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Intenté en Español

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Intenté en Español

El sol de Puerto Vallarta me quemaba la piel mientras caminaba por la playa, el arena caliente se me pegaba a los pies descalzos. Hacía calor de esos que te hacen sudar hasta el alma, y el olor a salitre del mar se mezclaba con el aroma de los elotes asados de los vendedores ambulantes. Yo, una gringa de veintiocho años llamada Emily, había venido a México para desconectarme de mi vida aburrida en Los Ángeles. Aprendí algo de español en apps y clases en línea, pero practiquearlo en vivo era otro pedo. Ahí lo vi: un moreno alto, con músculos que se marcaban bajo su piel bronceada, jugando volleyball con unos cuates. Se reía fuerte, con esa carcajada que retumba como trueno, y sus ojos cafés brillaban con picardía.

Mi corazón latió más rápido.

Okay, Emily, inténtalo en español. No seas pendeja, ve y habla con él
, me dije en la cabeza, recordando las frases que memoricé. Me acerqué, el bikini negro ajustado me hacía sentir sexy, y el viento jugaba con mi cabello rubio. "¡Hola! ¿Quieres jugar?" solté, pero sonó como "¡Ola! ¿Kieres jugar?" Él se volteó, sonriendo de oreja a oreja.

"¡Claro, güerita! Ven, únete al equipo", respondió con voz grave, extendiendo la mano. Se llamaba Javier, veintinueve años, local de aquí, trabajaba como guía turístico. Jugamos un rato, sus manos rozaban las mías al pasar la pelota, y cada vez que saltaba, su pecho sudado brillaba. Olía a protector solar con coco y a hombre, ese olor terroso que me ponía la piel de gallina. Al final del juego, nos sentamos en la arena con unas chelas frías. "Tu español está chido, pero se nota que eres de allá", bromeó, tocándome el brazo. Su tacto era eléctrico, cálido como el sol.

La tensión crecía con cada mirada. Intenté en español, pensé, y seguí platicando: "Vine a relajarme, aprender más del idioma... y conocer gente interesante como tú". Él rio, sus dientes blancos perfectos. "Si quieres práctica, yo te enseño, nena. ¿Qué tal una cena esta noche?" Mi pulso se aceleró, el deseo me picaba entre las piernas. "¡Sí, carnal! A las ocho en mi hotel". Nos despedimos con un abrazo que duró demasiado, su erección rozándome apenas el vientre. Caminé de regreso al hotel con las bragas húmedas, el corazón latiéndome en la garganta.

En la habitación, me di un regaderazo largo, el agua caliente cayendo sobre mis pechos, imaginando sus manos en lugar del jabón. Me puse un vestido rojo escotado que marcaba mis curvas, sin bra, solo tanga. Olía a vainilla de mi perfume, y el espejo reflejaba una mujer lista para devorarlo. Bajé al lobby, nerviosa como quinceañera. Javier llegó puntual, con camisa blanca desabotonada mostrando su pecho velludo, jeans ajustados que no dejaban nada a la imaginación. "Estás riquísima, güerita", murmuró al oído, su aliento cálido con olor a menta.

Cenamos mariscos en un restaurante playero, las velas parpadeando, el sonido de las olas rompiendo suave. Hablamos de todo: su vida en Vallarta, mis aventuras en LA. Cada roce de su pie contra mi pierna bajo la mesa era fuego. "Tu acento me encanta, suena sexy", dijo, y yo respondí: "Intenté practicar para ti". Nos besamos ahí mismo, sus labios carnosos sabían a tequila y sal, lengua explorando mi boca con hambre. Caminamos de la mano al hotel, el aire nocturno fresco contrastando con el calor entre nosotros.

En el elevador, no aguantamos. Me acorraló contra la pared, besándome el cuello, mordisqueando suave. "Te quiero ya, Emily", gruñó en español, su voz ronca vibrando en mi piel. "Yo también, Javier, fóllame", susurré, mezclando palabras que aprendí en foros eróticos. Entramos a la habitación, la puerta se cerró con clic, y todo explotó. Me quitó el vestido de un jalón, sus manos ásperas de tanto sol acariciando mis tetas, pezones endureciéndose al instante. Gemí, el sonido ecoando en la habitación con vista al mar.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas oliendo a lavanda del hotel. Él se desnudó rápido, su verga gruesa y venosa saltando libre, cabeza brillante de precum. La miré, lamiéndome los labios. "Chúpamela, nena", pidió, y obedecí. La tomé en la boca, salada y caliente, pulsando contra mi lengua. Él jadeaba, enredando dedos en mi pelo: "¡Qué chingona chupas, güerita!". El sabor era adictivo, macho puro, y yo me mojaba más, mis jugos chorreando por los muslos.

Me volteó boca abajo, besando mi espalda, bajando hasta mi culo redondo. Sus dedos separaron mis nalgas, lengua lamiendo mi ano y panocha empapada. Qué rico, pensé, arqueando la espalda. Olía a mi excitación, almizclado y dulce. "Estás chorreando, te gusta mi lengua, ¿verdad?", murmuró, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos contra mi punto G. Grité, las caderas moviéndose solas, el placer subiendo como ola.

La tensión era insoportable. "Métemela ya, pendejo", rogué en mi español chaparro, y él rio, posicionándose. La cabeza de su verga rozó mi entrada, resbalosa, y empujó lento. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón, qué grande!", exclamé, uñas clavándose en sus hombros. Empezó a bombear, piel contra piel chapoteando, sudor goteando de su frente a mi pecho. El ritmo creció, fuerte y profundo, sus bolas golpeando mi clítoris.

Nos volteamos, yo encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones. Miraba sus ojos, perdidos en placer, el cuarto lleno de nuestros gemidos y el crujir de la cama. "Más rápido, Javier, ¡dame verga!". Él embestía desde abajo, gruñendo: "Te voy a llenar de leche, nena". El orgasmo me golpeó como tsunami, mi panocha contrayéndose alrededor de él, jugos salpicando. Grité su nombre, el mundo explotando en luces.

Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, pulsos interminables. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su olor a sexo y mar nos envolvía, el ventilador zumbando suave. Me besó la frente, suave. "Fue increíble, Emily. Tu español en la cama es lo máximo". Reí, acurrucándome en su pecho velludo.

Intenté en español y valió la pena cada palabra torpe
.

Desayunamos al día siguiente en la terraza, café negro humeante y chilaquiles picantes. Hablamos de vernos más, él prometió clases privadas de español... y otras cosas. Regresé a LA con el cuerpo marcado por sus besos, el corazón lleno. Cada vez que practico el idioma, recuerdo esa noche: el sabor de su piel, el sonido de sus gemidos, el tacto de su verga dentro de mí. México no solo me enseñó palabras; me dio un recuerdo que arde eterno.

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