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Lana Del Rey Dios Sabe Que Lo Intenté

6644 palabras

Lana Del Rey Dios Sabe Que Lo Intenté

La noche en Polanco olía a jazmín y tequila reposado, con ese calor pegajoso que se te pega a la piel como una promesa. Yo, Valeria, acababa de entrar al rooftop bar del hotel, con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana. La ciudad de México brillaba allá abajo, luces neón parpadeando como corazones latiendo. Me serví un mezcal en las rocas y me senté en la barra, dejando que la música flotara. De repente, sonó Lana Del Rey, esa voz ronca y melancólica que siempre me revuelve el alma. "God knows I tried", cantaba, y neta, esas palabras me calaron hondo, como si hablara de mí y de mis intentos fallidos por olvidar a él.

Ahí estaba Marco, recargado en la barandilla, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando ese bronceado de fines de playa en Tulum. Lo vi y el pulso se me aceleró, como si mi cuerpo recordara cada caricia suya. Habíamos terminado hace meses, pero ¿quién dice que el deseo se apaga así nomás? Me acerqué, fingiendo casualidad, el hielo de mi vaso tintineando. "Órale, Valeria, ¿tú por acá?", dijo con esa sonrisa pícara, ojos cafés clavados en los míos. Olía a colonia cara mezclada con sudor fresco, y su voz grave me erizó la piel.

Neta, Marco, qué sorpresa. ¿Vienes a conquistar la noche? —le contesté, juguetona, rozando su brazo con el dorso de la mano. Sentí su calor, esa electricidad que siempre ha habido entre nosotros. Hablamos de tonterías: el pinche tráfico de Reforma, el último partido del América, pero debajo de las palabras, la tensión crecía. Lana seguía sonando de fondo, y en mi mente repetía Lana Del Rey god knows I tried, porque Dios sabe que lo intenté, wey, lo intenté por olvidarte.

¿Por qué carajos regresa este sentimiento? Su mirada me quema, me hace querer tirarme a sus brazos y dejar que me devore.

La conversación se calentó con el alcohol. Su mano rozó mi muslo bajo la barra, un toque casual que no lo era. "Te ves increíble, Vale. Ese vestido... me estás matando", murmuró cerca de mi oído, su aliento cálido oliendo a mezcal. Mi corazón latía fuerte, el sonido retumbando en mis oídos como tambores. Le sonreí, mordiéndome el labio.

¿Y si nos vamos de aquí? Mi suite está arriba —propuse, mi voz ronca de deseo. Él asintió, pagó la cuenta y subimos en el elevador. Adentro, solos, la tensión explotó. Me empujó contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso feroz, hambriento. Sabían a tequila y a promesas rotas, su lengua explorando mi boca con urgencia. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello oscuro, tirando suave. El ding del elevador nos separó, pero el fuego ya ardía.

Entramos a la suite, luces tenues bañando la cama king size con sábanas de algodón egipcio. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Marco me desabrochó el vestido lento, sus dedos ásperos rozando mi espalda, enviando chispas por mi espina. "Eres tan suave, tan rica", susurró, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula. Olía a su aroma masculino, mezclado con el mío de perfume floral y excitación creciente. Me quitó el vestido, quedando en lencería negra, y él se desvistió rápido, su torso musculoso brillando bajo la luz, pantalón cayendo y revelando su erección dura, palpitante.

Lo empujé a la cama, montándome encima, mis pechos rozando su pecho. "Te extrañé tanto, cabrón", le dije, riendo bajito mientras besaba su mandíbula, bajando por su pecho, saboreando la sal de su piel. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando fuerte, y un gemido ronco salió de su garganta. Bajé más, mi lengua trazando su abdomen, hasta llegar a su miembro. Lo tomé en la mano, sintiendo su calor, su pulso acelerado. Lo lamí despacio, desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada. "¡Ay, Vale, qué chido!", jadeó, sus caderas moviéndose involuntarias.

Esto es lo que necesitaba, su sabor en mi boca, su placer en mis manos. Dios sabe que lo intenté por alejarme, pero aquí estoy, perdida en él otra vez.

Me chupó los senos, sus dientes rozando mis pezones endurecidos, enviando ondas de placer directo a mi centro. Gemí alto, arqueándome, mis uñas clavándose en sus hombros. El olor a sexo llenaba la habitación, almizcle y sudor, embriagador. Me volteó, poniéndome de rodillas, y sentí su lengua en mi intimidad, lamiendo mis pliegues húmedos, succionando mi clítoris con maestría. "Estás empapada, mi reina", gruñó, sus dedos entrando en mí, curvándose justo ahí, donde el placer explota. Grité, temblando, el sonido de mis jugos y su boca chupando resonando húmedo.

La intensidad subía como la marea en Acapulco. Me penetró despacio al principio, su grosor estirándome delicioso, llenándome por completo. "¡Sí, así, Marco, más profundo!", supliqué, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Empezó a moverse, embestidas rítmicas, piel contra piel chocando con palmadas sonoras. Sudábamos, cuerpos resbalosos, sus manos en mis caderas guiando el vaivén. Lo miré a los ojos, conexión profunda, y susurré entre jadeos: "Lana Del Rey god knows I tried... pero no pude". Él sonrió, acelerando, su aliento entrecortado en mi oído.

Cambié de posición, él debajo, yo cabalgándolo salvaje. Mis pechos rebotaban, sus manos apretándolos, pellizcando pezones. El placer se acumulaba, una espiral apretada en mi vientre. "Vente conmigo, Vale, déjate ir", ordenó, su voz quebrada. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi cuerpo convulsionando, gritando su nombre mientras chorros de placer me inundaban. Él se tensó, gruñendo profundo, llenándome con su calor pulsante, chorros calientes dentro de mí.

Colapsamos juntos, jadeando, piel pegajosa y corazones tronando al unísono. Me acurruqué en su pecho, escuchando su latido calmarse, oliendo nuestra mezcla de sexos satisfechos. El aire olía a jazmín del balcón y a nosotros, satisfechos. "Esto fue chingón, ¿verdad?", murmuró, besando mi frente.

Sí, wey. Pero no prometo nada —reí suave, trazando círculos en su piel. En mi mente, Lana cantaba aún, god knows I tried, pero ahora con un matiz distinto: intenté resistir, pero valió la pena rendirse. La noche se extendía, la ciudad ronroneando abajo, y por primera vez en meses, me sentía completa, empoderada en mis deseos. Mañana quién sabe, pero esta noche fue nuestra, pura y consensual, un fuego que ardía sin quemar.

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