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El Sexo Lésbico Trío Ardiente

6913 palabras

El Sexo Lésbico Trío Ardiente

La noche en Cancún estaba caliente como el demonio, con el aire cargado de sal marina y el rumor de las olas rompiendo en la playa. Yo, Sofía, acababa de llegar de un día eterno en la oficina de la ciudad, pero mis amigas Ana y Carla me habían convencido de salir a bailar en ese antro playero que todos conocen. Ana, con su pelo negro largo y ondulado que le caía como cascada sobre los hombros bronceados, era la que siempre organizaba estas locuras. Carla, la güerita de ojos verdes y curvas que volvían locos a cualquiera, era su mejor amiga desde la uni. Las tres éramos treintañeras independientes, con trabajos chidos y ganas de vivir sin pendejadas.

Entramos al lugar y el boom boom de la música reggaetón nos envolvió de inmediato. El olor a coco y sudor mezclado con tequila flotaba en el aire. Pedimos unas chelas bien frías y nos pusimos a mover el culo en la pista. Ana se pegó a mí por detrás, sus manos en mi cintura, sus pechos rozando mi espalda.

"Órale, Sofi, estás cañón esta noche"
, me susurró al oído, su aliento caliente oliendo a limón y alcohol. Sentí un cosquilleo que me subió por la espina, neta que Ana siempre me ponía así, con esa mirada de quiero comerte entera.

Carla se unió, bailando entre nosotras, su falda corta subiéndose un poquito con cada giro. Sus piernas tonificadas rozaban las mías, y de repente, sin planearlo, las tres nos movíamos como un solo cuerpo. El deseo empezó a bullir bajito, como el calor que sube del piso caliente de la pista. ¿Qué chingados está pasando aquí?, pensé, mientras mi corazón latía más rápido. No era la primera vez que fantaseaba con algo así, pero ver a Carla lamiéndose los labios, mirando cómo Ana me tocaba, lo hacía real.

Salimos del antro riéndonos, con las mejillas sonrojadas y el cuerpo vibrando.

"Vamos a mi casa, está cerca de la playa"
, propuso Ana, y ninguna dijo que no. Caminamos por la arena tibia, descalzos, el viento salado revolviéndonos el pelo. La luna iluminaba todo con un brillo plateado, y el olor a mar nos envolvía como una caricia. En la casa de Ana, una villa chula con terraza al mar, nos servimos más tequilas. Nos sentamos en el sofá grande, las piernas enredadas sin darnos cuenta.

Ana fue la primera en romper el hielo. Se acercó a mí y me besó suave, sus labios carnosos sabiendo a sal y tequila. Su lengua explorando la mía, cálida y jugosa. Carla nos miró con ojos brillantes, mordiéndose el labio.

"No se hagan, chicas, esto se ve delicioso"
. Se unió, besándome el cuello mientras Ana me quitaba la blusa. Sentí sus manos suaves en mi piel, el roce de sus uñas pintadas de rojo enviando chispas por todo mi cuerpo. El aire se llenó del aroma de nuestras pieles calientes, un perfume almizclado de excitación que me mareaba.

Nos fuimos desnudando poco a poco, sin prisa, saboreando cada revelación. Mi piel erizada al aire fresco de la noche, contrastando con el calor de sus cuerpos pegados al mío. Ana, con sus chichis firmes y oscuros pezones duros como piedras, se arrodilló frente a mí.

"Déjame probarte, Sofi"
. Su boca en mi panocha fue como fuego líquido: lengua plana lamiendo despacio, chupando mi clítoris hinchado con succiones que me hacían gemir bajito. Qué rico, carnal, su aliento caliente, el sabor salado de mi propia humedad en sus labios cuando me besó después.

Carla no se quedó atrás. Me recostó en el sofá mullido, sus manos expertas masajeando mis tetas, pellizcando suave hasta que arqueé la espalda.

"Eres tan suave, tan mojada ya"
, murmuró, mientras sus dedos se hundían en mí, curvándose justo en ese punto que me hace ver estrellas. Ana se subió encima, restregando su coño depilado contra mi cara. El olor de su arousal era embriagador, dulce y terroso, como miel caliente. Lamí su raja abierta, saboreando cada gota, su clítoris palpitando bajo mi lengua. Sus gemidos roncos, "¡Ay, sí, así, no pares!", vibraban en mi pecho.

El ritmo se aceleró. Cambiamos posiciones como en un baile perfecto. Yo en el medio, Carla detrás lamiéndome el culo mientras Ana me comía el chocho con dedos y lengua. Sentía sus alientos mezclados, calientes y húmedos en mi piel sensible. El sonido chapoteante de lenguas y dedos, los jadeos entrecortados, el slap slap de nalgas contra muslos. Mi pulso tronaba en los oídos, el sudor nos pegaba como pegamento delicioso. Carla metió un dedo en mi ano, lubricado con mi propia saliva, y el placer doble me hizo gritar.

"¡Métanmela más profundo, putas ricas!"
, les rogué, perdida en la niebla del deseo.

Nos frotamos clítoris con clítoris en un tribbing frenético, las tres en cadena: yo con Ana, Ana con Carla, Carla volviendo a mí. Piel resbaladiza de sudor y jugos, tetas aplastadas unas contra otras, pezones rozando como chispas. El olor era puro sexo: almizcle, sal, un toque de coco de nuestros protectores solares. Internamente, luchaba con la vergüenza fugaz: ¿y si alguien nos ve? Pero neta, ¿a quién le importa? Esto era nuestro, puro fuego lesbico.

La tensión creció como una ola gigante. Ana se corrió primero, temblando sobre mi boca, su coño contrayéndose en chorros calientes que me empapé la cara. "¡Me vengo, cabronas!", gritó, su voz ronca rompiendo el aire. Eso me empujó al borde. Carla aceleró sus dedos en mí, tres ahora, estirándome delicioso, mientras lamía mi ano. El orgasmo me partió en dos: un estallido desde el útero, ondas de placer que me dejaron convulsionando, gritando sin palabras, el sabor de Ana todavía en mi lengua.

Carla fue la última, nos turnamos para devorarla. Ana y yo lamiendo su panocha hinchada, lenguas entrelazadas sobre su clítoris, dedos en su culo apretado. Se arqueó como gata en celo, sus uñas clavándose en mis hombros, dejando marcas rojas que ardían rico.

"¡Sí, fóllenme con la lengua, mis reinas!"
. Su corrida fue explosiva, squirteando un poquito que nos salpicó las caras, riéndonos entre lamidas.

Caímos exhaustas en un enredo de piernas y brazos, el pecho subiendo y bajando al unísono. El aire nocturno refrescaba nuestra piel empapada, el sonido de las olas como una nana suave. Besos perezosos, caricias suaves en el pelo revuelto. Esto fue más que sexo, fue conexión pura, un sexo lésbico trío que nos unió para siempre. Ana me miró con ojos soñolientos:

"¿Repetimos pronto, verdades?"
. Sonreí, saboreando el afterglow, el cuerpo pesado de placer. Sí, carnal, cuando quieran.

Nos quedamos dormidas así, bajo la luna testigo, con el mar susurrando promesas de más noches ardientes.

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