Tri Luma Farmacia Guadalajara Pasión Desnuda
Entré a la Farmacia Guadalajara con el sol de la tarde Guadalajara pegándome en la cara como un beso ardiente. Hacía semanas que me preocupaba esa manchita en la piel del cuello, justo donde mi escote se asomaba juguetón en las blusas más chidas. Órale, Ana, ya párale, me dije mientras buscaba el mostrador. Quería el Tri Luma, esa crema que prometía dejarme la piel suave como seda tapatía, lista para conquistar al mundo. O al menos a ese cuate del gym que no me quitaba la vista de encima.
El aire acondicionado me erizó la piel, oliendo a ese desinfectante fresco mezclado con perfumes baratos y algo dulce, como chicles de fresa. Me acerqué al mostrador y ahí estaba él: Marco, según su gafete. Alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luna llena. Su camisa blanca se ajustaba a sus hombros anchos, y cuando levantó la vista, sentí un cosquilleo en el estómago.
¿Qué onda, morra? ¿En qué te ayudo?
Su voz grave me recorrió como una caricia. Pedí el Tri Luma sin tartamudear, pero mis ojos se clavaron en sus labios carnosos. Él sonrió, sacando el tubito de crema con manos firmes, venosas, de esas que imaginas apretando caderas.
—Es lo mejor para esas manchinotas rebeldes, dijo guiñándome un ojo. —Yo te lo recomiendo personal, neta que deja la piel como de nena de 18, pero suave y lista pa’l desmadre.
Reí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Pagamos, pero él no soltó el paquete de inmediato. Charla va, charla viene, me contó que era de aquí de Guadalajara, que le gustaba el fútbol y las noches en Chapultepec. Yo solté que andaba soltera, buscando aventura. ¿Y si este pendejo es el bueno?, pensé, mientras mi pulso se aceleraba con su roce accidental al darme el cambio.
Salí de la farmacia con el Tri Luma en la bolsa y su número en el celular. Esa noche, en mi depa en Providencia, me unté la crema. El olor mentolado me invadió las fosas nasales, fresco y picante, mientras mis dedos masajeaban la piel del cuello, bajando al pecho. Me miré en el espejo: la mancha ya parecía más clara, y yo, más deseable. Mandé un whats: Gracias por el tip del Tri Luma Farmacia Guadalajara Eres un genio. Respondió al instante: ¿Quieres que te enseñe cómo aplicarlo bien? Ven a mi casa.
Acto dos, la escalada. Llegué a su casa en Zapopan, un departamentito chido con vista a las luces de la ciudad. Olía a tacos de carnitas recién hechos y a su colonia, esa que huele a hombre limpio y listo pa’l jale. Me recibió con una chela fría, sus ojos devorándome el vestido rojo que se pegaba a mis curvas como segunda piel.
—Vamos a ver esa piel con el Tri Luma, murmuró, acercándose. Su aliento cálido en mi oreja me hizo temblar. Nos sentamos en el sofá, y él tomó el tubito que saqué de mi bolsa. Sus dedos grandes untaron la crema en mi cuello, lentos, circulares, bajando al borde de mi escote. Sentí su tacto áspero, calloso, contrastando con la suavidad de la crema. Mi piel ardía bajo sus yemas, y un jadeo se me escapó.
¿Te gusta, Ana? ¿Así de suave?
Asentí, mordiéndome el labio. El corazón me latía en los oídos, fuerte como tambores de mariachi. Sus manos bajaron más, rozando mis pezones endurecidos bajo la tela. Neta, este cuate sabe lo que hace, pensé, mientras mi cuerpo se arqueaba hacia él. Lo besé primero, mis labios saboreando su boca salada, con gusto a cerveza y deseo puro. Sus lenguas danzaron, húmedas, explorando, mientras sus dedos desabrochaban mi vestido.
Caímos al piso, alfombra suave bajo mi espalda desnuda. Él se quitó la camisa, revelando un pecho moreno, velludo justo donde debía. Olía a sudor limpio, a hombre excitado. Mis uñas arañaron su espalda, sintiendo los músculos tensos como cuerdas de guitarra. Bajó por mi cuerpo, lamiendo la crema del Tri Luma de mi piel, su lengua caliente y áspera dejando rastros húmedos. Gemí cuando llegó a mis senos, chupando un pezón con succión perfecta, enviando chispas directo a mi entrepierna.
—Estás rica, morra. Esa crema te dejó perfecta, gruñó contra mi piel. Sus manos separaron mis muslos, dedos hurgando mi humedad. Estaba empapada, el olor almizclado de mi excitación llenando el aire. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas. Mi cadera se movía sola, frotándose contra su palma, mientras mi mente gritaba ¡Más, pendejo, más!.
Lo volteé, queriendo mi turno. Desabroché su jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, las venas hinchadas bajo mi palma. Lamí la punta, salada y pre-semenosa, bajando por el tronco con la lengua plana. Él jadeó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. Chupé con hambre, saboreando su esencia masculina, hasta que me rogó que parara o se vendría ya.
Me monté encima, guiándolo dentro de mí. Lentamente al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome. ¡Ay, cabrón!, grité internamente, mientras bajaba hasta la base. Empezamos a movernos, ritmo creciente, piel contra piel chapoteando sudor. Sus manos en mis nalgas, apretando, guiando. Olía a sexo crudo, a nuestros jugos mezclados, a la crema Tri Luma ahora olvidada en el suelo.
El clímax se acercaba como tormenta de verano. Sus embestidas profundas, golpeando mi clítoris con cada roce. Me vine primero, un estallido que me dejó temblando, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre. Él siguió, gruñendo como fiera, hasta vaciarse dentro, caliente, pulsátil.
Acto tres, el afterglow. Nos quedamos tirados, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Olía a nosotros, a satisfacción profunda. Me acarició la piel del cuello, donde el Tri Luma había obrado su magia.
—Gracias por venir a Farmacia Guadalajara ese día, susurró.
Reí bajito, besando su frente. Esto es lo que necesitaba, neta. Piel perfecta y un amante que la adora. Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, con la promesa de más noches tapatías llenas de pasión. La crema fue solo el comienzo; lo nuestro, puro fuego de Guadalajara.