas, dejando mi cama vacía pero mi alma llena. Puerto Vallarta nunca volvería a ser igual.

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