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Leonard Cohen Intenté Dejarte

6874 palabras

Leonard Cohen Intenté Dejarte

La lluvia caía a cántaros sobre las calles de Polanco, ese golpeteo constante contra las ventanas del departamento que hacía eco en mi pecho. Yo, Ana, con mis maletas a medio cerrar sobre la cama king size, sentía el aire cargado de ese aroma a tierra mojada que se colaba por las rendijas. Ya basta, wey, me dije, mientras doblaba una blusa de seda que olía a su colonia, esa mezcla de sándalo y tabaco que me ponía la piel de gallina. Habían sido meses de puro desmadre: noches de tequila y sexo que me dejaban temblando, pero también de pleitos que me chingaban el alma. Quería irme, neta, empezar de nuevo sin Marco y su intensidad que me consumía.

La bocina del tocadiscos vintage que él tanto quería sonaba bajito en la sala. Leonard Cohen, con esa voz ronca que parecía salir del fondo de un pozo, cantaba "I tried to leave you". Coincidencia cabrona, pensé, mientras mis dedos se detenían en el cierre de la maleta. Intenté dejarte, Leonard Cohen, como yo intentaba dejar a este pendejo que me tenía atrapada. El cuarto olía a café recién hecho y a las velas de vainilla que había encendido para calmarme. Mi corazón latía fuerte, un tambor sordo que competía con la lluvia.

La puerta se abrió de golpe y ahí estaba él, Marco, empapado hasta los huesos, su camisa blanca pegada al torso musculoso, delineando cada abdominal que yo había lamido tantas veces. Sus ojos negros, intensos como el chocolate amargo que tanto le gustaba, me clavaron en el sitio. Órale, qué chingón se ve mojado, se me escapó el pensamiento traicionero.

—¿Qué chingados pasa aquí, Ana? —gruñó, sacudiéndose el agua del cabello oscuro como un perro callejero, pero con esa elegancia que solo él tenía.

—Me voy, Marco. No aguanto más esta mierda. Tú y yo somos puro fuego, pero quema demasiado —le contesté, cruzando los brazos para no mirarle los pantalones que marcaban su verga semierecta. El aire se espesó con su olor, ese macho mezclado con lluvia que me hacía salivar.

Se acercó lento, como un tigre en la selva, y apagó la música con un dedo. El silencio solo lo rompió su respiración agitada y el plink de las gotas en el vidrio. Me tomó la cara con manos frías y ásperas, olientes a cigarro y ciudad húmeda.

—Neta, mi reina? ¿Vas a tirarlo todo por la borda? —susurró, su aliento cálido con toques de menta rozando mis labios.

No puedo, no quiero, pero su touch me derrite. ¿Por qué carajos no puedo irme?

Acto uno del desmadre: lo empujé, pero él no se movió. Nuestros cuerpos chocaron, mi pechera suave contra su pecho duro. Sentí su calor filtrándose a través de la tela mojada, mi piel erizándose como si me electrocutaran. Leonard Cohen tenía razón, intenté dejarte y aquí estoy, jodida.

Nos quedamos así un rato, mirándonos, el deseo creciendo como la tormenta afuera. Él sonrió de lado, esa sonrisa pícara que me desarmaba. —¿Recuerdas la primera vez, en la playa de Cancún? El sol quemándonos, tu concha chorreando por mí mientras te comía entero —dijo, bajando la voz a un ronroneo.

Mi cuerpo traicionero respondió: pezones duros contra el brasier de encaje, un calor húmedo entre las piernas. Lo abofeteé juguetona. —¡Pendejo! No me tientes.

Pero él ya me tenía. Sus labios cayeron sobre los míos, un beso salvaje, lenguas enredadas con sabor a lluvia y anhelo. Sus manos bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con fuerza, tirando de mí contra su dureza. Gemí en su boca, el sonido ahogado por el trueno que retumbó afuera. Caímos en la cama, las maletas olvidadas, rodando sobre las sábanas de algodón egipcio que olían a nosotros.

Acto dos, la escalada. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Su lengua trazó mi clavícula, bajando al valle de mis tetas, mordisqueando un pezón hasta que arqueé la espalda. Qué rico, wey, chúpame más, pensé, enredando mis dedos en su pelo húmedo. Él gruñía bajito, vibraciones que me llegaban al útero. El cuarto se llenó de nuestros jadeos, el slap de pieles sudadas, el aroma almizclado de mi excitación mezclándose con su sudor salado.

—Te extrañé, mi amor. Tu chochito es mío —murmuró contra mi vientre, mientras sus dedos hábiles desabrochaban mis jeans. Los deslizó con mis panties, exponiéndome al aire fresco. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo temblar. Lamidas lentas, circulares en mi clítoris hinchado, succionando como si fuera el néctar más dulce. Saboreé mi propio gemido, profundo y gutural, mientras mis caderas se mecían solas contra su cara barbuda.

Lo volteé, queriendo mi turno. Le bajé los pantalones y su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum que lamí como miel. Neta, qué pinga tan chingona. La chupé hondo, garganta relajada, saboreando su sal marina, sus bolas pesadas en mi mano. Él maldecía en mexicano puro: —¡Chinga, Ana, me vas a matar! —Sus caderas empujaban, follándome la boca con ritmo creciente.

La tensión subía como la marea: besos en el cuello que dejaban marcas rojas, uñas arañando espaldas, el crujir de la cama bajo nosotros. Lo monté despacio, su punta abriéndome centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el tope. Cabalgamos juntos, sudor goteando, pechos rebotando, sus manos en mis caderas guiándome. Intenté dejarte, pero esto es adicción pura, rugía en mi mente mientras Leonard Cohen resonaba en mi cabeza.

El clímax se acercaba, mis paredes contrayéndose alrededor de él, su verga hinchándose más. —¡Ven conmigo, mi reina! —gruñó, y explotamos. Mi orgasmo me sacudió como rayo, jugos chorreando por sus bolas, su leche caliente inundándome en chorros potentes. Gritamos al unísono, el mundo reduciéndose a pulsos y temblores compartidos.

Acto tres, el afterglow. Nos quedamos enredados, respiraciones calmándose, pieles pegajosas brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Afuera, la lluvia amainaba, dejando un aroma fresco de petricor. Él me acarició el cabello, besando mi frente.

—No te vayas, Ana. Somos fuego, pero juntos ardemos chido —dijo suave.

Leonard Cohen, intenté dejarte, pero no pude. Este hombre es mi vicio, mi todo.

Reí bajito, acurrucándome en su pecho que subía y bajaba. Las maletas quedaron abiertas, pero vacías de ropa. El tocadiscos callado, pero su canción seguía en mí. Mañana decidiríamos, pero esta noche, éramos uno. El sabor de él en mi lengua, su olor envolviéndome, el latido de su corazón contra el mío. Puro México en las venas: pasión sin frenos, amor que no se deja.

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